podían repetir con sobrada razón nuestros antepasados de cuatro ó cinco siglos: nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba á la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendían á equilibrarse, pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilización, se encontraban con extraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafíos, y á veces de crímenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la actualidad se conformarían.
Una incomprensible mezcla de religión y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que expendía sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devoción, ó descubría de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues en vez de arreglar por esta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El caballero que volvía de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redención, aquel misto cruzado que al entrar en el gremio de la iglesia había depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, á imitación del Hombre Dios, el perdón de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organización irascible, que á gala tenía; á la menor sombra de pretendida ofensa corría lanza en ristre á partir el sol del palenque, y á abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando á un tiempo por una inexplicable contradicción el nombre santo de Dios, y el nombre profano de la dama por quien moría.
En vano la religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los Godos, exaltados por la prolongada guerra con los Sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud, entre tanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debía dirigirse eran los Moros; pero muchas veces lo eran también los cristianos, y había quien matando dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.
Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el fácil manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridón, la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido y llevado á un extremo peligroso; y para las mujeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeón más esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato sólo para con el caballero no amado, eran la educación del siglo. Dios y mi dama, decía el caballero; Dios y mi caballero, decía la dama.
En medio del furor de guerrear que debía animar á todos en aquella época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las huestes, armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la poderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos á autorizar trances de rebelión del soberbio rico-hombre contra la majestad de su rey y señor natural.
Un corto número de espíritus más pusilánimes, ó acaso más calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza literaria griega y romana que de las ruinas del Partenón y del Capitolio habían podido salvar, en medio de la devastación desoladora de la irrupción de los bárbaros, algunas primitivas comunidades monásticas. El estudio todo que se hacía en los claustros estaba reducido, y debía estarlo, á la ciencia eclesiástica, la única que podía y debía salvar, como efectivamente salvó á la Europa de su total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios debían reservarse para otros tiempos; y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacían á la literatura todo el servicio que podían hacerla. Otros espíritus no obstante se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirían era sólo el medio criminal de granjearse una consideración y una fortuna aún más criminales todavía. Afectando la ciencia de los astros, ó una misteriosa comunicación con el mundo de los espíritus, sabían abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y masónicamente, como un pérfido talismán que ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles é ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados la palanca poderosa con que movían y removían á su placer cuantos obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar.
Á esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas del norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios como los bárbaros de la fría Noruega y las cultas ruinas de la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esa sociedad vamos á trasladar á nuestros lectores.
No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror á desentrañar las costumbres de tan inexplicable época; lejos de nosotros esta idea; también se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros días. El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religión y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la superstición, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo apartado, si no son prendas todas las más adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas; y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacía tan necesarias como deslumbradoras.
El carácter empero más verdaderamente distintivo de la época era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros súbditos; una escala ascendiente y descendiente que constituía á los pecheros vasallos de vasallos y á los reyes señores de señores, era el principal obstáculo que impedía al poder ejercer á la vez su influencia igual y equitativa por toda la extensión de sus dominios; el pechero doblemente súbdito tenía dobles obligaciones (más bien que contraídas, impuestas) para con su dueño inmediato, y para con el señor natural de todos. Por otra parte era de notar el poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperación voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado á mendigar los hombres de armas, que sólo podían proporcionarle para las jornadas los ricos-homes que los sostenían á sus expensas, y por consiguiente á su devoción, y que desigualaban á placer la fuerza recíproca de los partidos con la más leve inclinación de su parte; el señorío absoluto (sino de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la continua reconquista contra Moros les debía el rey y la patria; y la remisión sobre todo de los agravios al duelo particular; al paso que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la nación, que no había especie de ambición ni pasión frenética de que no se dejasen torpemente arrastrar.
Éste era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que pasaba lo que vamos á contar, hacía ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, había subido á ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caída de caballo. Y apenas habían bastado estos trece años para reparar los daños que su menor edad había acarreado á Castilla desvalida.