«¿Quién es aquél?—Un militar; observa cómo se paga de aquel oro que adorna su casaca. ¡Qué de trapitos de colores se cuelga de los ojales! ¡Qué vano se presenta! Yo sé ganar batallas, parece que va diciendo.—¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.—¡Insensato! Ésa no la ganó él, sino que la perdió el enemigo.—Pero...—No es lo mismo.—¿Y la otra de ***?—La casualidad.—Se está vistiendo de grande uniforme, es decir, disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E., él y los que así le ven creen que ya no es un hombre como todos.


«Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando toda la vida? ¿Á qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal á la calle, y verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar, antes de volverte á llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una casa donde dicen especialmente que no las hay este año. Quiero desencantarte». Al decir esto pasábamos por el teatro. «Mira allí, me dijo, á un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Está muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de Nerón, y de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se lo cree también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido á aquellos señores. Repara, y ríete á tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquél que sale ahora? Aquél dice que es el grande sacerdote de los Griegos, y aquel otro Edipo; ¿los conoces tú?—Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.—Pues míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Jocasta, y el pueblo tebano entero se van á cenar sin más acompañamiento, y dejándose á su patria entre bastidores, algún carnero verde, ó si quieres un excelente beefsteak hecho en casa de Genyeis. ¿Quieres oir á Semíramis?—¿Estás loco, Asmodeo? ¿Á Semíramis?—Sí; mírala; es una excelente conocedora de la música de Rossini. ¿Oiste qué bien cantó aquel adagio? Pues es la viuda de Nino; ya espira; á imitación del cisne, canta y muere».

Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras: sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo! grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo! quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un Chino, un marinero, un abate, un Indio, un Ruso, un Griego, un Romano, un Escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra á la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco á poco vuelvo en mí, y asustando á un Turco y una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, é imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: «El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval.»

CONCLUSIÓN

No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo.

Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos.

(Página 128 de este tomo 1.º)

Trece números y diez meses va á hacer que, acosados del enemigo malo que nos inducía á hablar, dimos principio á nuestras habladurías. ¿Qué? ¿No queda más que hablar? nos dirán.—Mucho nos falta efectivamente que decir, pero acabamos de entrar en cuentas con nosotros mismos, y hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, ó de lo que no se puede decir, que para nosotros es lo más, podemos asegurar á nuestros lectores que dejamos el puesto humildemente á quien quiera iluminar la parte del cuadro que nuestro pobre pincel ha dejado oscura. Confesamos que á acometer tan arriesgada empresa no conocíamos la cara al miedo; pero en el día no nos queremos salvar, si no es cierto que temblamos de pies á cabeza al sentar la pluma en el papel. En unos tiempos en que la irritabilidad de nuestras modernas costumbres exige que tengamos á la vez en la misma mano la espada y la pluma para convencer á estocadas al que no pueden convencer razones; en unos tiempos en que es preciso matar en duelo á los necios, uno á uno, no nos sentimos con fuerza para tan larga tarea; mate, pues, Moros quien quisiere, que á mí no me han hecho mal.