Echemos ahora una rápida ojeada sobre los acontecimientos políticos que por este tiempo se sucedían ó estaban preparando, porque ellos ejercieron una influencia directa sobre las tareas literarias de nuestro autor, dándoles una fisonomía especial y determinada hasta el fin de su vida, que estaba ya bien cercano. Los tres años del 34, 35 y 36 habían sido empleados en una lucha constante entre la monarquía que quería conservar todo lo que le fuese posible del antiguo régimen político del país, y la opinión pública que reclamaba para este instituciones francamente constitucionales. El Estatuto Real fué la primera concesión eficaz hecha á la segunda por la primera; pero como no fuese seguida de otras que se consideraban como su legítima y necesaria consecuencia; como, aunque la ley fundamental pudiera creerse calcada sobre principios más ó menos liberales, el gobierno supremo no daba pruebas de liberalismo ni en su espíritu, ni en sus tendencias, resultó de aquí que el partido que con razón ó sin ella llevaba la voz popular empezó á trabajar en el parlamento y fuera de él para realizar las cosas á que aquel se negaba con tanto empeño. Creyóse, no sin razón, que lo primero que había que hacer era ensanchar las bases mezquinas é insuficientes bajo que el señor Martínez de la Rosa había constituido políticamente la nación, y se pidió la reforma del Estatuto. Después de algunas vicisitudes, tras de algunos motines mal reprimidos, y en medio de los apuros de la guerra cada vez más apremiantes, prometiólo al fin la corona como medio de sofocar el levantamiento en 1835. Diferentes circunstancias se opusieron al cumplimiento de esta promesa, hasta que por último habiéndose formado el gabinete del ministerio Isturiz en mayo de 1836, se anunció solemnemente á la nación que sus deseos y esperanzas más ardientes iban á tener logro mediante la convocación de las cortes revisoras que debían ocuparse en formar una nueva constitución.
Este paso, que parecía deber reconciliar definitivamente á todos los amigos de las ideas constitucionales, los dividió sin embargo para siempre. Hasta entonces el partido liberal no estaba dividido en fracciones de ninguna clase: sus diversos miembros estaban solo separados por líneas casi imperceptibles, y si unos mostraban más impaciencia que otros por llevar adelante la reforma política, todos convenían á lo menos en que el progreso era necesario. Pero el advenimiento del gabinete de mayo los fraccionó en dos bandos absolutamente distintos, opuestos entre sí, bandos que se han ido separando cada vez más, que cada día se han profesado mayor antipatía, mayor enemistad, mayor rencor; bandos en fin cuyo destino no ha terminado todavía, siendo á estas horas un misterio si llegará alguna vez para ellos el día de la reconciliación, ó si arrastrados antes de tristes y miserables pasiones que de un amor sincero á su país cuyo bien invocan ambos, preferirán irse á perder el uno en el despotismo, y el otro en la anarquía. ¿Cuáles fueron las causas de esta división tan fatal? Fueron á nuestro modo de ver muy sencillas. Unos se pusieron de parte de la corona en aquella ocasión y se hicieron conservadores, ya porque la autoridad del trono les parecía la única que podía asegurar el éxito de las reformas políticas así en lo interior como en lo exterior, ya porque los medios legales les parecían más asequibles y expeditos que los medios revolucionarios, ya en fin porque el carlismo amenazaba demasiado cerca para no pensar en poner pronto término de aquel modo á las contiendas pendientes. Otros por el contrario se pusieron de parte del pueblo ú obraron en nombre suyo, bien porque el dogma de la soberanía nacional, único que reconocían como legítimo, les hiciese rechazar toda constitución emanada del poder real, bien porque solo viesen con desconfianza las promesas y concesiones de este último, bien porque la marcha del ministerio Isturiz, que empezó su carrera con un semigolpe de Estado, no les prometiese que había de acceder bastante á las exigencias del liberalismo. Á cuyos primeros motivos de disentimiento hay que añadir los odios personales y profundos que existían entre los jefes de los respectivos partidos, que contribuyeron á rebajar notablemente la cuestión, y de una de política, de principios, de gobierno, que era antes, hicieron otra de poder, de ambiciones y gabinete; más claro, el combate entre dos grandes principios políticos se convirtió en lucha entre dos personajes influyentes, el señor Isturiz y el señor Mendizábal, y de aquí nació la revolución de la Granja.
Fígaro se decidió por el bando conservador; no ciertamente porque sus ideas liberales no fuesen suficientemente avanzadas y aun estuviesen embebidas en el espíritu democrático, como lo demuestran muchos pasajes de sus obras. No podía suceder otra cosa respecto del traductor de las célebres Palabras de un creyente, de M. Lamennais, y del notable prólogo que le precede, en que nuestro autor vierte doctrinas que no rechazarían los más ardientes apóstoles de la democracia moderna. Pero Fígaro no veía la necesidad de exponer el país á nuevos trastornos, ni las instituciones á nuevas conmociones, cuando las legítimas exigencias populares iban á ser satisfechas y asentada la libertad bajo firmes y seguras bases. Preparábase además por su parte á tomar una parte directa en el movimiento reformador, pues había sido nombrado diputado por la provincia de Ávila para las cortes que debían llevarle á efecto; y esta circunstancia tenía que predisponer su ánimo en favor del sistema legal. Por consiguiente cuando estalló el movimiento de agosto se encontró sorprendido y sin comprender unos sucesos, en su concepto tan irregulares, encontrándose de rechazo lanzado en el partido de la resistencia, no por simpatía alguna hacia él, sino por la fuerza misma de las cosas.
Hemos entrado en estos pormenores á fin de hacer comprender cómo el pensamiento de los escritos de Fígaro, el tono general de ellos y hasta las formas de su estilo sufrieron grandes é importantes modificaciones. Ya no es el instinto espontáneo del liberalismo lo que le inspira: son sus excesos y violencias lo que llama su atención; ya no critica las cosas preocupado su ánimo de las grandes ideas de perfección y progreso: es la amargura del hombre desengañado lo que le mueve á escribir; ya no es la gracia, ni la ligereza, ni la amenidad lo que resalta principalmente en sus artículos, sino la aspereza, el coraje, la melancolía. Y es que todas sus esperanzas se han disipado; y es que todas sus ilusiones se han desvanecido; y es que un presente triste y desconsolador le hace desconfiar de todo porvenir risueño y fecundo; ¡y es, en fin, que el sentimiento íntimo de las cosas se le escapa por esta vez! La negación es el más estéril de los pensamientos humanos; y causa dolor ver á un escritor como Larra condenar los desórdenes de la revolución, las atrocidades de su gobierno y los desvaríos de sus ministros en nombre de tan pobre principio. Pero su alma se había gastado ya en la lucha, y querer otra cosa de él era acaso exigir demasiado. El carro revolucionario anda demasiado aprisa para que todos puedan seguir su paso.
El artículo de El día de difuntos de 1836 señala esta nueva fase de la vida literaria de Larra, y la resume toda, por decirlo así. No seremos nosotros los que neguemos el verdadero mérito de esta composición; la profundidad con que está concebida, la filosofía con que está vaciada, la altura del tono con que está escrita; pero juzgándola bajo un punto de vista más grande que el de un miserable escepticismo, ¿tenía razón Fígaro en manifestar tanto desconsuelo, en sentir tanta amargura, en derramar tanta hiel, permítasenos la expresión, en vista de los hechos que entonces pasaban? Sabido es el pensamiento del artículo de que se trata. Nuestro autor se imagina al ver las gentes que se dirigen apresuradamente al cementerio, que este se encuentra dentro de Madrid, que Madrid es el cementerio, «vasto cementerio dice, donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza ó de un deseo». Inspirado de esta idea, empieza á recorrer las calles de la capital considerando sus principales edificios como otros tantos sepulcros cubiertos de epitafios alusivos á los acontecimientos de que cada cual había sido teatro. Al llegar al Real Palacio, lee en su frontispicio: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en la Granja de un aire colado». Pasa por delante de la cárcel y exclama: «¡Aquí reposa la libertad del pensamiento! Dos redactores del Mundo, añade, eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna». Al echar de ver el edificio de Correos: «¡Aquí yace la subordinación militar!» lee también su fantasía... Tal es el espíritu de las ideas de todo este artículo y de los de todos los demás, poco más ó menos, que Fígaro escribió hasta su muerte bajo la inspiración de los sentimientos que hemos manifestado. ¡Tristes y falaces ideas por cierto! Sí; el trono había muerto, era verdad; pero era el trono absoluto, el trono que esquivaba ser francamente poder constitucional, el trono que no quería renunciar á ninguno de sus antiguos hábitos y preocupaciones, y eso cuando no encontraba un solo defensor contra la soldadesca desenfrenada, ni un solo palaciego caía atravesado por las bayonetas del sargento García! Sí, la libertad del pensamiento había perecido, nada más cierto; pero era la libertad de pensar representada por la censura y de cuya abolición ofrecían una imagen viva los periodistas entonces presos. Sí, la subordinación militar estaba destruida, no había duda alguna; pero era la subordinación ciega y estúpida que quería el despotismo, el cual no contó sin embargo con fuerza bastante para reprimir una sedición de tropa hecha en nombre de una idea política, teniendo que resignarse vergonzoso á dejarla salir con tambor batiente y banderas desplegadas! ¿No habían hecho bien en morir instituciones caducas y que no estaban ya conformes con el espíritu de los tiempos nuevos? ¿No convenía que la monarquía aprendiese con la experiencia que no encontraría nadie que se inmolase por ella á título de absoluta, y que su sola tabla de salud estaba en aceptar sinceramente el nuevo orden político? ¿No era un grande ejemplo ver encerrados en la cárcel á escritores acusados de haber publicado estos ó aquellos pensamientos en uso de un derecho reconocido, probando así que, si á los hombres podían ponerse grillos, las ideas estaban ya libres de toda traba? ¿No era providencial ver á la fuerza armada declararse en insurrección en nombre de un principio y estrellarse ante ella toda la fuerza de la autoridad pública, á fin de que los gobiernos no convirtiesen en adelante á los ejércitos en instrumentos de opresión y tiranía para con los simples ciudadanos, exponiéndose á que el instinto del patriotismo ahogase en ellos la voz del deber militar? He aquí lo que debió pensar Fígaro antes de hacer una crítica tan amarga y desesperada de los acontecimientos. Empero no podía ser otra cosa y él mismo nos explica por qué. «Quise refugiarme, dice, en mi propio corazón... ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!...». ¡Oh! un hombre sin esperanza no podía hablar de otro modo: así es que no es al mundo á quién debía dirigir su palabra; ¡debía hablar únicamente á Dios!
No solo son sus artículos políticos los que se resienten del giro que la revolución de la Granja hizo tomar á sus ideas y opiniones. La misma negra melancolía, la misma sombría desesperación, reinan en sus artículos literarios, juntamente con las mismas lamentaciones por lo pasado, la misma superficialidad al examinar la razón de las cosas. Larra es, debemos confesarlo, inferior á sí mismo. ¿Trata de juzgar el Pilluelo de París? En vez de apreciar en su justo valor la filosofía de esta pieza, nos dirá que la desigualdad de las clases y de las fortunas es un mal necesario, que el continuo alarido de los muchos contra los pocos es un sofisma, cuando no pereza, que los pobres no son siempre necesariamente virtuosos ni el noble y el rico unos bribones, con otras trivialidades que, sin entremeterse á ver hasta qué punto debe ser limitado el sentido que se les dé, no probarán nunca que los grandes y los poderosos no abusen alguna vez de su posición social para oprimir á los débiles y á los pequeños. ¿Va á hacer el análisis del Felipe II? Tampoco se detendrá en examinar el drama en sí mismo, sino en decirnos que el teatro envejece diariamente, que las sociedades se desquician y que lo mismo sucede con el drama, que es su exacta expresión, que nada puede decirse de la pieza en cuestión sino que es una astilla más arrojada en la hoguera que se apaga. ¿Se ocupa en hacer la crítica de las Horas de invierno, una colección de novelas traducidas por el señor Ochoa? Nos manifestará que, aunque el traductor es un escritor de bastante mérito para ocuparse en trabajos originales, hace muy bien en lanzarse cuerpo y alma en aquel oficio. La decadencia de nuestra nación, el envejecimiento de nuestra sociedad lo requiere así: «¿Qué haría, añade, con crear y con inventar? Dos amigos dirían al verle pasear por el Prado: ¡Tiene chispa! Muchos no lo dirían por no hacer esa triste confesión. Los más no lo sabrían; las bellas creerían hacerle un gran elogio diciéndole: romántico; algunos exclamarían: ¡Es buen muchacho, pero es poeta! ¡Otra parte, y no la menor, le calumniaría, le llamaría inmoral y mala cabeza, infernaría su existencia y la llenaría de amargura!». Esto, como se ve, no es formar un juicio, esto no es presentar un análisis, esto no es hacer una crítica; es quejarse, es llorar, es hacerse pedazos el corazón. ¡Qué contraste ofrece este modo de escribir de Fígaro con el que tenía en sus buenos tiempos! Entonces discurría, entonces meditaba, entonces se entusiasmaba con las innovaciones, entonces la esperanza era su numen inspirador; ahora divaga, cierra los ojos, no sabe sino lamentarse de lo pasado, y el desaliento le domina completamente. El mundo social, político y religioso, no es para él más que un edificio viejo que se desmorona por todas partes, á quien en vano se aplican puntales para contener su ruina; en esto no se equivocaba, pero tenía muy vendados los ojos cuando al través del polvo de los escombros no veía alzarse poco á poco un nuevo edificio mucho más brillante, magnífico y duradero.
Seríamos injustos con Larra, si no reconociésemos la influencia que ejercieron en esta última fase de su vida literaria que estamos examinando los pesares y los quebrantos domésticos: la funesta pasión que tuvo la desgracia de concebir, olvidando los más sacrosantos deberes, se los acarreó grandísimos al fin de su vida. Por lo mismo que sus convicciones políticas habían sufrido tan rudo golpe, debió volverse naturalmente á buscar en el seno de la vida interior los consuelos que el espectáculo del mundo le rehusaba. Desgraciadamente en vez de refugiarse en los brazos de una esposa querida, se aferró cada vez más á su malhadado amor, el cual debía costarle la vida. La persona que se le había inspirado no le guardaba ya una correspondencia, sin la que se creía completamente desgraciado. La inquietud y agitación de su alma crecían por momentos. Todos los que le trataron entonces íntimamente, pudieron observar el desorden de sus ideas, la incoherencia de sus acciones, el desvarío de sus sentimientos, indicios de una catástrofe próxima. Sus últimos escritos la hacían presentir de una manera patente. En el artículo consagrado á la memoria del malogrado conde de Campo Alange decía quince días antes de su muerte con un tono melancólico y lúgubre: «Ha muerto el joven noble y generoso, y ha muerto creyendo: la suerte ha sido injusta con nosotros, los que le hemos perdido, con nosotros cruel; ¡con él misericordiosa! ¡En la vida le esperaba el desengaño! ¡La fortuna le ha ofrecido antes la muerte! Eso es morir viviendo todavía; pero ¡ay de los que le lloran, que entre ellos hay muchos á quienes no es dado elegir, y que entre la muerte y el desengaño tienen antes que pasar por éste que por aquélla, que ésos viven muertos y le envidian!». ¿No son éstas las palabras del moribundo?
Llegó por fin el 13 de febrero de 1837, cuyo día era el destinado para el término de la breve y tormentosa vida de Fígaro. Su amada, después de cinco años de amores, quería romper unos lazos doblemente ilegítimos y criminales, y él lo resistía con todas sus fuerzas. Creyendo poderla decidir á cambiar de opinión, quiso tener con ella una entrevista donde invocase los antiguos recuerdos é hiciese valer sus protestas de ahora. Túvola en efecto en su casa la noche de dicho día, pero nada consiguió. Todos los esfuerzos del amante se estrellaron ante la impasible resolución de la mujer. Ésta acabó por exaltarle con su indiferencia, por enardecerle hasta el último punto con su despego, y apenas habían pasado unos cuantos minutos después de haberse despedido fríamente y sin dejarle ninguna especie de consuelo cuando... oyeron los criados de Larra un ruido que al principio tomaron por la caída de un mueble, pero que luego que entraron en la habitación después de un larguísimo rato, ¡conocieron había sido la detonación de una pistola con que se había quitado la vida! ¡Se había suicidado delante del espejo! ¡¡¡Y fué una de sus pequeñas hijas la que primero echó de ver la desgracia de su padre!!!
Tal fué el desgraciado fin que tuvo el primer escritor satírico de nuestros tiempos, y cuya relación era lo único que nos quedaba que hacer para dar cima á nuestra tarea ¡El risueño, el ameno, el chistoso Fígaro murió de esta manera tan trágica, tan lamentable! No, no seremos nosotros los que disculpemos su acción, y menos todavía los errores y las faltas que poco á poco le arrojaron en el delirio que se la hizo cometer; pero permítasenos á lo menos asociarnos al voto unánime de toda la juventud literaria de España, que inmediatamente olvidó al suicida para no acordarse sino del escritor, y del escritor que con tanta gloria marchaba por las mismas huellas que Cervantes, que Molière, que Juvenal y que todos los grandes satíricos. Algunos años más de vida, alguna más grandeza en su genio, he aquí lo que le faltó para haberse colocado á la altura acaso de estos grandes hombres: los homenajes tributados á su memoria atestiguan bien cuán grande era el vacío que iba á dejar en las letras españolas contemporáneas. Sabida es la pompa con que fué acompañado á la sepultura; sabidas son las sentidas composiciones que se leyeron sobre su cadáver, las tristes palabras que allí se pronunciaron, el dolor de que estuvieron penetrados todos los circunstantes. ¡Estas muestras de simpatía hacia el desgraciado Larra se han renovado después cuando en el mes de marzo de este año se trasladaron sus cenizas al cementerio en que reposan las de Calderón y las del nunca bastante llorado Espronceda! Hoy día comprenden ya todos que á los hombres no les toca más que rendir homenaje al talento; á Dios solo corresponde pedir cuenta del uso que se haya hecho de él.
Concluyamos, pues, añadiendo que la circunstancia de haber muerto antes de sus veintiocho años, dejando una esposa joven con un niño que ahora tiene doce años, y dos niñas, una de diez y otra de ocho, debe hacernos más respetuosos todavía con la memoria de Fígaro.