¿Qué gente hay allá arriba, que anda tal estrépito? ¿Son locos?
Moratín, Comed á nueva
No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto, y entregado á profundas meditaciones filosóficas, nacidas de la dificultad de escribir diariamente para el público. ¿Cómo contentar á los necios y á los discretos, á los cuerdos y á los locos, á los ignorantes y los entendidos que han de leerme, y sobre todo á los dichosos y á los desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?
Animado con esta reflexión, cogí la pluma y ya iba á escribir nada menos que un elogio de todo lo que veo á mi alrededor, el cual pensaba rematar con cierto discurso encomiástico acerca de lo adelantado que está el arte de la declamación en el país, para contentar á todo el que se me pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos tan valentones que corren; pero tropecé con el inconveniente de que los hombres sensatos habían de sospechar que el dicho elogio era burla, y esta reflexión era más pesada que la anterior.
Al llegar aquí arrojé la pluma, despechado y decidido á consultar todavía con la almohada si en los términos de lo lícito me quedaba algo que hablar, para lo cual determiné verme con un amigo, abogado por más señas, lo que basta para que se infiera si debe de ser hombre entendido, y que éste, registrando su Novísima y sus Partidas, me dijese para de aquí en adelante qué es lo que me está prohibido, pues en verdad que es mi mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin andarme á buscar cotujas en el golfo, ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella tengo el bien.
En esto estaba ya para dormirme, á lo cual había contribuido no poco el esfuerzo que había hecho para componer mi elogio de modo que tuviera trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso así, ó á lo que yo tengo por más cierto, un amigo que me alborotó la casa, y que se introdujo en mi cuarto dando voces en los términos siguientes, ú otros semejantes.
«¡Vamos á las máscaras! bachiller, me gritó.—¿Á las máscaras?—No hay remedio; tengo un coche á la puerta: ¡á las máscaras! Iremos á algunas casas particulares y concluiremos la noche en uno de los grandes bailes de suscripción.—Que te diviertas: yo me voy á acostar.—¡Qué despropósito! No lo imagines: precisamente te traigo un dominó negro y una careta.—¡Á Dios! Hasta mañana.—¿Adónde vas? Mira, mi querido Munguía, tengo interés en que vengas conmigo; sin ti no voy, y perderé la mejor ocasión del mundo...—¿De veras?—Te lo juro.—En ese caso, vamos. ¡Paciencia! Te acompañaré». De mala gana entré dentro de un amplio ropaje, bajé la escalera, y me dejé arrastrar al compás de las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba de gritarme: «¡Cómo nos vamos á divertir! ¡Qué noche tan deliciosa hemos de pasar!».
Era el coche alquilón; á ratos parecía que andábamos tanto atrás como adelante, á modo de quien pisa nieve, á ratos que estábamos columpiándonos en un mismo sitio; llegó por fin á ser tan completa la ilusión, que temeroso yo de alguna pesada burla de carnaval, parecida al viaje de D. Quijote y Sancho en el Clavileño, abrí la ventanilla más de una vez, deseoso de investigar si después de media hora de viaje estaríamos todavía á la puerta de mi casa, ó si habríamos pasado ya la línea, como en la aventura de la barca del Ebro.
Ello parecerá increíble, pero llegamos, quedándome yo sin embargo en la duda de si habría andado el coche hacia la casa, ó la casa hacia el coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusión de los elementos: un Edipo, sacando el reloj y viendo la hora que era; una vestal, atándose una liga elástica, y dejando á su criado los chanclos y el capote escocés para la salida; un Romano coetáneo de Catón dando órdenes á su cochero para encontrar su landó dos horas después; un Indio no conquistado todavía por Colón, con su papeleta impresa en la mano y bajando de un birlocho; un Oscar acabando de fumar un cigarrillo de papel para entrar en el baile; un Moro santiguándose asombrado al ver el gentío; cien dominós, en fin, subiendo todos los escalones sin que se sospechara que hubiese dentro quien los moviese, y tapándose todos las caras, sin saber los más para qué, y muchos sin ser conocidos de nadie.