ARTÍCULO SEGUNDO
EL DERECHO DE PROPIEDAD
«Veo que ya no es tenido por sabio sino aquel que sabe arte lucrativa de pecunia... Veo los ladrones muy honrados... todo lleno de fe rompida y traiciones, todo lleno de amor de dinero».
Luis Mejía
¿Qué cosa es el derecho de propiedad? Si nosotros no lo decimos, ¿quién lo dirá? Y si ninguno lo dice, ¿quién lo sabrá? Y si ninguno lo sabe, ¿quién lo remediará?
Ya la fama esparció de provincia en provincia, de pueblo en pueblo, la gloria del nuevo alumno de las nueve, ya el importante y anhelado voto del ilustrado público coronó sus sienes con la hoja inmarcesible, resonaron los aplausos, vertió el ingenio lágrimas de alegría, y ya va á gozar del premio de sus tareas.
Piénsalo así á lo menos el desdichado; pero no sabe que ha escogido mala palestra para triunfar y que en este juego, como en el ganapierde, el que gana es el que da más á comer. Si su modestia y su mala ventura quiso que retardase acaso la publicación de su obra, levantarase una mañana y le dará en los ojos el anuncio de ella, ya impresa y puesta en venta, que andará bizmando las esquinas de la capital. Algún librero de... de dónde no es justo decir, le ha hecho el obsequio de imprimírsela en muy mal papel, con pésimo carácter de letra, estropeado el texto original y sin pedirle licencia. Así corren impresas muchas de ellas, y esto se hace pública y libremente.
No comprendemos en realidad por qué ha de ser un autor dueño de su comedia; verdad es que en la sociedad parece á primera vista que cada cual debe ser dueño de lo suyo; pero esto no se entiende de ninguna manera con los poetas. Éste es un animal que ha nacido como la mona para divertir gratuitamente á los demás, y sus cosas no son suyas, sino del primero que topa con ellas y se las adjudica. ¡Buena razón es que el pobre hombre haya hecho su comedia para que sea suya! ¡Lindo donaire! Dios crió al poeta para el librero, como el ratón para el gato, y caminando sobre este supuesto, que nadie nos podrá negar, es cosa clara que el impresor que tal hace cumple con su instinto, desempeña una obra meritoria, y si no gana el cielo, gana el dinero, que para ciertas conciencias todo es ganar.
Así que, asombrados estamos de la bondad y largueza de aquellos impresores honrados (que también los hay) que se dignan favorecer al autor con pedirle su permiso y su comedia, pagarle el precio convenido, y darla después lícitamente al público; estos deben entender poco ó nada de achaque de conciencias, porque, ¡cuánto más sencillo y natural es salirse á caza de comedias, como quien sale á caza de calandrias, tirar á la bandada, y caiga la que caiga... y rechine con ella la prensa y rechine el autor!