—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazón; que de no, con mis propias manos yo os hiciera pagar...
—Teneos, María; y acabemos... Si lo sabéis, y si ya de mucho tiempo habéis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de Salmerón, Alcocer y Valdeolivas que me trajisteis al matrimonio pagarán espléndidamente vuestra dote.
—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé, sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gustéis; pero puesto que queréis guerra, guerra os juro de muerte...
—María, es en vano: desprecio tus baladronadas; mira este pergamino: tu firma hace falta al pie...
—Dejadme... Soltad...
—No os iréis sin firmarle.
—¿Cuál es su contenido?
—Una demanda de divorcio que pedís vos misma...
—¿Yo? soltad.
—No; exclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la enseñaba el pergamino extendido sobre la mesa con la otra, en que relucía su agudo puñal.