No me dieran á mí otro trabajo que probar hasta la evidencia que V. M. no sólo es literato, en cuanto á que tiene esas letras tan gordas que dice, sino también caballero y generoso, amigo de enderezar tuertos y desfacer agravios. Prenda muy recomendable en estos tiempos tan egoístas que alcanzamos; y más para él, que de esa suerte podrá enderezar el que á sí mismo se ha hecho con su folletillo; por lo cual aunque no fuera tan literato como es, había de bastar aquella prenda para hacerle pasar por hombre de bien, ya que no por poeta, como le sucedía á don Eleuterio Crispín de Andorra; y también le juro á V. M. que vale mucho más ser hombre de bien y salvar su alma que hacer buenos versos, si no se pudieren reunir entrambas cosas, lo cual sería lo mejor. Por ejemplo, ahí tiene V. M. á un Arouet (ya sabrá quien es, y si no, yo no se lo puedo decir más claro). ¿De qué le parecerá á V. M. que le sirvió hacer su Zaira y su Mahoma, con otras frioleras de gusto, si á la hora de ésta debe de estar probablemente hecho un torrado en los profundos? Esto es lo que me da rabia cuando leo un hermoso trozo de Homero, y aun de Virgilio; siempre arrojo el libro diciendo: ¡Qué lástima que estos hombres no fuesen buenos cristianos, y hombres de bien como don Clemente Díaz! Pues ¿y cuando leo á Horacio, á Juvenal y á Persio, y á Boaló, como V. M. escribe, ó Boileau como se llamaba él y escribimos nosotros? Entonces me ocurre al momento la misma idea que á V. M. Si los abusos no se han de corregir por más sátiras que se escriban, ¿para qué escribirlas? Eso mismo digo yo; por ejemplo: si mi amigo el Bachiller no ha de dejar de hablar, aunque más escriba V. M. folletos, ¿para qué es cansarse escribirlos? Eso digo para mí, y ya le hubiera citado á V. M. en varias ocasiones y en diversas casas si no fuera porque, á pesar de lo famoso que ha de llegar á ser con el tiempo si sigue escribiendo folletos, no gusto nunca de hablar por boca de ganso, sino decir mis ideas tales cuales son, y más que no se asemejen á las de don Clemente Díaz, que todos no es posible tengamos las mismas ideas, como V. M. conoce mejor que yo.

¡Ay qué bien ha hecho su maestro de primeras letras en ponerle á escribir! porque yo supongo generosamente que cuando empezó el folleto ya sabría leer de corrida; no porque yo crea que necesita irse soltando su estilo, que ya anda demasiadamente suelto, sino porque si lo hemos de leer no hay otro medio sino que V. M. lo escriba. ¡Y cómo conoció el pícaro del maestro lo que podía prometerse del buen ingenio de don Clemente Díaz! ¡Apostara yo el valor del primer ejemplar del folleto de V. M., si es que se ha vendido ya, á que son para él las utilidades! ¡Y cómo lo ha entendido el muy ladino!

¿Como cuánto tiempo hará que V. M. hace versos, señor don Clemente Díaz? ¿Cómo fué el descubrir V. M. que tenía esa estupenda habilidad, en sazón de estarse publicando los Pobrecitos Habladores? Otra preguntilla, y es la última por ahora. ¿Como cuántos años podrá tener V. M.? Porque si como es de ingenioso es de precoz, ¡voto á Apolo que es una maravilla mi señor don Clemente Díaz! ¡Y qué bien pone la pluma, y cuánto sabe!

Sabe, por ejemplo, hacer él solito palabras compuestas, como: verbi-gracia, satírico-manía; sabe citar á don Manuel Bretón de los Herreros y poner su epigrafito y todo, que es un contento. Sabe que el famélico vate no debe lamentarse de lo que se lamentaron otros, sino que cada uno se lamente solo y de cosa distinta, y antes de lamentarse tenga buen cuidado de averiguar y saber si se lamentó otro de aquello mismo, y si no, no lamentarse. Si á su merced, por ejemplo, le salieran unos ladrones á robarle y le aporrearan, su merced, que es vate famélico, según parece, no debiera lamentarse más que le hubieran llenado de chichones el occipital ó el frontal, porque ni su merced sería el primer aporreado, ni el primero que se ha lamentado de algún aporreo. Así que todo el toque del escribir está en hacerlo con anterioridad á los que han escrito antes que uno, cosa muy sencilla mirándolo despacio. En esto sigue don Clemente Díaz su misma regla; por no repetir ideas de otros, tiene él las suyas hechas de tal manera que ni yo las vi iguales, ni parecidas, en autor alguno que le haya antecedido, ni espero, ¡qué esperar! que ningún hombre de talento pasado, presente ni futuro diga las cosas que don Clemente dice. ¡Tanta es su originalidad y su deliciosa extravagancia!

Sabe decir su merced que gustara acaso Persio si escribiera solo, añade que también Juvenal gustara con la misma circunstancia, y concluye diciendo que también otros ciento gustaran si escribieran solos. Me recordó este paso chistoso, capaz de hacer reir á cualquiera, como sin duda se lo ha propuesto el graciosísimo señor don Clemente, el lance aquel de los doscientos gallegos que volvían de la siega y se dejaron robar porque venían solos.

Don Clemente sabe además hacer metáforas, las cuales no son las de menos donosa invención aquella de que el mundo con muletas ande cojo; la otra del agostado juicio de mi amigo (¿si aludirá á que se casó en agosto?), la otra de dejar ir su mente á rienda floja, y aquella otra tan revuelta y enmarañada y llena de escondrijos y retortijones que dice que exprime el Bachiller «el corto zumo de su ingenio para deshacerse en humo de sandeces por coger un premio de humo». Ésta, ésta es la que debe de haberle costado más noches de no dormir y más días de no pensar; y por fin la de los «timbres de la nobleza que de la gloria en la mansión habita y eleva sobre el tiempo su cabeza»; y la lindísima de aquel fantasmón de arroyuelo que tenía arrogante estilo (decir estas cosas es el único modo seguro de no parecerse á ningún otro buen autor). Esto es lo que se llama tener gracia natural para hacer reir, ¿y con qué arbitrio tan sencillo? Con sólo reunir don Clemente en sus ratos ociosos palabras de aquí y de allí; barajarlas, y ver qué efecto producen; y más que no representen ideas que tengan relación entre sí, en cuyo caso se desbarataría gran parte de la gracia del juego.

Sabe don Clemente Díaz hacer versos aconsonantados sin consonante, caso que no ha acertado á conseguir ni ha intentado siquiera ningún poeta ni famoso, ni sin fama, como cuando hace consonar velas con vendaba. ¡Tan cierto es que sólo al genio le está reservado abrir sendas desconocidas! Esto me trajo á la memoria aquel otro caso tan sabido del juego de prendas, en que se apuraba una letra y era la g; había dicho alguno guitarra. «Á usted le toca ahora, señorita», dijo á la persona siguiente el que llevaba el juego; á lo cual contestó ella con gran prisa y raro tino violín, y calló con aquel aire de satisfacción y desembarazo que tiene el que ha salido triunfante de un grande apuro.

Consonante á velas... Vamos, don Clemente, en elas. ¿En elas? ¡vendaba! ¡Bravo, don Clemente! ¿Ven ustedes? Ya salimos del paso.

Recuérdame esto otro cuentecito que me contó mi maestro: un poeta nuevo, como V. M., señor don Clemente, tenía que hacer una oda á un amigo suyo, á quien habían sacramentado; él había visto que en las odas solía haber unos versos cortos y otros largos, y dijo: «Si en eso consiste, odas haré yo también», que es lo que á V. M. le habrá sucedido con los tercetos: hizo, pues, su oda, y describiendo la mala noche concluía una estrofa con estos dos versos, el uno quebrado y el otro tan entero como un burro garañón:

Y era tan fuerte el viento,
Que se apagaban las hachas de los que por purísima devoción iban alumbrando al Santísimo Sacramento.