La tienda en que entraron, inmediata á aquella donde hemos dicho que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada; una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por consiguiente á las circunstancias, ofrecía blando suelo á nuestros interlocutores; cuatro tapices de extraordinaria dimensión decoraban sus paredes ó lienzos con las historias del sacrificio de Abraham, de la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos, del arca de Noé, y de la muerte de Holofernes á manos de la valiente y hermosa Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de expediciones, y varias banquetas de tijera fáciles de plegar, completaban el ajuar de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior y reducida estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aquí y allí, y varios venablos apoyados en los rincones, daban á entender á la primera ojeada el objeto de la expedición que en el campo detenía por aquellos días á su dueño. Una armadura completa que en el lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV, ni aun entonces mismo que se entregaban á los placeres de una época pacífica y ajena de temores de guerra.

—Ferrus, partiremos inmediatamente, dijo el caballero á su confidente.

—¿Sin cenar, señor?

—¡Ferrus!

—Señor, interrumpió el juglar volviendo en sí de la distracción y falta acaso de respeto á que había dado ocasión la mucha familiaridad que su amo le consentía, si tus negocios han menester de mi ayuno, y si mi hambre puede en algo contribuir á su buen éxito, marchemos...

—Naciste para comer, Ferrus: hago mal en creer que tengo un hombre en ti...

—Pero, gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus fuerzas; el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura, y Dios sabe si malhechores ó enemigos tuyos esperarán á que pasemos para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto, añadió acercándosele al oído, como presumo. ¡Qué mal puede haber en que nos pillen reforzados!

—En buen hora, bachiller, deja de hablar. Fernán Pérez, dispondréis que al rayar mañana el día se recoja la batida, y marcharéis á reuniros conmigo lo más pronto que pudiéreis. Ferrus, haz que nos den un breve refrigerio. Seguiré tu consejo.

No oye el reo su indulto con más placer que el que experimentó Ferrus al escuchar la revocación de la cruel sentencia, que á dos largas horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vió cubierta la mesa de un limpio mantel labrado, y un opíparo trozo de exquisito morcón curado al fuego, se presentó ante los ávidos ojos de nuestros tres interlocutores. El hidalgo hizo plato á su señor que no quiso acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar á los dependientes, á quienes tales oficios de su casa estaban cometidos; la situación de su ánimo, devorado al parecer de secretas ideas, y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada de aquéllos en quienes depositaba su confianza, redujo á dos el número de sus servidores en tan crítica situación. Luego que el hidalgo le hubo hecho el plato y Ferrus servídole la copa:—Sentaos, dijo, y cenad, Fernán Pérez, que bien podéis poner la mano en el plato de mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al extremo de la mesa Vadillo, y el favorito permaneció en pie á la derecha de su señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus empero muy bien de esta manera de recibir los trozos de la vianda, á tal de recibirlos; sabía él además que lo que hubiera podido parecer desprecio á los ojos de un observador imparcial, era una distinción cariñosísima que le colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle estas ideas dábase priesa á engullir morcón, sin más interrupción que la que exigieron las dos ó tres libaciones que con rico vino de Toro, entonces muy apreciado, hacía de vez en cuando el taciturno y distraído personaje, cuyo nombre y circunstancias singulares no tardaremos en poner en claro para nuestros lectores.

Acabóse la corta refacción sin hablar palabra de una parte ni de otra; sirviéronse las especias, y púsose aquél en pie.