Frasco, á quien conoces, ha tenido más desgracia. Solicitó una plaza de vista de no sé dónde: entregó el memorial tal como á las cuatro y cuarto, porque supo que á las cuatro estaban agonizando al que la tenía, y aunque en rigor todavía no había muerto, debía de morir de allí á poco. Pero le dijeron que llegaba tarde, porque ya estaba dada. ¡Qué prontitud de demonios! En vano alegó sus grandes conocimientos en la materia y la exactitud que tiene acreditada. La plaza de vista se la dieron á un buen señor, ciego por más señas, ó poco menos: dicen que se habían compadecido de él porque se veía arruinado de resultas de una trabacuenta. ¡Cierto que ha sido una caridad! ¡Pobrecillo!
Jorge volvió, como que le cogió la amnistía de medio á medio; pero está rabiando: quería que le hubiesen devuelto el destino que tenía hace diez años, es decir, cuando chiquito... Mira tú quien se acuerda ya ahora de... Es el caso que lo tiene otro.
Julianita hizo una muy buena boda; casó con un joven muy despejado y rico. Por supuesto que tuvo habilidad para ocultarle que había tenido un hijo de aquel otro querido que la obsequió cuatro años (hijo que tiene ocultamente en un colegio). El tal joven tiene una índole excelente, y se hace querer de toda la familia; está loco con su boda. Días pasados decía que se atrevía á poner las manos en la lumbre por la virtud de su mujer; mira tú si es atrevido. Á propósito, añadía que en su vida se hubiera casado con una viuda, porque él había buscado siempre una mujer nueva para enseñarla á sentir, y se daba la enhorabuena de haberlo conseguido.
Me preguntas si he pretendido yo también alguna cosa; voy á responderte. Yo no pretendo ningún empleo, porque sé que no me lo han de dar, aunque batueco. Ya me lo han ofrecido muchos, pero nunca ha cuajado. Ello sí, dicen que soy muy despejado, que cuente con ello, que espere un poco... Ahora no es el momento oportuno, ni antes lo ha sido nunca; unas veces he llegado demasiado tarde, y otras demasiado temprano. Mira tú si soy torpe; no parece sino que estudio con el mismo Barrabás. Sin embargo, tengo muchos protectores, y como soy útil para algunas cosas, y me lo aseguran tantas veces, podrá ser que llegue el caso de creer algún día que me han de dar algo. Más te diré. Á veces cuando oigo á alguno me lo llego á creer, como que me tengo de salvar, ayudándome Dios, que es sobre todo, y la penitencia y buena vida que tengo pensado hacer. Ya ves que en esta parte casi infrinjo el sistema de mi desconfianza.
Por lo demás no pretendo; pero no dejo de conocer que no hay cosa como tener oficina y sueldo, que corre siempre ni más ni menos que un río. Se pone uno malo, ó no se pone; no va á la oficina, y corre la paga; lee uno allí de balde y al brasero la Gaceta y el Correo, y un cigarrillo tras otro se llega la hora de salir poco después de entrar. Si hay en casa un chico de ocho años se le hace meter la cabeza, aunque no quiera ni sepa todavía la doctrina cristiana, y hételo meritorio. ¿No sirve uno para el caso, ó tiene un enemigo y le quitan de en medio? Siempre queda un sueldecillo decente, sino por lo que trabaja ahora, por lo que ha dejado de trabajar antes. Aunque estas razones, capaces de mover un carro, no me tuviesen harto aficionado de los destinos, sólo el ser del país me haría gustar de esas gangas tan naturalmente como gusta el pez de vivir en el agua. Eso de estudiar para otras carreras, ni está en nuestra naturaleza, ni lo consiente nuestro buen entendimiento, que no ha menester de semejantes ayudas para saber de todo.
Otras ventajillas de los empleos se pudieran citar; hay unos por ejemplo, en que se manejan intereses y hay sobrantes... Da uno cuentas, ó no las da, ó las da á su modo. No que á mi esto me parezca mal; no, señor. Á quien Dios se la dió, san Pedro se la bendiga. Algunos te dicen á eso que no tiene gracia que á cada mano por donde pasan aquellos ríos se le pegue siempre algo. Á eso pregunto yo si es posible que llegue el caso de que no se le pegue nunca á nadie. Ello es que hay cosas de suyo pegajosas, y si te arrimas mucho á un pellejo de miel, por fuerza te has de untar, sin que esto sea en ninguna manera culpa tuya, sino de la miel que de suyo unta.
Otros empleillos hay como el que tenía un amigo de mi padre: contaba este tal veinte mil reales de sueldo, y cuarenta mil más que calculaba él de manos puercas; pero también recaía en un señor excelente que lo sabía emplear. El año que menos, podía decir por Navidades que había venido á dar al cabo de los doce meses sobre unos quinientos reales en varias partidas de á medio duro y tal, á doncellas desacomodadas y otras pobres gentes por ese estilo, porque eso sí, era muy caritativo, y daba limosnas... ¡Ui! De esta manera, ¿qué importa que haya algo de manos puercas? Se da á Dios lo que se quita á los hombres, si es que es quitar aprovecharse de aquellos gajecillos inocentes que se vienen ellos solos rodados. Si saliera uno á saltearlo á un camino á los pasajeros, vaya; pero cuando se trata de cogerlo en la misma oficina, con toda la comodidad del mundo, y sin el menor percance... Supongo, v. gr., que tienes un negociado, y que del negociado sale un negocio; que sirves á un amigo por el gusto de servirle no más; esto me parece muy puesto en razón; cualquiera haría otro tanto. Este amigo, que debe su fortuna á un triste informe tuyo, es muy regular, si es agradecido, que te deslice en la mano la finecilla de unas oncejas... No, sino ándate en escrúpulos, y no las tomes; otro las tomará, y lo peor de todo, se picará el amigo, y con razón. Luego si él es el dueño de su dinero, ¿por qué ha de mirar nadie con malos ojos que se lo dé á quien le viniere á las mientes, ó lo tire por la ventana? Sobre que el agradecimiento es una gran virtud, y que es una grandísima grosería desairar á un hombre de bien, que... Vamos... bueno estaría el mundo si desapareciesen de él las virtudes, si no hubiera empleados serviciales, ni corazones agradecidos.
Lo mismo digo acerca de que te va á pedir un favor una señora, acaso bien parecida, ó con alguna hija que lo es. ¿Cómo te niegas á oir á una señora que va con su hija? Era preciso tener entrañas de tigre. Yo te aseguro que éste sería para mí uno de los puntos en que nunca se quedaría rezagada mi galantería. ¡Jesús! ¡Una señora!
Agrega á esto que para ser oficinista con saber darse tono, con hacer esperar á los hombres y á las feas en la sala de audiencia, diciendo el portero que el señor oficial está sumamente ocupado, con no conocer á nadie al entrar y al salir, con ahuecar la voz, estirarse el corbatín y perder el expediente, ya está más que aprendido el oficio. No es decir esto que no los haya por otro estilo; pero ya tendría yo la curiosidad de ver algunos.
Luego hay hombres que no sirven para otra cosa entre nosotros, y son los más. «¿Qué ha de ser usted sino empleado? me decía días pasados un ultra-batueco. ¿Querrá usted que en estas Batuecas, unas gentes acostumbradas á su oficina, y sus once, y su Gaceta, y su cigarro, vayan á enfrascarse en la cabeza media docena de ciencias y artes útiles, como las llaman, para vivir de otra manera que han vivido hasta ahora, sin el descanso de la mesada, ni los gajes de manos puercas? Bien sabe Dios que eso es tontería, porque yo y los que á mí se me parecen, que no son pocos, tenemos las cabezas mejores que para ciencias y artes para moldes de pelucas, y lo digo con vanidad. Á buen seguro que mi padre y aun mi abuelo nunca supieron lo que era un libro; era todo lo más si sabían firmar, y el uno murió de ochenta y cinco años, y el otro de noventa; ni conocieron nunca lo que era dolerles una uña; y no le parezca á usted que eran unos pelagatos, porque fueron empleados toda su vida, tanto que se puede decir que les salieron los dientes en la oficina, y cuando murieron, el uno tenía una venera y el otro tenía dos».