—¿Pensáis que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas á su tío don Enrique de Villena?...

—No, el prestigio de que goza en la corte es demasiado grande.

—¿Y pensáis que el señor Clemente VII se expondría á perder la amistad y protección de Castilla y Aragón en su lucha con Urbano VI, por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y Tineo?

—Por san Pedro, Ferrus, que tenéis cabeza de cortesano más que de rimador.

—Muchas gracias, señor Fernán. Algunos señores de la corte que me desprecian cuando pasan por delante de mí en el estrado de su alteza, y que me dan una palmadita en la mejilla diciéndome: Á Dios, Ferrus; dinos una gracia, podrían dar testimonio de mi destreza si supieran ellos...

—Entiendo: no estoy en ese caso.

—Yo estimo demasiado el primer escudero de mi amo para confundirle con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende, y cuya insolencia provoca mi venganza.

—¿Y en qué estamos de Hernando y de su comisión? interrumpió Vadillo dándole la mano y apretándosela, como para dar á entender que aquel apretón de manos debía significar más que todas las frases vulgares que en semejantes casos se dicen.

—Ya he dicho que no sé sino que sospecho que el conde quiere ser maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo de Guzmán, y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno; también quiero ser franco, tal puede ser él que no me sea lícito confiarle ni á vos mismo. Pero atended. ¿No ois?

—¿Qué es? repuso el escudero escuchando.