«Nada diré del entierro, que fué muy común: sólo advertiré que nadie se atrevió á hablar en él, antes todos mirábamos atentamente al féretro por ver si hablaría aun después de muerto.
«Queda con esto, señor don Andrés de mi alma, muy de usted el escribiente privado más afligido que nunca tuvo escritor público. Ruego á usted que encomiende al señor Bachiller, que tan amigo suyo era, y mande á su criado,
«El ex escribiente del Bachiller».
Ésta fué la carta: ¡murió el que dijo la verdad, y murió dejándose tanto por hablar! ¿No tenías, oh muerte, algún inútil sordo-mudo que sustituir á tan interesante víctima? ¿Quién nos dirá de aquí en adelante que no hay más que sinrazón en la tierra? ¿Quién nos dirá que el que no es tonto en el mundo es pícaro, y que los más son tontos-pícaros? ¿Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción? ¿Quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado por decir?
Juzgue ahora el lector desapasionado si tan horroroso golpe me deja espacio ni humor de hacer más largas reflexiones.
No; mi silencio dirá más que mis amargas quejas.
Yo te consagraré una memoria, mi querido y malogrado bachiller, siempre que un abuso, siempre que una ridiculez se atraviese delante de mis ojos, siempre que la injusticia me hiera, que me ofenda la maldad, que me desconcierte la intriga, y que el vicio me horrorice. Yo en defecto tuyo, cuya censura podría reprimir en algo á los batuecos, rogaré á Dios y á santa Rita, abogada de imposibles, por la prosperidad de nuestra patria, que tantos nos anuncian con tan fáciles como inconsideradas promesas.
Andrés Niporesas.