«Ítem más: digo que hay amigos en el mundo (si bien yo he dicho lo contrario), pues los tengo yo, que es cuanto hay que decir en la materia, y es la prueba de las pruebas.

«Ítem: digo que en la corte no hay vicios, á pesar de mi segundo número, donde me dió por decir que sí. ¡Válgame Dios por decírmelo todo!

«Ítem: confieso que el público es ilustrado, imparcial, respetable, y demás zarandajas que de él se cuentan. Y si he dicho lo contrario, preciso es que haya estado loco para desconocer simplezas de tanto bulto. Verdades serán cuando todo el mundo las dice.

«Ítem: declaro que á veces he dicho las cosas como no las quería decir. No importa mucho, porque creo que de cualquiera manera que se digan es como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.

«Ítem: afirmo ahora que los versos de circunstancias nunca son malos, si vienen á pelo, por malos que sean, porque cada cosa es relativa á otra cosa, y si no me entendiesen lo que quiero decir en esto, ¡cómo ha de ser! Ahora estoy muy de priesa para detenerme á explicarme más claro.

«Ea pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento: antes de hablar, mirad lo que vais á decir; ved las consecuencias de las habladurías. Si apego tenéis á la tranquilidad, olvidad lo que sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía, ni por ello prendieron nunca á nadie: no se os dé un bledo de cómo vayan ó vengan las cosas; amad á todo el mundo con gran cordialidad, ó á lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de malicioso porque he querido dar á entender que de algunos países nunca puede salir nada bueno... En fin... muero... á Dios, hijos... ¡de miedo!!!».

«De esta manera, habló lo que tenía que hablar, y expiró á poco rato. Vímosle caer en la almohada, y no se le volvió á oir palabra: sólo sí debió rendir el alma á manos del último accidente del miedo, pues se tapaba la cabeza con la ropa como si viera fantasmas; huía, temblaba, se escondía y se ponía el dedo en la boca, postura en que murió. ¡Oh inescrutables fines de la Providencia, que castigas sin palo ni piedra! Apostara yo, señor don Andrés, que no veía en aquel terrible momento sino duros enemigos, censuras amargas, y encarnizados criticadores de su vida y hechos... En fin, expiró, lo cual conocimos en que dejó de hablar.

«El facultativo, sin embargo, dudando si tendría algún resto de vida, se acercó poco á poco á su oído, y le decía á grandes voces: ‘¡Señor Bachiller! vuelva en sí y repare qué versos tan malos andan por esos mundos, qué autorcillos tan miserables, y qué traducciones tan malas el público aplaude, y qué de cosas buenas desprecia... Mire usted que tiene aquí á media docena de necios; éste es un elegante, aquél un enamorado, el otro un amigo, el de más allá dice que es un sabio, el otro es un militar, y el otro un abogado; todos se tienen por hombres de importancia. ¿No les decís nada?’. Entonces, haciendo el último esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles; púsoselos sobre la cara, y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto: ‘Muerto está, cuando nada dice á todo esto; ni un soplo de vida le queda. En paz descanse’.

«Ésta fué la muerte de mi señor Bachiller, que lloraré hasta que llegue el momento de la mía.

«Registráronse sus papeles en cuanto murió; pero hallamos medio quemado un gran legajo que los contenía; dímonos á entender que habría tratado en sus últimos momentos de juntarlos y dar con ellos en el fuego; acaso las fuerzas le habrían faltado, y así quedaban varios fragmentos enteros que el público conocerá tal vez algún día si aciertan á caer en manos de algún editor escrupuloso que los expurgue de la mucha cizaña que deben necesariamente tener. La imaginación de quemarlos nos hizo caer en la cuenta de que su arrepentimiento habría sido verdadero, y válida su retractación.