Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le acababa de dar.
—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un día antes de lo que esperaba? ¿Acaso habrá amenazado su vida algún riesgo inesperado?
—No lo temas, señora. En el día y en este punto de Castilla ningún miedo puede inspirarnos ni el Moro granadino, ni el Portugués: y por parte de los demás grandes, don Enrique está bien en la actualidad con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algún asunto de Estado podrá reclamar su presencia.
—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de común con esta sorpresa...
—¿Qué motivos... tienes, señora, para presumir?...
—Motivos... ningunos... pero mi corazón me engaña rara vez; y aun si he de creer á sus pensamientos nada bueno me anuncia este suceso.
—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?
—Hanme dicho sólo que venía con un su escudero de Calatrava.
—¿De Calatrava? ¿y no sabes más?...
—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...