Y tenía razón el batueco. Ya ves tú, pues, que si no pretendo no es porque desconozca yo lo que lleva consigo un empleo. Yo no le encuentro á esta carrera más inconveniente que uno, y es que hay pocos empleos; sino ya tendría yo el mío; ésta es nuestra desgracia, porque como las revoluciones conforme han dado en hacerlas en el día no son sino cuestiones de nombre, todo el toque está en estos altos y bajos, en saber cuáles de unos ó de otros han de ser dueños del cotarro. Ello no hay sino diez empleos (que es el mal que nos aflige) y veinte pretendientes. Yo considero que todo estaba arreglado con que hubiera veinte empleos y diez pretendientes; ni yo sé cómo no han dado en esto, siendo una verdad que salta á los ojos.

Asómbrate sin embargo: como hay hombres para todo, un batueco de estos que á ratos no lo parecen, me decía ayer hablando de esto: «Los batuecos que quieren bien á su patria han de empezar por apartar el pensamiento de los empleos, y quemar todos los memoriales hechos y por hacer; si el gobierno necesita hombres, hombres buscará, pues ya sabe dónde están, y bien conocidos son; al que no le busquen que no se haga buscar él, sino que hinque el codo y se aplique. Si hay un país en que pueda un hombre hacerse un bienestar por cualquier ramo de artes ó ciencias es éste, donde hay de ellas tanta escasez. Pero si esperan á llamar buen gobierno á aquel que á cada vecino le dé veinte y cuatro mil reales de renta por su manifiesta adhesión, nunca le habrá para las Batuecas, porque el que más y el que menos somos adictos y muy adictos á tomar la paga el último día del mes y aunque sea el primero del siguiente. Agregue usted á esto que el seguir en el carril de hasta ahora es desnudar á un santo para vestir á otro, y santo por santo, voto á bríos que bien se está quien se está vestido. Sí, señor don Andrés; aquí no tendremos un principio de esperanza, sino cuando conozcan todos la necesidad de no sacar más sangre de este cuerpo ya desangrado; cuando tengan mis compatriotas ideas moderadas, un plan uniforme, una marcha prudente, menos egoísmo, menos miedo, menos partidos y colores, menos pereza y holgazanería; cuando el cielo nos envíe luz para ver, y aplicación para trabajar; cuando tengamos, en fin, el verdadero deseo de ser felices, que mucho lleva adelantado para serlo quien de veras lo desea, porque el cielo es tan bueno que querrá probablemente todo lo que nosotros de veras queramos».

Mira tú, mi Bachiller, por dónde se apeó el batueco. ¡Vaya que hay hombres locos! ¡Luz para ver! Mejor nos estamos á oscuras; de esta manera Dios sabe lo que uno puede topar á tientas; vez hay que se anda uno á buscar tal cosa, y se encuentra debajo de la mano tal otra que no había visto. Lo más que puede suceder es que hagamos, jugando á buscar el bien, lo que hace el que juega á dar con la piñata, que suele dejársela á las espaldas, y atinar con un palo á los concurrentes, que esto ya se ha visto.

Yo, como sé que todas esas quimeras que á uno le cuentan son bobadas, porque me llamo Niporesas, y conozco mi patria y mis batuecos como mi casa y mis hijos, á mis empleos me atengo; la semilla ha de caer en buena tierra, y si no, no echarla.

Y con esto concluyo mi carta, que las cartas no han de ser tan largas como nuestro remedio, ni tan cortas como nuestros alcances.

Te he contestado cumplidamente á la tuya. Te he dado noticias de mi familia y de mi persona, y aun de mis opiniones; ahora ruega tú á Dios que los que me protegen me den pronto un empleillo de ésos de manos puercas, para dar en tierra con mi desconfianza, porque de no, me habré de meter á descontento, y es mal oficio. Si por el contrario me lo dan, le serviré como cada batueco, ó me servirá él á mí por mejor decir; entonces sí que diré que vivimos en la prosperidad, como algunos quieren que lo crea por pruebas que no son pruebas. Tu amigo,

Andrés Niporesas.


NOTAS:

[19] No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterias y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina, que de acuerdo con su augusto esposo nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente y por la esencia de las cosas han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa que á gobernar el mundo.