Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza á comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, á quien le había enviado su sombrero á variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían á una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían á sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

«¿Qué os parece de esta tierra, Mr. Sans-délai? le dije al llegar á estas pruebas.—Me parece que son hombres singulares...—Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida á la boca».

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

Á los cuatro días volvimos á saber el éxito de nuestra pretensión. «Vuelva usted mañana, nos dijo el portero. El oficial de la mesa no ha venido hoy».—Grande causa le habrá detenido, dije yo entre mí. Fuímonos á dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero: «Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.—Grandes negocios habrán cargado sobre él», dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar. «Es imposible verle hoy, le dije á mi compañero; su señoría está en efecto ocupadísimo».

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado á informe, por desgracia á la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía á aquel ramo; era preciso rectificar ese pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondientes, y hétenos caminando después de tres meses á la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. «De aquí se remitió con fecha tantos, decían en uno.—Aquí no ha llegado nada, decían en otro.—¡Voto va! dije yo á Mr. Sans-délai; ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?».