—¡Tened, señora! ¿no ois la señal del conde? ¿no habéis oído una corneta?
—Imposible; llevan sólo tres días y fueron para cuatro.
—No importa, no he podido equivocarme: no, no me he equivocado; ¿ois las pesadas cadenas del puente?
—¡Cielos! no le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.
—¿Qué decís?
—Sí, llama á mis dueñas.
Acercáronse dos dueñas de las que en la extremidad de la sala bordaban, á la indicación que Elvira les hizo levantándose, y prosiguió la condesa:
—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir dignamente á mi esposo; probablemente nos dará lugar: nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para informarle de su llegada. Jamás me parecerá bastante todo el cuidado que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algún día avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas.
Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo vestido que la cubría otro lujosamente recamado de plata.
—Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz, llegad hasta el alabardero de la cámara del rey y ved de inquirir si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.