Todo esto empero no satisfacía al poder absoluto, según hemos manifestado, y la especie de reacción política que siguió con Cea Bermúdez al sistema que proclamó la amnistía y de cuyas resultas el rey volvió á empuñar las riendas del Estado contribuyó poderosamente á la intolerancia. Los censores se fueron mostrando cada vez más rigurosos; las mutilaciones fueron cada día en aumento; á duras penas, y solo gracias á grandes empeños, pudieron darse á luz los últimos números del Pobrecito Hablador, hasta que con el catorceno se anunció por fin al público la muerte del bachiller. Larra, cansado de encontrarse, como decía, con una pared en todas partes, interrumpió su publicación. Esto pasaba en el mes de marzo de 1833.

Estaba decidido sin embargo que nuestro autor fuera un escritor satírico de grande influencia, y que no le faltase por lo tanto un campo bastante vasto para desarrollar su talento. Este campo no podía ser otro que la política, la ocupación principal de nuestras generaciones, el tema de nuestros autores más distinguidos, el faro de nuestras ideas más originales, la enseña en fin tras que marcha todo nuestro siglo. El absolutismo se lisonjeaba en vano de oponer entonces barreras en España á la libertad que se adelantaba á la carrera. Nuestro país debía cambiar completamente de faz. Fernando VII, al cabo de una agonía de muchos meses, bajaba al sepulcro en setiembre de 1833, dejándonos legada una guerra civil de ocho años; y cuando el hombre del despotismo ilustrado se lisonjeaba poder continuar gobernando con los mismos principios políticos que hasta entonces, si bien aparentando plegarlos algo más á las necesidades de los pueblos, he aquí que en Talavera por primera vez, y luego después en Vitoria, Bilbao y otros puntos, da el bando carlista los primeros gritos de la rebelión que debía dar en tierra con las ilusiones del ministro. No puede entrar en nuestro plan hacer una reseña, ni la más leve siquiera, de los acontecimientos de entonces contando cómo desde el célebre manifiesto dado el 4 de octubre por Cea Bermúdez hasta la proclamación, un tanto obligada, del Estatuto, y desde aquí hasta el restablecimiento de la constitución de 1812, fueron enlazándose de tal manera las cosas, y ensanchándose en tales términos el problema de la regeneración del país, que las necesidades políticas se hicieron cada día más numerosas, y más grandes también las concesiones en el mismo sentido que de grado ó por fuerza fué preciso otorgar á la opinión pública, que imperiosamente las reclamaba. Los mencionamos sólo para que se observe que, al compás de los progresos del sistema constitucional, se había necesariamente de extender el horizonte literario de nuestro autor, cuya pluma iba teniendo mayores y más importantes asuntos en que ejercerse. La misma censura, que sobrevivió á todas las demás instituciones del absolutismo como para protestar ella sola contra el espíritu liberal que las iba derrocando una tras otra, perdiendo una gran parte de su rudeza primitiva, dejó gozar de cierta independencia á los escritores; en cuya virtud si no podían hablar con entera libertad, por lo menos no estaban totalmente privados de decir algo. Nuevo motivo pues para que el genio de Larra tomase un vuelo vigoroso y brillante.

Lo que llevamos dicho indica que aquella debía ser la época en que empezasen los periódicos políticos. Nuestro crítico fué llamado á trabajar desde luego, aun antes de haber terminado la publicación del Pobrecito Hablador, en el diario que don José María Carnerero acababa de fundar en aquella época, la Revista Española. Las circunstancias, de que nos hemos hecho cargo, hicieron que desde enero de 1833 hasta la muerte del rey no diera á luz otra cosa que artículos de crítica literaria y teatral, con alguno que otro de costumbres. Pero apenas estalló el movimiento de Vitoria, cuando escribió el célebre de Nadie pasa sin hablar al portero, en que, desplegando ya toda la originalidad de su estilo y toda la gracia de sus chistes, señalaba de una manera profunda los dos principales rasgos del carlismo, las dos llagas que anunciaban anticipadamente su muerte, el desorden y el robo á que se entregaron sus hordas y la influencia monacal que se hizo sentir en ellas. Á este artículo siguieron la Planta nueva ó el Faccioso, la Junta de Castel-o-Branco y otros, en que pasó revista á otros hechos característicos del bando rebelde. Desde entonces Larra no abandonó nunca la política, que fué para él una fuente inagotable de ingeniosísimos artículos, en que satirizó á su sabor todas las anomalías é irregularidades que le ofrecía aquella fecunda época.

Conocido es su mérito en este género de producciones literarias. Sábese que tenía un talento maravilloso para encontrar el lado ridículo de los hombres y de las cosas; que sobresalía en hacer resaltar los contrastes de todo género; que no le igualaba nadie en el arte de decir lo que quería y como quería; que su estilo, fluido y castigado, era todo lo ligero y agradable que la sátira política requiere; que, sin dejarse arrastrar de la causticidad natural del escritor de su clase, sabía contenerse dentro de los límites de la moderación y del buen tono para hacer una crítica chistosa, pero decente, de todo lo que le parecía merecerla. Esta última circunstancia, juntamente con la de no acostumbrar seguir en sus más punzantes censuras por otras inspiraciones que las de la justicia más estricta y del patriotismo más acendrado, es la que le distingue principalmente de todos los escritores que después han marchado por sus huellas. Jamás dictó sus juicios la pasión ó el espíritu de partido; siempre le impelió á tomar la pluma el interés de un gran principio violado, ó la defensa de una gran verdad desconocida, sin que en ninguna ocasión se propusiera burlarse de nada, llevado sólo del deseo de hacer burla. Supo, en una palabra, guardar la distancia conveniente entre la sátira y la diatriba, y de este modo se granjeó una grande y merecida popularidad entre los hombres de todas las opiniones. He aquí por qué durarán sus obras; y es muy posible que las de aquellos otros que no han sabido elevar después la crítica á tan grande altura, no sobrevivan á los partidos bajo cuyo espíritu han sido escritas. ¿Quién lee ya hoy el Zurriago?

Los tiempos en que Larra escribió la mayor parte de los artículos que han hecho tan conocido el nombre de Fígaro, que adoptó por primera vez en la Revista, eran muy propicios para que un escritor de su género aprovechase todas sus cualidades literarias. El gobierno se veía arrastrado por dos tendencias diferentes, acosado por dos necesidades encontradas, impelido por dos exigencias opuestas. Por una parte el espíritu liberal quería imperiosamente concesiones más latas que las que se le hicieron primero en el despotismo ilustrado y luego en el Estatuto Real; por otra la opinión pública reclamaba con no menos energía la conclusión de la guerra civil, que devoraba todos los recursos y era un obstáculo á la realización de las mejoras materiales que se esperaban del nuevo régimen. Los diversos ministros que desde fin de 1833 hasta mediados de 1836 se sucedieron no acertaron á contentar al uno, ni á satisfacer la otra. En punto á concesiones liberales, parecíales que el código político de 1834 era una dosis más que suficiente para calmar la fiebre constitucional del país; y en cuanto á la lucha que sostenía con el carlismo, todos sus esfuerzos se reducían á buena voluntad. La impotencia del gobierno resaltaba en todas las cosas. En hora buena que creyese conveniente no llevar adelante el desarrollo de las instituciones liberales; pero una parte de la nación lo deseaba así, y solo podía perdonarle que no lo hiciera bajo la condición de manifestarse activo y eficaz en dar cima á la lucha de Navarra: esto es lo que no quiso jamás comprender á la par de una resistencia ciega á las innovaciones políticas, resistencia obstinada hasta el punto de que el epíteto de nacional dado á la milicia ciudadana costase una revolución, miró siempre la cuestión de guerra con una indiferencia tal, sus generales condujeron con tal desgracia además las operaciones militares, que todo eran obstáculos para él y malas posiciones. Tanta torpeza, tanta imprevisión, tantos errores, tantos desvaríos, no podían menos de ofrecer grande asunto á un satírico, y no le desperdició Larra. Todos sus artículos de este tiempo vienen cuajados de alusiones á los absurdos del sistema con que el gobierno traía descontento á todo el mundo y no lograba casi nunca más que hacer más manifiestas su incapacidad y falta de tino. Eco de las legítimas pretensiones del liberalismo, no pierde ocasión de excitar en ellos al gobierno á que se muestre menos enemigo de las reformas por aquel deseadas, y más cuidadoso de contener los progresos de la facción carlista cuyas fuerzas iban en constante aumento. Los artículos, por ejemplo, de la Ventaja de las cosas á medio hacer, las varias Cartas de Fígaro, la Cuestión trasparente, la Alabanza ó Que me prohiban este, ofrecen una prueba de sus sentimientos en esta parte. Los censores y la censura, asunto sobre que el poder no quería ceder absolutamente nada, no dejan sobre todo un momento de ser el punto de mira de sus ataques. Sus razones tenía para ello.

La política no era lo único que absorbía toda su actividad de escritor, ni el solo asunto sobre que recaía su sátira ingeniosa y locuaz. La crítica literaria, la crítica dramática particularmente le daban motivo para escribir artículos no menos notables, sin contar los de costumbres propiamente dichos, que escribió en el mismo intervalo y que no contribuyeron menos á su celebridad, como la Vida de Madrid, la Diligencia, el Duelo, los Calaveras y otros muchos por el estilo. Era el caso que la revolución empezaba á inaugurarse así en las letras como en el gobierno, y que empezaban á darse á luz nuevos dramas, nuevas poesías, nuevas historias en los momentos mismos en que se pedían nuevos derechos, nuevas franquicias, nuevas garantías constitucionales. Por una coincidencia bastante digna de tomarse en consideración, eran algunos de los mismos hombres que figuraban en primer término en la restauración política los que daban el primer impulso á la restauración literaria. Los nombres del señor Martínez de la Rosa, duque de Rivas, Quintana, eran conocidos en ambos campos. Fígaro pues no podía dispensarse de tratar con la especialidad de su talento los asuntos de una y otra especie. Sus principios en materia de literatura guardaron una analogía completa con los que en política profesaba: enemigo de las trabas exageradas con que el clasicismo contenía el vuelo de todos los grandes ingenios, partidario de las innovaciones que habían de abrir á los poetas y á los escritores en general fuentes desconocidas de inspiración, fué uno de los primeros apóstoles del romanticismo, como uno de los promovedores de las reformas constitucionales. Quería el progreso, quería la novedad en todo, y ambas cosas estaban para él simbolizadas en la libertad. «Ese clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por un pueblo víctima que hace el último esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil; en el segundo, el paladión de los conocimientos humanos». No hemos creído poder citar palabras más oportunas para hacer ver el profundo enlace que á los ojos de nuestro autor reinaba entre la literatura y la política, y la marcha liberal y simultáneamente progresiva que ambas á dos debían seguir. Así que sus artículos críticos sobre la una se distinguían por las propias cualidades, se recomendaban por iguales circunstancias que sus artículos satíricos sobre la otra: la misma originalidad, el mismo sarcasmo severo pero razonado, los mismos toques de estilo, la misma imparcialidad en sus juicios. Fígaro no se desmiente nunca á sí mismo, ya tenga que apreciar el carácter de un político, ó el talento de un poeta ó el genio de un artista: ni la razón ni el buen gusto le abandonan un momento.

La Revista Española, después Revista Mensajero, no fué el solo periódico que en el tiempo á que nos referimos consignó sus trabajos. Estuvo también asociado durante una parte del año 35 á la redacción del Observador, que por entonces gozó de cierta celebridad. Sus trabajos literarios no se redujeron tampoco á los artículos de crítica, así literarios como políticos, que las circunstancias y vicisitudes del tiempo le sugerían con frecuencia. Aspirando á adquirir una celebridad fundada en títulos más lisonjeros, ya que no menos reales que los de un escritor reducido al ingrato oficio de analizar los de los más, escribió una novela histórica original, El doncel de don Enrique el Doliente, la comedia de costumbres imitada del francés No más mostrador, el drama original el Macías, é hizo algunas traducciones de mérito, como el conocido Arte de conspirar que publicó bajo su nombre anagramizado en el de Ramón de Arriala, el Desafío ó Dos horas de favor, etc., etc. En todas estas producciones desplegó el mismo talento, la propia belleza de estilo, igual tacto en sus asuntos que en sus artículos satíricos, si bien es preciso convenir en que considerado como novelista y autor dramático, no es, ni con mucho, tan original ni tan nuevo que como crítico y pintor de costumbres. Á ser un escritor de esta clase era principalmente llamado, y bajo este punto de vista hay que juzgarle para apreciar todo el valor de su mérito literario.

Acabamos de recorrer la época más interesante de la vida de Larra, porque en ella fué cuando labró principalmente su reputación. La atención que hemos dado á sus faenas literarias nos ha impedido ocuparnos nada de su vida doméstica, que no era tan afortunada á la verdad como su vida de escritor. Aquel Fígaro, que sabía con un artículo suyo hacer reir á toda España, no encontraba un bálsamo que suavizase las llagas de su corazón. Larra no era feliz interiormente. Él mismo lo manifestó así hablando de los escritores satíricos. «El escritor satírico, decía, es por lo común como la luna, un cuerpo opaco destinado á dar luz, y es acaso el único de quien con razón puede decirse que da lo que no tiene. Ese mismo don de la naturaleza de ver las cosas tales cuales son y de notar antes en ellas el lado feo que el hermoso, suele ser su tormento. Llámanle la atención en el sol más sus manchas que su luz, y sus ojos, verdaderos microscopios, le hacen notar la fealdad de los poros exagerados, y las desigualdades de la tez en una Venus, donde no ven los demás sino la proporción de las funciones y la palidez de los contornos: ve detrás de la acción aparentemente generosa el móvil mezquino que la produce; ¡y eso llaman sin embargo ser feliz!...». Y citando después los ejemplos de Molière y de Moratín, añadía: «Y si nos fuera lícito en fin nombrarnos siquiera al lado de tan altos modelos, si nos fuera lícito siquiera adjudicarnos el título de escritores satíricos, confesaríamos ingenuamente que sólo en momentos de tristeza nos es dado aspirar á divertir á los demás». Nuestros lectores preguntarán qué razón podría tener Fígaro para considerarse desgraciado, él que en su corta vida se hizo un lugar tan distinguido en las letras, él cuya celebridad le granjeó, entre otras amistades ilustres, la del embajador de Inglaterra en aquella sazón, sir J. Villiers, hoy lord Clarendon, que tenía un gusto particular de verle á su lado en todas las brillantes funciones que acostumbraba á dar en su casa; la del distinguido poeta duque de Rivas, que fué su padrino de boda; la de los señores Martínez de la Rosa, conde de Toreno, general Castaños, y la de la misma reina Cristina, que deseó conocerle y le conoció en efecto, habiendo sido presentado á esta princesa por su mayordomo mayor, el conde de Torrejón. Sus desgracias provinieron principalmente de su carácter. Aunque Larra era generoso y buen amigo, sentía por los hombres en general recelo y desconfianza, cuyos sentimientos sabía disimular sin embargo. En el trato social afectaba siempre modales muy distinguidos, y podía servir de modelo de finura y cortesanía; pero en lo interior de su casa desplegaba un genio duro, desigual y poco sufrido. Era en una palabra un misántropo en la realidad, si bien amable y complaciente en la apariencia, y esta amalgama de afectos encontrados, esta lucha entre su corazón y su cabeza, no era lo más á propósito para tener su espíritu en sosiego. Y como estaba dotado por otra parte de bastante elevación en su talento para no recargar sus escritos de toda la hiel que envenenaba sus sentimientos, la amargura que dejaban de llevar sus críticas, templadas casi siempre por la risa y el buen humor, refluía sin remedio sobre su alma y le atormentaba continuamente. Los goces del esposo y del padre, que eran los únicos que podían haber endulzado su natural condición y restituídole algún reposo, apenas fueron gustados por él. Habíase casado á los veinte años sin destino, sin carrera, sin dinero, sin recursos de ninguna clase, sin el apoyo mismo de su padre, que había perdido por acontecimientos pasados. Su talento de escritor suplió en breve esta falta, que es la causa vulgar, aunque harto frecuente en nuestros tiempos, de la desavenencia de muchos matrimonios y del desorden de no pocas familias. El casamiento de Larra no resultó á la verdad feliz, pero los motivos fueron otros. Fué igualmente su carácter quien originó su desgracia en esta parte, lanzándole con frenesí en el torbellino del mundo y obligándole á ahogar entre su ruido y confusión los gérmenes de dolor que llevaba perpetuamente en su seno. Demasiado joven todavía, fué presa de mil funestas y tormentosas pasiones que acabaron de acibarar su existencia. El amor culpable que concibió por una mujer casada amortiguó en él aquel entrañable cariño que en un principio tuvo á su esposa y á sus hijos, y le lanzó en una senda de extravíos y de errores que empañaron su reputación y su buen nombre. Muy severos tendríamos que ser aquí con su memoria, á fuer de biógrafos imparciales, si su trágica muerte no hubiera sido un castigo más que suficiente de las faltas de su vida. Nuestros lectores nos permitirán pues que pasemos adelante.

De resultas de todos los disgustos y sinsabores que sufrió hacia este tiempo, trató Fígaro de dejar la España y hacer una excursión al extranjero, tanto por distraer su ánimo como por estudiar los países sobre cuya civilización se iba modelando la nuestra sucesivamente. Quiso visitar la Francia y la Inglaterra; es decir las dos naciones que han contribuido más á dar á nuestra sociedad la fisonomía y el color modernos que tanto la distinguen de la sociedad de nuestros abuelos; y como entonces estaban casi interceptadas las comunicaciones con el lado allá de los Pirineos á causa de la rebelión de las provincias vascongadas, emprendió su viaje por Portugal, adonde se trasladó por Extremadura. Este camino le ofreció ocasión de recorrer las famosas ruinas romanas de Mérida, á que consagró dos artículos, y de hacer algunas observaciones interesantes sobre las costumbres de la provincia. Llegado á Lisboa, fué muy bien recibido en todas partes, y obsequiado por los sabios y literatos que le conocían de nombre. Lo propio le sucedió en Londres y París, para cuyas capitales se embarcó en seguida. En la última de estas dos ciudades debió las mayores distinciones al señor barón Taylor, su amigo particular, y á quien conocía ya desde España, que le acompañó á las reuniones y á los establecimientos dignos de ser visitados por todo viajero que llega á aquella culta capital, y le asoció para que escribiese en una obra que entonces se publicaba allí, titulada: Descripción de la Península. Al fin, no pudiendo vivir más tiempo fuera de su patria, se decidió á volver á España á fines de 1835 después de diez meses de ausencia, verificando esta vez su viaje directamente por el Pirineo.

El Español, periódico célebre por su tamaño jamás conocido en España, y que acababa de crearse, fué quien recogió en esta época los trabajos de Fígaro. Volvió éste á su chistosa garrulería contra los abusos de toda clase, á sus punzantes alusiones contra los desbarros del gobierno, á sus ingeniosas críticas de los teatros, de los actores y de los libros. El público continuó mostrándole sus simpatías: es verdad que sus artículos satíricos no perdieron un punto de la ligereza, de la amenidad y de la gracia que los hacían leer con tanto gusto. Su viaje había contribuido á madurar su talento y hacerle adquirir una solidez y un aplomo que tal vez le faltaban antes: sus críticas teatrales de esta época se distinguen de las anteriores por una superioridad incontestable, y algunas de ellas son un modelo en su género: testigos las de los dramas de Dumas Antony y Catalina Howard. Un artículo de costumbres muy notable también los Barateros, lleva impreso sobre sí tal sello de profundidad y de filosofía, que atestigua la impresión que durante su viaje hicieron sobre el ánimo de Fígaro las ideas de los penitenciaristas modernos, muchas de las cuales van abandonándose cada día como puras ilusiones; pero que entonces pasaban por verdades positivas, y dieron motivo á nuestro autor para que desarrollase su talento por un lado desconocido hasta entonces.