¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, ó no se oye porque no hay quien hable? Cuestión es ésa que dejaremos para otro día, si bien cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas más paradójicas que ésta. Empero conténtate por ahora con saber que no se habla: costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella sola tienen un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no necesito decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y más un refrán tan claro como este.

Llégome á una concurrencia. «Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?—Tsí, calle usted, me dice con un dedo en los labios.—¿Que calle?—Tsí; y se vuelve á mirar en derredor.—Hombre, si yo no pienso decir nada malo.—No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es un esp... un sop...—¡Ah!—Que vive de eso.—¿Y se vive de eso en las Batuecas?—Ése es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ese hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí á no hablar; mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos ó vamos á cometer algún delito.. Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que le parece».

¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?...


Va á edificarse un monumento que podrá dar gloria á las Batuecas; el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un defecto, un defecto también colosal: me apresuro: yo le haré conocer, yo le haré desaparecer. «Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemele usted en su miscelánea.—¡Ah! ¿Esto? Es imposible.—¡Imposible!». Y me añade al oído: «Usted no sabe que el sugesto que ha propuesto el plan se llama D.Y.Z.—Bien pudiera llamarse así ese sugesto y corregirse el defecto.—Pero es pariente del señor...—¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el defecto?—Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo á insertarlo».

¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde nos volvamos para marchar encontramos con la pared. ¡Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto á las personas que pueden entre los batuecos!

Encuéntrome con un escritor público. «Señor bachiller, ¿qué le parecen á usted mis escritos?—Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.—¡Siempre ha de decir usted cosas!...—¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que inundan?—¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace á otro que nada tiene de común con el tal libro, y con este talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no los pegue. ¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...—¡Ah! ¿No conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un calzonazos; y que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que á costa de tener reputación se conforman con tenerla mala, y exclama á voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones no hay hombres como los batuecos.—Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si el autor no le conoce siquiera...—No importa; apuesto mi cabeza á que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros matar porque él es un necio.—¿Quién es aquella sultana del Oriente? le dicen á usted.—Cualquiera que se halle en ese caso, responde usted.—¡Picarillo! le reponen; sí, á mí con ésas... Ésa es la X***. Como si no hubiera más que una en Madrid.—Agregue usted á esto que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas á aquel á quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para el segundo.—Bien, pues no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando representan pésimamente una comedia cuando cantan rabiando una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?—Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón formidable. Además es ese un teclado en que no se ve más que el exterior: nunca se sabe quien le toca; detrás del retablo y de esas figuritas de pasta de Gaiferos y los moros, debajo del parche de Maese Pedro está Ginesillo de Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted la defensa de la infeliz Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al tejado, se rompe la ilusión, si destroza las muñecas, las pagará caras. Ésa es, en fin, materia sagrada, y nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán á prueba.—Pero, señor, nunca se ha ahorcado á nadie por decir que fulano es mal cómico.—Lo que se ha hecho, señor bachiller, y lo que se hará, mejor se está callado.—Se reclama, se apela...—Señor Munguía, quiero contarle á usted un cuentecillo, y es caso ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.

«Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño, hubieron de determinarse á dejarle suelto por las calles. Capeábanle los mozos alegremente, y fué el caso que uno de ellos, más valentón que sus compatriotas, en vez de sortear al novillo se dejó sortear por él; notable equivocación: enganchóle el asta retorcida de la faja que en la cintura traía, y aun no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes del jaque á no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de aquel impulso natural que todos tenemos de amparar á los que andan enredados con los animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como quiera que los novillos no valgan nada cuando no hacen algunas de las suyas, amotinóse en la plaza la parcialidad contraria á nuestro jaque, clamando que para eso no se sacaba al novillo, y que el que no supiese torear la pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos que riñen á su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una alevosía contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos, que debía ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante á la de Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando volviendo lo de abajo arriba dijo en Montiel: Ni quito ni pongo rey. Como quiera que fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces, alzáronse los palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva discordia de Agramante, á no haberse aparecido en medio de la confusión la divina Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo diablo no la conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza y sin venda, porque es sabido que el que no ve con los ojos abiertos, excusa tapárselos para no ver; y á su decisión prometieron resignarse todos. Alegaron las partes, escuchólas á entrambas aquel rústico Laín Calvo, que fué milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay quien asegura que se durmió mientras hablaron), y dijo en conclusión alzando la voz estentórea: «Señores, por la vara que tengo en la mano, y tenía el tal medio pino que llevamos referido, juro á bríos que me he enterado, aunque me esté mal el decirlo: y condeno á los dos primos á una multa para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro que en lo sucesivo nadie sea osado á ayudar en función de esta clase á ningún mozo, por lo menos hasta después de la primera embestida, porque el primer golpe es de derecho del toro, y nadie se lo puede quitar. Y Dios sea con todos». Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado y usted convencido. ¿Me ha entendido usted, señor bachiller? Pregúntolo porque, si no me ha entendido ahora, excusa hacer más preguntas, que ya nunca me entenderá.

«Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso, que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los que no la representaron, se sobrepujaron á sí mismos, que es frase que quiere decir mucho aunque no hay un cristiano que la entienda; que la decoración fué cosa exquisita; que el público anduvo acertado en aplaudirla; que la invención última es el summum del saber humano; que el edificio y que la fuente, y que el monumento son otras tantas maravillas; que aquella otra cosa está planteada sobre las bases más sólidas y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el contento llegaron á su colmo; que el cólera no viene á las Batuecas porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada que todo el que describe esta figura al andar no puede pasar de cierto punto; entreverar un articulejo de volapiés, que esto á nadie ofende sino al toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre si diré, si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica, donde se le digan á Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta en su tiempo, y en las demás materias ¡chitón! que las noticias no son para dadas, la política no es planta del país, la opinión es solo del tonto que la tiene, y la verdad estése en su punto. Además de que la lengua se nos ha dado para callar, bien así como se nos dió el libre albedrío para hacer solo el gusto de los demás, los ojos para ver solo lo que nos quieran enseñar, los oídos para solo oir lo que nos quieran decir, y los pies para caminar adonde nos lleven.

«Y á alguno conozco yo, señor bachiller, que argüía á uno de estos que pregonan la felicidad presente; y arguyéndole con ejemplos bien palpables, le repetía á cada punto: ¿Con que estamos bien? Á lo que, le fué respondido como respondió Bossuet al jorobado: «Para batuecos, amigo mío, no podemos estar mejor».