Bien es verdad que si V. M. tenía que decir la palabra vendaba por razones particulares que ignoro, y que él acaso sabrá, aunque hubiera hablado más arriba de velas por el mar del frívolo, que aunque no está en el mapa, culpa de los mapistas, sabe V. M. muy bien cuál es, no era cosa de andarse horas enteras á buscar consonante en elas para decir otra cosa que lo que quería decir; primero es la verdad que el consonante, y ser franco que ser poeta; y volvemos á aquello de la hombría de bien: ya sabe V. M., señor don Clemente, que para ganar el cielo no se necesita tener el oído muy delicado. ¿Quién sabe si á V. M. le sonará lo mismo velas que vendaba por la regla de apurar la letra y empezar todo con v?
Lástima grande que no habite encima del cuarto de usted algún poeta para que hiciese con él lo que Pedro Corneille con su hermano Tomás: aquel tenía hecha, como V. M. no sabrá, una trampilla en el piso de su habitación sólo para pedirle en los graves apuros consonantes á su hermano, que vivía debajo de él.
Dígame V. M. la verdad, como si nadie nos oyera, ¿V. M. entiende los consonantes al revés, y cree que han de consonar las palabras por el principio ó por el fin? En este caso le sucederá lo que á aquel cochero beodo que montó la mula al revés, y tomándole el rabo por riendas arreaba y pegaba latigazos á su inocente coche.
Sabe el señor don Clemente además que todo el que no sea hombre de talento debe domar toros, de donde se infiere que todos los tontos deben ser vaqueros, y que la clase de vaqueros debiera ser la más numerosa de la sociedad, porque los más son tontos como V. M. sabe. V. M. debe saber mucho de domar toros, á no ser que haya dicho lo del toro por ser su satirilla en tercetos, y haber de consonar con oro y tesoro, en cuyo caso no he dicho nada, y tiene él razón, á pesar de que otras veces no se para en consonantes, y teniendo su vendaba á mano para estos casos apurados, no había de recurrir á la tauromaquia.
¿Y qué de cosas más sabe V. M.? ¿Apostamos algo á que sabe también dónde tiene la mano derecha?
¿Conque ha leído V. M. á Juvenal, y á Persio, y á Boileau? ¿Y qué más libros ha leído V. M.? ¿Como á qué edad empezaría mi señor don Clemente Díaz á leer? ¡Vaya que es un Centón mi señor don Clemente Díaz! ¿Ha leído V. M. también el Hablador que critica? Porque ya veo que es muy capaz de leer hasta lo que no está escrito, y hasta de escribir lo que no se haya de leer. Yo, amigo don Clemente Díaz, no leo tanto, á pesar de que he leído el folleto de V. M., que, sin vanidad, ni hay muchos que puedan decir otro tanto, ni habrá uno solo que me niegue que se necesita para ello tener afición decidida á la lectura.
En lo que tiene razón es en decir que los poetas no han de buscar con qué vivir, sino gloria, y yo estoy seguro de que él no busca más gloria, como se echa de ver en aquello de regalarnos el folleto por dos reales cada ejemplar, que atendido su mérito, es lo mismo que decir de balde; así que la gloria debe de ser para V. M. una especie de maná, si bien yo tengo para mí que no ha de echar muchas carnes con la que le ha valido su folleto; imagino que le ha de costar algunos días el digerirla, pues tengo entendido que es alimento fuerte para estómagos flacos. Ni es justo que el poeta vea su comedia, ni que se le premie por ella ¡Disparate! ¡Cómo se conoce que no ha hecho don Clemente Díaz ninguna comedia! No porque no haya podido, sino por no emporcarse las manos con las medallas de plata carcomidas que suele cobrar el poeta. Supuesto que don Clemente cobra en laureles, ¿como cuánto laurel vendrá á tener V. M. hacinado en su casa? Vamos serios, don Clemente Díaz, hagamos una especulación; que como nos lo ponga á un precio moderado, ¿quién sabe si pudiéramos hacer negocio?
Hanme dicho malos amigos de su folleto que es gran lástima que no tenga más gracia de la que tiene, porque á tenerla, todos nos hubiéramos divertido, y V. M. el primero.
No haga caso de habladurías, que si se parara en lo que dicen era cosa de no volver á escribir. Lo único que le aconsejo yo es que cuando diga verdades las diga claras y no se ande con rodeos, de la pieza remendaba en prosa, sino que la nombre; diga los verdaderos defectos del Hablador, y si no los conoce acuda á nosotros el Bachiller y yo, que somos uña y carne, y se los hemos de apuntar; algunos tiene que V. M. se ha dejado en el tintero.
Esperamos, pues, señor don Clemente Díaz, que siga en otras sátiras y folletos corriendo tras de la gloria, por si la puede alcanzar, aunque ella va de prisa y le lleva bastante delantera: si bien el Hablador no admite ni da contestaciones, yo, que soy su amigo, á quien no alcanza el entredicho, le podré contestar; y si no le contestase más, lo cual es muy posible, no por eso se desanime, sino escriba y versifique, y no defraude malamente á la posteridad del fruto que podrá sacar de sus vastos conocimientos: tenga entendido que ha nacido para escribir folletos, y todo lo demás es errar la vocación y no cumplir con la obligación que traen al mundo los hombres grandes de ilustrar á sus semejantes, si es que V. M. tiene semejantes: yo por mi parte le aseguro por la fe de caballero, que aplicándose ha de llegar á hacer sátiras muy regulares, lo cual debe V. M. hacer tanto más cuanto que puede vivir seguro de que encontrará siempre en mí un panegirista celoso de su gloria, y de que no se menoscabe en nada la colosal reputación que tiene adquirida en el mundo literario, como Clemente, como Díaz, como poeta y como satírico, y más que perjudiquen á los intereses del Bachiller sus claras luces y sus terribles impugnaciones.