Así era: un pesar me afligía. Habíamos entrado ya en uno de los principales bailes de esta corte; el continuo traspirar, el estar en pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar habían debilitado mis fuerzas en tales términos que el hambre era á la sazón mi maestro de filosofía. Así de mi amigo, y de común acuerdo nos decidimos á cenar lo más espléndidamente posible. ¡Funesto error! Así se refugiaban máscaras á aquel estrecho local, y se apiñaban y empujaban unas á otras como si fuera de la puerta las esperase el más inminente peligro. Iban y venían los mozos aprovechando claros y describiendo sinuosidades, como el arroyo que va buscando para correr entre las breñas las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya; apenas había un plato de que disponer; pedimos sin embargo de lo que había, y nos trajeron varios restos de manjares que alguno que había cenado antes que nosotros había tenido la previsión de dejar sobrantes. Hicimos semblante de comer, según decían nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros vecinos, y pagamos como si hubiéramos comido. Ésta ha sido la primera vez en mi vida, salí diciendo, que me ha costado dinero un rato de hambre.

Entrámonos de nuevo en el salón de baile, y cansado ya de observar y de oir sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el número de hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambición se limitó á conquistar con los codos y los pies un rincón donde ceder algunos minutos á la fatiga. Allí me recosté, púseme la careta para poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpiándose mi imaginación entre mil ideas opuestas, hijas de la confusión de sensaciones encontradas de un baile de máscaras, me dormí, mas no tan tranquilamente como lo hubiera yo deseado.

Los fisiólogos saben mejor que nadie, según dicen, que el sueño y el ayuno, prolongado sobre todo, predisponen la imaginación débil y acalorada del hombre á las visiones nocturnas y aéreas que vienen á tomar en nuestra irritable fantasía formas corpóreas cuando están nuestros párpados aletargados por Morfeo. Más de cuatro que han pasado en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe, han debido al sueño y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es precisamente lo que á mí me aconteció, porque al fin, según expresión de Terencio, homo sum et nihil humani á me alienum puto. No bien había cedido al cansancio, cuando imaginé hallarme en una profunda oscuridad; reinaba el silencio en torno mío; poco á poco una luz fosfórica fué abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mágica se me fué acercando misteriosamente por sí sola, como un luminoso meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada, un torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió á quedar en la oscuridad. Entonces sentí una mano fría como el mármol que se encontró con la mía; un sudor yerto me cubrió; sentí el crujir de la ropa de una fantasma bulliciosa que ligeramente se movía á mi lado, y una voz, semejante á un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre los hombres signos representativos: Abre los ojos, bachiller; si te inspiro confianza sígueme; el aliento me faltó, flaquearon mis rodillas; pero la fantasma despidió de sí un pequeño resplandor, semejante al que produce un fumador en una escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y á su escasa luz reconocí brevemente á Asmodeo, héroe del Diablo Cojuelo. «Te conozco, me dijo; no temas: vienes á observar el carnaval en un baile de máscaras. ¡Necio! ven conmigo; doquiera hallarás máscaras, doquiera carnaval, sin esperar al segundo mes del año».

Arrebatóme entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún dragón alado, ó vara mágica, ó cualquier otro bagaje de esta especie. Ello fué que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fué obra de un instante. Entonces vi al través de los tejados como pudiera al través del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.

«Mira, me dijo mi extraño cicerone. ¿Qué ves en esa casa?—Un joven de sesenta años disponiéndose á asistir á una suaré; pantorrillas postizas, porque va de calzón; un frac diplomático; todas las maneras afectadas de un seductor de veinte años; una persuasión sobre todo indestructible de que su figura hace conquistas todavía...

«¿Y allí?—Una mujer de cincuenta años.—Obsérvala; se tiñe los blancos cabellos.—¿Qué es aquello?—Una caja de dientes; á la izquierda una pastilla de olor; á la derecha un polizón.—¡Cómo se ciñe el corsé! va á exhalar el último aliento.—Repara su gesticulación de coqueta.—¡Ente execrable! ¡Horrible desnudez!—Más de una ha deslumbrado tus ojos en algún sarao que debieras haber visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.

«¿Quién es aquél más allá?—Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le consultan: es un célebre abogado; la librería que tiene al lado es el disfraz con que os engaña. Acaba de asegurar á un litigante con sus libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido; mira cómo cierra los libros en cuanto salió, como tú arrojarás la careta en llegando á tu casa. ¿Ves su sonrisa maligna? Parece decir: venid aquí, necios; dadme vuestro oro; yo os daré papeles, yo os haré frases. Mañana seré juez; seré el intérprete de Temis. ¿No te parece ver al loco de Cervantes que se creía Neptuno?

«Observa más abajo: un moribundo; ¿oyes cómo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve á la vida, tornará á las andadas. Á su cabecera tiene á un hombre bien vestido; un bastón en la mano, una receta en la otra: Ó la tomas, ó te pego. Aquí tienes la salud, parece decirle: yo sano los males, yo los conozco; observa con qué seriedad lo dice; parece que cree él mismo; parece perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. No hay cuidado, sale diciendo; ya sube en su bombé; ¿oyes el chasquido del látigo?—Sí.—Pues oye también el último ay del moribundo, que va á la eternidad, mientras que el doctor corre á embromar á otro con su disfraz de sabio.

«Ven á ese otro barrio.—¿Qué es eso? Un duelo. ¿Ves esas caras tan compungidas?—Sí.—Míralas con este anteojo.—¡Cielos! La alegría rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le podrá impedir salir al exterior.

«Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna constancia y fidelidad.