Hubo que hacer otro. ¡Vuelta á los empeños! ¡vuelta á la prisa! ¡qué delirio! «Es indispensable, dijo el oficial con voz campanuda, que esas cosas vayan por sus trámites regulares». Es decir, que el toque estaba como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos ó cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar á la firma, ó al informe, ó á la aprobación, ó al despacho, ó debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «Á pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».—«¡Ah, ah! Mr. Sans-délai, exclamé riéndome á carcajadas: éste es nuestro negocio. Pero Mr. Sans-délai se daba á todos los oficinistas, que es como si dijéramos á todos los diablos. «¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo á darles dinero? ¿y vengo á hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse á nuestras miras.—¿Intriga, Mr. Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas».
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
«Ese hombre se va á perder, me decía un personaje muy grave y muy patriótico.—Ésa no es una razón, le repuse: si él se arruina, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía ó de su ignorancia.—¿Cómo ha de salir con su intención?—Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede uno aquí morirse siquiera sin tener un empeño para el oficial de la mesa?—Puede perjudicar á los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.—¿Á los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?—Sí, pero lo han hecho.—Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si no podrían perjudicar los antiguos al moderno.—Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.—Por esa razón deberían darle á usted papilla todavía como cuando nació.—En fin, señor Fígaro, es un extranjero.—¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?—Con esas socaliñas vienen á sacarnos la sangre.—Señor mío, exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia: está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos á todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir á los que sabían más que ellas.
«Un extranjero, seguí, que corre á un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye á la sociedad, á quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Este extranjero que se establece en este país no viene á sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y á la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido á dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el dinero; ha dado de comer á los pocos ó muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado á sí á los extranjeros; á su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; á los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia ha debido el llegar á ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar á ser las últimas; á los extranjeros han debido los Estados-Unidos... pero veo por sus gestos de usted, concluí interrumpiéndome oportunamente á mí mismo, que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara podríamos fundar en usted grandes esperanzas!».
Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai. «Me marcho, señor Fígaro, me dijo: en este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré á ver lo que haya en la capital de más notable.—¡Ay! mi amigo, le dije, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.—¿Es posible?—¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...». Un gesto de Mr. Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.
«Vuelva usted mañana, nos decían en todas partes, porque hoy no se ve.—Ponga usted un memorialito para que le den á usted un permiso especial». Era cosa de ver la cara de mi amigo al oir lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir: Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado á su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que á la vuelta de tanto mañana, enteramente futuro, lo mejor ó más bien lo único que había podido hacer bueno había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya á esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen Mr. Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto á visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana ú otro día no tienes, como sueles, pereza de volver á la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo á mí mismo que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa ó necesaria, á relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el trascurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto á las once, y duermo siesta; que paso haciendo quinto pie de la mesa de un café hablando ó roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café me arrastro lentamente á mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce ó la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante todo este tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz, diciéndome á mi mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: ¡Eh! ¡mañana le escribiré! Da gracias á que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS
TODO EL AÑO ES CARNAVAL
(Artículo del Bachiller)