—Serás obedecido, dijo el juglar, y salióse dejando á la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperación, y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de extrañar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas solitarias, como la que al parecer de intento la preparaba.

—Ya estamos solos, exclamó don Enrique levantándose. Extrañaréis este paso sin duda, la de Albornoz... Al llegar aquí calló como si no estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados...

—Perdonadme si no os he respondido más pronto, contestó su esposa después de una ligera pausa; creí que ibais á seguir hablando. ¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin, vuestro corazón, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿Habéis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de raíz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada unión?

—¿Desdichada? maldecida, debierais decir, murmuró entre dientes el conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á su afligida mitad.

—Si tal es vuestro intento, continuó sin oírle la de Albornoz, ¿qué tardáis en venir á los brazos de la mujer que más os ama y que no ha amado nunca sino á vos?... Desechad esa dura indiferencia... si algún rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo.

—Perdón... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que le sacó de su letargo... Perdón... vos á mí... ¿Y sabéis antes si os perdono yo á vos?

—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable jamás? ¿En amaros demasiado, en sufriros?... ¡Ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á vuestra consideración.

—No se trata ya de amor.

—¿Se ha tratado con vos alguna vez?

—Lo ignoro; sólo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.