Así ves, Andrés mío, á los batuecos, á quienes una larga costumbre de callar ha entorpecido la lengua, no acertar á darse mutuamente los buenos días, tener miedo pazguatos y apocados á su propia sombra cuando se la encuentran á su lado en una pared, y guardándose consideraciones á sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles precisamente que se mueren de miedo de morirse, que es la especie de muerte más miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedió á un enfermo á quien un médico brusista había mandado no comer si quería evitar la muerte, que comiendo, según decía, le amenazaba; el cual á poco tiempo de este régimen dietético se murió de hambre.
Por lo demás, querido Andrés, te confieso que trae muchas ventajas el no hablar, y no quiero citarte para convencerte entre otros ejemplos sino el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza que cola, que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los principios del mundo, esto es, las que dijo á Eva la serpiente acerca del asunto de la manzana: trance primero en que empezó ya á hacer la lengua de las suyas, y á dar á conocer para qué había de servir en el mundo. Sin lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla tan perjudicial en cualquiera república bien ordenada? ¿qué de los abogados? Ni existiera sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invención de la mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos, ni hubiera murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan los batuecos á los demás hombres, y de qué cosa sea tan especial el miedo, ó llámese la prudencia, que á tal silencio los reduce. Te diré más todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo de su felicidad mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran cosa, y semeja solo al suave é interrumpido murmullo del viento cuando silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio; entonces gozarán de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y para que veas que no es solo Dios el que desapruebe el hablar demasiado, como arriba llevo apuntado, te traeré otra autoridad recordándote al famoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oir esto de filósofo), que enseñaba á sus discípulos por espacio de cinco años á callar antes de enseñarles ninguna otra cosa, que fué idea peregrina, y sería aquella cátedra lo que habría que oir, de donde concluyo, porque me canso, que cada batueco es un Platón, y no me parece que lo ha encarecido poco tu amigo el bachiller.
P.D. Se me olvidaba decirte que á mi última salida de las Batuecas se susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo creían!
MANÍA DE CITAS Y DE EPÍGRAFES
Hombres conocemos para quienes sería cosa imposible empezar un escrito cualquiera sin echarle delante, á manera de peón caminero, un epígrafe que le vaya abriendo el camino, y salpicarlo todo después de citas latinas y francesas, las cuales, como suelen ir en letra bastardilla, tienen la triple ventaja de hacer muy variada la visualidad del impreso, de manifestar que el autor sabe latín, cosa rara en estos tiempos en que todo el mundo lo aprende, y de probar que ha leído los autores franceses, mérito particular en una época en que no hay español que no trueque toda su lengua por un par de palabritas de por allá. Nosotros, como somos tan bobalicones, no sabemos á qué conducen los epígrafes, y quisiéramos que nos lo explicasen, porque en el ínterin que llega este caso, creemos que el pedantismo ha sido siempre en todas las naciones el precursor de las épocas de decadencia de las letras. Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir á menos nuestra literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa que está caída; pero por eso mismo no quisiéramos tener los síntomas de una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos á poseer.
Si el autor que escribe dice una verdad, y sienta una idea luminosa, no sabemos qué más valor le han de dar los pocos sabios que en el mundo han sido reunidos en su apoyo, y si su aserción es falsa, ó sienta una idea despreciable, no consideremos que haya Horacio ni Aristóteles capaz de disculpar su tontería. Agrégase á esto, que por lo regular suele tergiversarse el sentido de los autores pasados para acomodar su texto á nuestra idea, á veces en materias cuya posible existencia ni siquiera sospechó la docta antigüedad.
Verdad es que el vulgo, que ignora la lengua en que se le trae la cita, suele quedar deslumbrado. Éste es el origen del aplauso y de la algazara que se arma en el teatro siempre que un autor, conocedor del corazón humano, ingiere en su drama uno ó muchos latines, ó palabras técnicas y científicas que entienden pocos; cada cual se apresura á reirse para que no piense el que tiene al lado que no ha entendido toda la picardía de aquella palabra. Tal es la condición de nuestra pueril vanidad. Sucede también que se lee con desprecio ó indiferencia á un autor moderno, y solo se le empieza á respetar desde que se ve la autoridad del antiguo, como si estos hombres con quienes se vive diariamente no fuesen capaces de decir por sí solos cosa alguna que valga la pena de ser leída, porque está probado que no hay cosa para ser tenido en mucho como morirse, á lo cual se agrega que el vulgo ignora cuán fácil es encontrar en el día textos para todo, y que es más difícil tener mucho saber que aparentarlo. Todo esto es verdad, y es lo único que en apoyo de las citas y epígrafes encontramos; pero el hombre verdaderamente superior desprecia estas vulgaridades.
Nosotros, que no somos hombres superiores, ni nos creemos vulgo, tomaremos de buena gana un medio igualmente apartado de ambos extremos, y desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua á los ríos extranjeros teniéndolos caudalosos en nuestra casa. Cansados estamos ya del utile dulci tan repetido, del lectorem delectando, etc., del obscurus fio, etc., del parturiens montes, del on sera ridicule, etc., del C'est un droit qu'à la porte, etc., y de toda esa antigua retahila de viejísimos proverbios literarios desgastados bajo la pluma de todos los pedantes, y que, por buenos que sean, han perdido ya para nuestro paladar, como manjar repetido, toda su antigua novedad y su picante sainete.
Creemos que casi todo está dicho y escrito en castellano. No atreviéndonos, pues, á desterrar del todo esta manía, porque el vulgo no crea que sabemos menos, ó tenemos menos libros que nuestros hermanos en Apolo, traeremos siempre en nuestro apoyo autoridades españolas, que no nos han de faltar aunque tratásemos de poner á cada artículo siete epígrafes y cincuenta citas, como lo hacía cierto Duende satírico de pícara recordación, que algunas veces se las hemos contado; de suerte que no había modo de entrar á sus cuadernos sino atropellando á una infinidad de varones respetables que le esperaban al pobre lector á la puerta, como para darle una cencerrada al ver donde se metía.