—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María!... ¿Y qué causa podréis alegar para tan indigna conducta?
—¡María! gritó don Enrique.
—Sí, sacad el puñal todo: no os contentéis con apretarle en vuestra mano; aquí tenéis el corazón criminal que os ha querido bien, acabad de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra manera, don Enrique, jamás conseguiréis esa separación; yo quiero antes saber el motivo que os conduce á...
—Ya lo podéis haber conocido; el estudio que ocupa todas las horas de mi vida me impide que me entregue como debiera á la contemplación de una belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas...
—¿Vos pretendéis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma esposa?... ¡Delirios!
—Bien, señora, pues que si no os satisface esa respuesta, os diré solamente: mi voluntad.
—Para ese divorcio que pretendéis, necesitáis de la mía.
—Y ésa es precisamente la que vengo á pediros...
—¿Yo dar mi consentimiento?
—Vos... sí.