Después de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la rúbrica y la contraseña, entramos en una salita que no tenía más defecto que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es más preciso tener máscaras que sala donde colocarlas. Algún ciego alquilado para toda la noche, como la araña y la alfombra, y para descansarle un piano, tan piano que nadie lo consiguió oir jamás, eran la música del baile, donde nadie bailó. Poníanse, sí, de vez en cuando á modo de parejas la mitad de los concurrentes, y dábanse con la mayor intención de ánimo sendos encontrones á derecha é izquierda, y aquello era el bailar, si se nos permite esta expresión.

Mi amigo no encontró lo que buscaba, y según yo llegué á presumir, consistió en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que á otros muchos les acontece. Algunas madres, sí, buscaban á sus hijas, y algunos maridos á sus mujeres; pero ni una sola hija buscaba á su madre, ni una sola mujer á su marido. «Acaso, decían, se habrán quedado dormidas entre la confusión en alguna otra pieza...—Es posible, decía yo para mí, pero no es probable».

Una máscara vino disparada hacia mí. «¿Eres tú? me preguntó misteriosamente.—Yo soy, le respondí seguro de no mentir.—Conocí el dominó; pero esta noche es imposible: Paquita está ahí, mas el marido se ha empeñado en venir; no sabemos por dónde diantres ha encontrado billetes.—¡Lástima grande!—¡Mira tú qué ocasión! Te hemos visto, y no atreviéndose á hablarte ella misma, me envía para decirte que mañana sin falta os veréis en la Sartén... Dominó encarnado y lazos blancos.—Bien.—¿Estás?—No faltaré».

«¿Y tu mujer, hombre?» le decía á un ente rarísimo que se había vestido todo de cuernecitos de abundancia, un dominó negro que llevaba otro igual del brazo. «Durmiendo estará ahora; por más que he hecho no he podido decidirla á que venga; no hay otra más enemiga de diversiones.—Así descansas tú en su virtud: ¿piensas estar aquí toda la noche?—No, hasta las cuatro.—Haces bien». En esto se había alejado el de los cuernecillos, y entreoí estas palabras: «Nada ha sospechado.—¿Cómo era posible? si salí una hora después que él...—¿Á las cuatro ha dicho?—Sí.—Tenemos tiempo. ¿Estás segura de la criada?—No hay cuidado alguno, porque...». Una oleada cortó el hilo de mi curiosidad; las demás palabras del diálogo se confundieron con las repetidas voces de ¿Me conoces? Te conozco, etc., etc.

¿Pues no parecía estrella mía haber traído esta noche un dominó igual al de todos los amantes, más feliz por cierto que Quevedo, que se parecía de noche á cuantos esperaban para pegarlos? «¡Chis! ¡Chis! Por fin te encontré, me dijo otra máscara esbelta asiéndome del brazo, y con su voz tierna y agitada por la esperanza satisfecha. ¿Hace mucho que me buscabas?—No, por cierto, porque no esperaba encontrarte.—¡Ay! ¡Cuánto me has hecho pasar desde antes de anoche! No he visto hombre más torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fué haber convenido antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si no...—¿Pues qué hubo?—¿Qué había de haber? El que venía conmigo era Carlos mismo.—¿Qué dices?—Al ver que me alargabas el papel, tuve que hacerme la desentendida y dejarlo caer, pero él le vió y le cogió. ¡Qué angustias!—¿Y cómo saliste del paso?—Al momento me ocurrió una idea. ¿Qué papel es ése? le dije. Vamos á verle; será de algún enamorado: se lo arrebato, veo que empieza querida Anita; cuando no vi mi nombre, respiré; empecé á echarlo á broma. ¿Quién será el desesperado? le decía riéndome á carcajada.—Veamos; y él mismo leyó el billete, donde me decías que esta noche nos veríamos aquí, si podía venir sola. Si vieras cómo se reía.—¡Cierto que fué gracioso!—Sí, pero, por Dios, don Juan, de éstas, pocas». Acompañé largo rato á mi amante desconocida, siguiendo la broma lo mejor que pude... el lector comprenderá fácilmente que bendije las máscaras, y sobre todo el talismán de mi impagable dominó.

Salimos por fin de aquella casa, y no pude menos de soltar la carcajada al oir á un máscara que á mi lado bajaba: «¡Pésia á mí! le decía á otro; no ha venido; toda la noche he seguido á otra creyendo que era ella, hasta que se ha quitado la careta. ¡La vieja más fea de Madrid! No ha venido; en mi vida pasé rato más amargo. ¿Quién sabe si el papel de la otra noche lo habrá echado todo á perder? Si don Carlos lo cogió...—Hombre, no tengas cuidado.—¡Paciencia! Mañana será otro día. Yo con ese temor me he guardado muy bien de traer el dominó cuyas señas le daba en la carta.—Hiciste muy bien.—Perfectísimamente, repetí yo para mí, y salimos riendo de los azares de la vida.

Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aquí y allí por la escalera. La noche no dejó de tener tampoco algún contratiempo para mí. Yo me había llevado la querida de otro; en justa compensación otro se había llevado mi capa, que debía parecerse á la suya, como se parecía mi dominó al del desventurado querido. «Ya estás vengado, exclamé, oh burlado mancebo». Felizmente yo al entregarla en la puerta había tenido la previsión de despedirme de ella tiernamente para toda mi vida. ¡Oh previsión oportuna! Ciertamente que no nos volveremos á encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero; había salido ya de la casa, había andado largo trecho, y aún volvía la cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como Héctor al dejar á su Andrómaca, diciendo para mí: «Allí quedó, allí la dejé, allí la vi por la última vez».

Otras casas recorrimos, en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admiró encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos ó solícitos amantes; no soy de aquéllos que echan de menos la acción en una buena cantatriz, ó alaban la voz de un mal comediante, y por tanto no voy á buscar virtudes á las máscaras. Pero nunca llegué á comprender el afán que por asistir al baile había manifestado tantos días seguidos don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo arrullo: no entiendo todavía á don Jorge cuando dice que estuvo en la función, habiéndolo visto desde que entró hasta que salió en derredor de una mesa en un verdadero ecarté. Toda diferencia estaba en él con respecto á las demás noches en ganar ó perder, vestido de moharracho. Ni me sé explicar de una manera satisfactoria la razón en que se fundan para creer ellos mismos que se divierten un enjambre de máscaras que vi buscando siempre, y no encontrando jamás, sin hallar á quien embromar ni quien los embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes de sala en sala, como si de todas los echaran, imitando el vuelo de la mosca, que parece no tener nunca objeto determinado. ¿Es por ventura un apetito desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la pueril vanidad del hombre? ¿Es por aturdirse á sí mismos y creerse felices por espacio de una noche entera? ¿Es por dar á entender que también tienen un interés y una intriga? Algo nos inclinamos á creer lo último cuando observamos que los más de éstos os dicen, si los habéis conocido: «¡Chitón! ¡Por Dios! No digáis nada á nadie». Seguidlos, y os convenceréis que no tienen motivos ni para descubrirse ni para taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados del baile... nunca empero se les olvida salir los últimos, y decir al despedirse: «¿Mañana es el baile en Solís?—Pues hasta mañana.—¿Pasado mañana es en San Bernardino? ¡Diez onzas diera por un billete!».

Ya que sin respeto á mis lectores me he metido en estas reflexiones filosóficas, no dejaría pasar en silencio antes de concluirlas la más principal que me ocurría. ¿Qué mejor careta ha menester don Braulio que su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los días, y reza sus devociones; á merced de esta máscara que tiene constantemente adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo murmura, cómo roba... ¡Qué empeño de no parecer Julianita lo que es! ¿Para eso sólo se pone un rostro de cartón sobre el suyo? ¿Teme que sus facciones delaten su alma? Viva tranquila; tampoco ha menester careta. ¿Veis su cara angelical? ¡Qué suavidad! ¡Qué atractivo! ¡Cuán fácil trato debe de tener! No puede abrigar vicio alguno.—Miradla por dentro, observadores de superficies: no hay día que no engañe á un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel, perjura, desvanecida, envidiosa, áspera con los suyos, insufrible y altanera con su esposo: ésa es la hermosura perfecta, cuya cara os engaña más que su careta. ¿Veis aquel hombre tan amable y tan cortés, tan comedido con las damas en sociedad? ¡Qué deferencia! ¡Qué previsión! ¡Cuán sumiso debe ser! No le escojas sólo por eso para esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que entrega su corazón. Su cara es también más pérfida que su careta; por ésta no estás expuesta á equivocarte, porque nada juzgas por ella; ¡¡pero la otra!!... imperfecta discípula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y sólo puede ser un pérfido guía, que te entrega á tu enemigo.

Bien presumirá el lector que al hacer estas metafísicas indagaciones algún pesar muy grande debía afligirme; pues nunca está el hombre más filósofo que en sus malos ratos: el que no tiene fortuna se encasqueta su filosofía como un falto de pelo su bisoñé: la filosofía es efectivamente para el desdichado lo que la peluca para el calvo, de ambas maneras se les figura á entrambos que ocultan á los ojos de los demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza madrastra.