—Es la señal de haber salido la pieza; ¿no ois los ladridos de los sabuesos y la gritería de los monteros?
—En efecto, dijo Vadillo; salgamos, si es que no tenéis miedo también de ver á esta distancia la caza.
—Salgamos.
Pasaba efectivamente como á tiro de ballesta un horrendo jabalí, perseguido de una jauría de valientes canes: ya dos de éstos habían probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas palpitantes: más de un montero, á punto de dar el golpe que hubiera terminado la ansiedad en que á todos los tenía la fiera, se había visto arrebatado fuera del sendero que éste seguía por su caballo espantado. «Por el valle, por el valle se escapa», gritaban los ojeadores; y más de diez cuernos, resonando en medio del silencio de la selva, habían dado aviso á los impacientes cazadores que en el llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer á los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podían percibirse ya á tal distancia y á aquellas horas.
Perdíanse en la lontananza los cazadores, y el ruido también de sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos jinetes galopando á más galopar hacia las tiendas donde se aderezaba el banquete para la noche, que empezaba ya á convidar al descanso con sus frescas auras y sus tinieblas á los fatigados perseguidores de las inocentes reses del soto de Manzanares.
—¿No os dije yo, gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los ojos para reconocer á los caballeros, que la venida de Hernando nos traería novedades de importancia? Mirad hacia la derecha por encima de ese ribazo, allí, ¿no veis? entre aquellos dos árboles, el uno más alto y el otro más pequeño... más acá, seguid la indicación de mi dedo... ahí... ahí...
—Sí, allí vienen dos galopando...
—¿No conocéis el plumero encarnado del más bajo?
—Sí, él es...
—Hernando es el otro.