—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa huyendo hacia la cámara.

—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida: callad, ó temblad este puñal.

Pero ya era tarde: la condesa había llegado al colmo de su indignación, que estallaba en aquella coyuntura con tanta más fuerza cuanto mayor tiempo había estado comprimida en el fondo de su corazón. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la condesa, y resonaban por los ámbitos del salón; en balde trataba el conde de sujetarla á sus plantas, la condesa, de rodillas conforme había caído al querer huir, hacía inconcebibles esfuerzos para desasirse de aquellos lazos crueles que la detenían.

—¿No firmaréis? repitió cuando la tuvo más sujeta don Enrique: ¿no firmaréis?...

En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos, iba á dar entrada en el salón á Elvira, que asustada acudía á las voces de su señora.

—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacía perder asimismo su posición opresora al conde: sí, firmaré, firmaré; y añadiendo pero de esta manera, y precipitándose sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera evitarlo don Enrique estupefacto, á quien había quitado la acción la inesperada visita de Elvira.

—¿Qué tenéis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira echando una mirada exploradora de desconfianza hacia el conde, que con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, parecía su propia estatua enclavada en medio de su casa.

Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro avergonzado.

Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta expresión sardónica de desprecio y de indignación, y sin proferir una sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus señores había pasado, anduvo varios pasos; escondió su puñal en la vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte. Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared, ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó después de su desaparición la menor señal de fractura, raya ó llave por donde pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.