—¿Qué apostáis á que desde este momento se ha acabado ya la partida de caza?

—Sin embargo, sabéis que veníamos para cuatro días, y no llevamos sino tres.

—En hora buena: pues no vuelva yo á hacer una estancia, ni á probar vino de Toro en la copa de mi señor, si dormimos esta noche aquí... y voto va que si tal supiera diera principio á una pierna de esa ánima en pena, que está purgando en la brasa las corridas inútiles que habrá hecho dar por el bosque á más de cuatro cazadores inexpertos. Y lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas al sitio de donde venían los cabalgantes.

—¿Qué hacéis, Ferrus, ahí distraído? Apartad, apartad, gritó Vadillo sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su grado.

En esto llegaban los jinetes á las tiendas; y mientras que el uno de ellos se adelantaba á apearse y tener de la brida el caballo del otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recién llegado, ganó por la delantera al escudero, y tomando el estribo con una mano, mientras que con la otra descubría su cabeza roja y ensortijada, acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida inclinación de cabeza y una ojeada de amistosa protección que le dispensó el caballero.

—Ya veo, Ferrus, le dijo éste al apearse, que pudieras desempeñar este oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos escuderos de mi casa; y arrojó al descuido una mirada sardónica hacia el negligente Vadillo que, con el capacete en la mano é inclinando el cuerpo, esperaba sin duda á que le dejase algo que hacer el solícito poeta...

—No hay duda, señor, contestó Vadillo apreciando en su justo valor el ligero sarcasmo del caballero, que la costumbre de correr tras el consonante presta á los poetas cierta agilidad de que nunca podrá gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.

—Aunque hijodalgo, dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo oirlo el que era objeto de la consideración y respeto de entrambos; cada uno es hijo de sus obras y las mías pueden ser tan honradas como las del primer escudero de Castilla.

—Paz, señores, paz, dijo el caballero; paz entre las musas y los hijosdalgo; en estos momentos he menester más que nunca de la unión de mis leales servidores. Y quiso repartir un favor á cada uno para equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad. Cubríos, Vadillo; la noche empieza á refrescar y vuestra salud me es harto preciosa para sacrificarla á una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese pliego, y cuando estemos en Madrid me dirás tu opinión acerca de ese incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto ó desdichado para nuestros planes.

Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de satisfacción, echando una mirada de superioridad sobre el desairado escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste, atento á la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyó en el brazo de su escudero y llevando á la izquierda al ambicioso juglar, y detrás á Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda, á cuya entrada quedó éste respetuosamente, esperando las órdenes que no debían tardar mucho en comunicársele.