Muy engañados están los que crean que la vida de don Mariano José de Larra debe ofrecer grande alimento á la curiosidad y excitar casi el mismo interés que una novela. Su trágico fin autorizaría para creerlo así tal vez, si las grandes amarguras que envenenaron su existencia, y que tanto contribuyeron á aquel, no entrasen en un círculo que al biógrafo le es imposible traspasar. Los secretos de la familia no son propiedad de nadie, y esto nos obliga á ser muy circunspectos tratándose de un hombre cuya carrera pública empezaba apenas en los momentos en que la muerte le arrebató en la flor de su edad al país á quien había empezado á dar tan brillantes esperanzas. ¿Qué vicisitudes podría ofrecer tampoco la vida de un pobre escritor muerto á los veintiocho años? Su vida literaria es la única que ofrecería algún interés, y ésta, aunque activa y fecunda sobremanera, está fielmente reflejada en sus diversas obras. Diremos pues sólo lo preciso para hacer comprender el carácter de nuestro autor, el espíritu de que siempre estuvo animado al escribir, y la analogía, el contraste á veces que uno y otro presentan con sus producciones literarias. Si su talento tiene puntos de contacto con el genio de Molière y de Cervantes; si como ellos se consagró á hacer la crítica chistosa, pero profunda, de la sociedad de su tiempo; si á semejanza de estos grandes hombres, la sátira fué en sus manos un medio de enseñar tanto como de divertir, también se les pareció en el triste y fatal destino que pesó sobre ellos mientras vivieron. ¡Fígaro, aquel Fígaro que aquéllos que leían sus artículos chispeantes de gracia y festividad se figurarían probablemente en perpetua risa, no gozó un instante de felicidad y puso término á sus días con un suicidio! Su persona nos ofrece un ejemplo de la constante unión, de la íntima alianza, íbamos á decir, que tienen entre sí el placer y el dolor, la alegría y la tristeza, el bien y el mal que forman el lote del hombre sobre la tierra.
Don Mariano José de Larra nació en Madrid el 24 de marzo de 1809. Esta fecha es notable. La invasión francesa, que ha sido sin duda alguna la primera causa de los trastornos que así en el orden social y político, como en el orden literario y artístico se han hecho sentir en nuestro país, estaba entonces en toda su fuerza, y con esta invasión debían enlazarse de una manera ú otra los destinos de cuantos hombres han figurado posteriormente en ellos. Mientras una generación ya formada hacía su aparición en la escena instalando todo un sistema de ideas nuevas y desconocidas en España, otra que lo había de verificar más tarde anunciando otros principios que modificasen lo que las primeras tenían de imperfecto, venía al mundo por primera vez; los hombres de 1812 se encumbraban, y los de 1833 nacían; y Larra, que había de hacer entre los últimos uno de los más notables papeles, vió la luz durante esta época. Su infancia no ofreció nada de particular. Crióse en la casa de la Moneda de esta corte, donde residía su abuelo paterno como fiel-administrador, y contaba otros parientes entre sus empleados, en cuyo seno recibió la educación cristiana con que nuestros padres trataban de suplir la falta de otra más brillante, aunque menos sólida: la prontitud con que aprendió su catecismo fué el primer indicio que se tuvo de sus aventajadas disposiciones intelectuales; difícil hubiera sido sin embargo adivinar el giro que estas debían tomar. Cualquiera hubiera dicho entonces que el precoz niño sería con el tiempo un gran teólogo, un eminente jurisconsulto ó un sabio médico, como su padre; pero nadie hubiese pensado que su gloria consistiría en ser el primer crítico de nuestra época. ¿Podía concebirse á la sazón que se pudiera ir más lejos que Moratín?
Luego que sobrevino el año 12, y las tropas francesas abandonaron la Península, su padre, que era médico de primera clase en el ejército imperial, hubo de seguirlos á Francia y se llevó á su hijo. Á su llegada se apresuró á ponerle en un colegio, donde le tuvo hasta el año de 1817, en que, habiendo vuelto á España, empezó á darle una educación más seria. Como era un hombre distinguido en su carrera y de conocimientos más que regulares, le instruyó principalmente en las ciencias naturales, sin olvidar por esto aquellas lecciones prácticas de mundo que sólo la experiencia de un padre está en disposición de dar á su hijo. No se perdió el fruto de esta esmerada enseñanza. El niño recogía con avidez todas las ideas que le daban; sus progresos eran rápidos, y su constante aplicación no tenía en ellos menos parte que su natural talento. El afán que mostraba por el estudio era tan grande, que odiaba toda clase de juegos; los libros eran su única diversión, y rara vez dejaba de derramar lágrimas al tener que desprenderse de ellos para ir á acostarse.
Una circunstancia bien singular obligó sin embargo á su padre á interrumpir esta educación interior y puramente de familia. Una circunstancia singular, decimos, porque lo es mucho en efecto que aquel que más tarde había de manejar con tanta maestría nuestra habla y burlarse en tono tan festivo de los malos escritores de la misma, y en especialidad de la nube de traductores que la destrozan sin piedad alterándola con galicismos no menos opuestos á su espíritu que á su material estructura: á los nueve años no supiese hablar apenas el español, ni conociera otro modo mejor de expresarse que la lengua francesa. Ésta era empero la pura verdad. Habiendo marchado á Francia desde tan niño y vivido allí encerrado cinco años en uno de sus colegios, el idioma de este país había llegado á ser nativo para él, y héchole olvidar casi completamente el castellano. Quiso remediar esta falta su padre, y al efecto le colocó en el instituto de San Antonio Abad de esta corte, y en él no sólo se perfeccionó en el conocimiento de su idioma patrio, sino que estudió la literatura latina y recibió en todo la excelente educación clásica que han acostumbrado siempre á dar los padres Escolapios. Excusado es decir que sus adelantos fueron siempre rápidos; su constante aplicación no se desmintió tampoco, ni su aborrecimiento á los juegos, por que sus jóvenes compañeros se desvivían. En lo único que solía entretener sus ratos de ocio, las veces que no los consagraba á la lectura, era en jugar al ajedrez con su íntimo amigo el conde de Robles, que simpatizaba con él en gustos é inclinaciones. Nunca dió motivo para que le castigasen, y en vista de su poca travesura es seguro que tampoco se hubiera sospechado al escritor satírico cuyas zumbas habían de hacer una eterna guerra á todos los vicios y ridículos de la sociedad en el niño que mostraba un carácter tan pacífico y poco enredador.
Cuando salió del colegio, marchó á Navarra á reunirse con su padre, que se hallaba á la sazón de médico en la ciudad de Corella. Allá en el seno de su familia y en la primera época de su juventud, continuó haciendo la misma vida laboriosa y aplicada que había llevado durante su niñez. Todas las noches del frío invierno de 1822 á 1823 las pasó trabajando consagrado al estudio; los ruegos de su madre le obligaban sólo á retirarse á dormir á una hora muy avanzada; así es que en aquella temporada tradujo por entero del francés al castellano toda la Ilíada de Homero y el Mentor de la juventud, y escribió además originalmente una gramática de la lengua española y un cuadro sinóptico de ella. Tenía sólo trece años de edad cuando compuso estos primeros trabajos. Pero instándole su padre para que escogiese una carrera, no tardó en volver á Madrid á perfeccionar su educación, como lo hizo en efecto estudiando las matemáticas y aprendiendo las lenguas griega, italiana é inglesa, en lo que invirtió tres años, y pasando en seguida á la universidad de Valladolid á estudiar filosofía con el objeto de seguir después la carrera de leyes, á que dió la preferencia.
Matriculóse en efecto nuestro escritor y ganó su primer curso; pero la suerte había decidido que no llegase á ser nunca jurisconsulto. Cuál fuése el carácter del acontecimiento que vino á interponerse de repente en su vida y le apartó de la senda pacífica y normal que había seguido hasta entonces, es cosa que ignoramos por nuestra parte y nos es así imposible revelar á nuestros lectores. Este acontecimiento misterioso parece sin embargo muy cierto, y ejerció una grande influencia sobre el porvenir de Larra. Su carácter se alteró completamente: de niño estudioso y amante del saber, pero confiado, vivo y alegre como su edad requería, se hizo sospechoso, triste y reflexivo como si fuera un hombre hecho. Una persona muy allegada á nuestro crítico pretende que sus sentimientos fueron tan profundamente afectados, que ésta fué la primera vez de su vida que le vió llorar sin consuelo, y aún pretende que de aquí vienen todas sus desgracias. Lo cierto es que de resultas se vió obligado, bien á pesar suyo, á abandonar su familia pidiendo licencia á su padre para continuar sus estudios en la universidad de Valencia, á la que se trasladó desde Castilla luego que la hubo obtenido. Á poco de su llegada recibió orden del mismo para venir á Madrid donde el favor y la influencia de algunos amigos le habían proporcionado un empleo, y de este modo se vió arrastrado contra su voluntad á abandonar su carrera.
Un empleo era lo que menos podía convenir á un carácter como el de nuestro autor. Sentía ya en sí germinar el gran talento que había de inspirar sus obras posteriores, y no podía resignarse á enterrarse entre los expedientes de una oficina. Así es que no tardó en renunciarle; pero entonces nacieron para él otras dificultades. ¿Qué es lo que haría en adelante? ¿Por qué profesión se decidiría? Habiendo perdido dos años en viajes inútiles, le parecía mal volver á la universidad; además en este intermedio se había enamorado de la señorita con quien se casó después, y esta era otra razón para que no pensase en abandonar la corte. Determinó pues cultivar la profesión más conforme con su gusto, y se hizo literato.
La literatura, como se sabe, ha sido y es todavía un estado muy poco lucrativo. En aquel tiempo debía serlo y lo era en efecto mucho menos. Nuestro escritor se sentía á la verdad con fuerzas para poder vivir y brillar con él; pero ¿qué es lo que había de escribir en aquella época? Entonces pesaba el despotismo sobre nuestro país con toda la estupidez y brutalidad de que dió muestras en sus últimos años. Era la época en que predicar la ilustración valía tanto como promover un trastorno revolucionario, y el gobierno miraba ambas cosas con la misma mala voluntad. Gracias que para entretenimiento y solaz de la gente ociosa se le permitiese leer los anuncios del Diario y las noticias de Persia de la Gaceta. De todo esto había necesidad sin embargo para contener á los pícaros liberales que en 1830 habían tenido la osadía de querer derribar un sistema político impuesto por el extranjero. Cuando las cosas se encontraban en esta situación, era claro que poco podía prometerse el escritor cuya ambición literaria tenía que limitarse á componer una charada en el Correo y que no contaba con más público que oficiales indefinidos. Tales eran los auspicios con que Larra entraba en la profesión de las letras, auspicios, ya se echa de ver, bien poco brillantes y fecundos en esperanzas. Sus primeros pasos en ella correspondieron en un todo á la nulidad del estado que acababa de abrazar, y la oda que escribió sobre los terremotos de Murcia dedicada al comisario general de Cruzada, Varela, el Duende satírico, folleto que don José María Carnerero le hizo suspender, y otros opúsculos insignificantes, tuvieron tan escaso mérito, que él mismo no quiso reconocerlos posteriormente por suyos, dejando de incluirlos en la colección de sus obras. Proporcionáronle sin embargo estas producciones la ventaja de darle á conocer entre los personajes más señalados entonces por la protección que daban á las letras y á las artes. El citado señor Varela le apreciaba sobremanera y le distinguía en todas las ocasiones. Como amigo particular suyo asistió á la célebre y suntuosa comida que dió al ilustre Rossini cuando éste vino á Madrid en compañía del señor Aguado por los años de 1831 á 1832.
Afortunadamente para el porvenir literario de nuestro autor, después de los memorables acontecimientos de la Granja en setiembre de 1832, la reina doña María Cristina empuñaba las riendas del gobierno durante la enfermedad de Fernando VII, é inauguraba su administración con aquella serie de medidas que hicieron entonces tan popular su administración. Hacia la misma época (agosto de 1832) empezó á publicar su Pobrecito Hablador bajo el nombre del bachiller don Juan Pérez de Munguía. Aprovechándose del cambio que entonces se hizo en la marcha política del gobierno, desenvolvió en él con cierta libertad la especialidad de talento que le distinguía. Zahirió sin piedad los abusos introducidos, las malas costumbres formadas, los funestos hábitos arraigados; la sociedad, la familia, el individuo, fueron el objeto de su censura en lo que ofrecían de reprensible y vicioso; hízolo en tono burlesco y jocoso, pero no perdonó ninguna de las aberraciones más notables de la vida que se le ofrecían en el camino, ni ninguno de los rasgos característicos de la miseria terrestre que encontraba al paso. Así es que su folleto fué acogido del público, siempre dispuesto á simpatizar con cuantos le hagan reir, con un favor señalado. Preguntábase con anticipación el día en que saldría uno de los números en que el bachiller parlanchín acostumbraba reirse con tanta gracia de las cosas que tenían mal dispuestas contra sí á la mayor parte de las gentes: el partido liberal, es decir, la masa general de los lectores de aquel tiempo, empezaba entonces á respirar por primera vez, y no podía menos de ser muy de su gusto que se hiciese burla de todos los achaques del mundo, de todas las flaquezas de la naturaleza humana, lo que para él equivalía á hacerla de todo el sistema político entonces vigente. Una vez llegada la hora deseada corrían á la librería á arrancarse el folleto, que se leía y celebraba durante muchos días, y de este modo iba formándose la popularidad de que más tarde llegó á gozar nuestro autor. El gobierno supremo no podía ver esto con indiferencia. Á Calomarde había sucedido Cea en la dirección de los negocios públicos; pero los antiguos hábitos del absolutismo subsistían en toda su fuerza. Larra procuraba á la verdad abstenerse de toda expresión de que pudiera creerse envolvía una censura política; alguna que otra alusión de esta clase que se encuentra en su obra es tan tímida, tan embozada, que solo sería capaz de resentirse el poder más desconfiado y sospechoso. Esto era sin embargo el dominante en aquella época, á pesar de todas sus pretensiones de ilustración y amor á las luces, y por consiguiente tardó muy poco en suscitar obstáculos á su publicación por medio de la censura, especie de guillotina del pensamiento que acababa con las ideas con la misma celeridad que la guillotina revolucionaria hacía desaparecer los hombres.
Aquellos á quienes el espectáculo de los excesos (no imposibles de corregir) á que se ha entregado posteriormente entre nosotros la imprenta abandonada á sí misma, pudiera haber reconciliado con una institución tan brutal y tan contraria al espíritu de la civilización moderna, harían muy bien en leer los diferentes números del Pobrecito Hablador, y decir después si una publicación hasta su punto inocente debía despertar las iras censorias y ser considerada poco menos que como subversiva del orden político y social. Ya hemos dicho el cuidado con que huía nuestro autor de satirizar ninguno de los actos del gobierno; con igual cautela procedía respecto de las demás críticas suyas que pudieran creerse dirigidas á persona determinada. Véase un párrafo en que nuestro autor protesta de no abrigar segunda intención sobre este punto, y de atender sólo al remedio de los abusos y vicios que eran objeto de su sátira, sin echar á nadie la culpa de ellos. Este párrafo está escrito con tanta humildad y sencillez que no podrá menos de hacer sonreir al pensar en los tiempos en que una salvaguardia de tal especie era pasaporte indispensable para que los censores dejasen correr ciertas palabras, de que ni el gobierno ni los particulares podían darse por ofendidos, gracias á su tono moderado y blando y á su vago é indeterminado concepto. «No tratamos, decía en una nota del número 10 del citado folleto, que es uno de los escritos con mayor libertad, no tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto, que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo. Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos».