De actores. Aquí seremos malos de buena fe: seremos actores hablando de actores.
De música. Buscaremos un literato que sepa música, ó un músico que sepa escribir: entre tanto, Fígaro se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estamos iguales.
Modas. En esta sección hablaremos de empréstitos, de intrigas, de favor... en una palabra, lo que corre... á la dernière siempre.
De costumbres. Por supuesto: malas: lo que hay: escribiremos como otros viven sobre el país. Fígaro hablará, bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres.
Anuncios. Queriendo hacer lo más corta posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca.
He aquí el periódico de Fígaro. Ya está concebida la idea. Sin embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir licencia es preciso poder presentar fianzas. Si yo las tuviera no sería yo el que me pusiera á escribir tonterías para divertir á otros, ó tener empleo con sueldo... Pero si tuviera empleo, y jefe, y horas fijas, y once, y expedientes, y la cesantía al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos... ó ser catedrático... pero si fuera catedrático sabría algo, y entonces no servía para periodista...
Está decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto; un testaférreo; un sueldo al testaférreo; seguridades contra seguridades, fianza, depósito, licencia, en fin. He aquí ya á Fígaro con licencia: no esa licencia tan temida, esa licencia fantasma, esa licencia que nos ha de volver al despotismo, esa licencia que está detrás de todo, acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia de imprimirse á sí mismo.
Ya no falta más que imprenta. Corro á una...—Aquí es imposible: no hay letra.—Corro á otra: aquí, le diré á usted francamente, no hay prensas.—Á otra: aquí no queremos periódicos, hay que trabajar de noche. Dios ha hecho la noche para dormir.—Sí, pero no el impresor, contesto furioso.—¿Qué quiere usted? Luego es trabajo en que no se gana: como no hay cajistas en España, piden un sentido, se hacen valer; el público no quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.—¿Conque es imposible imprimir un periódico?—Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen á usted, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras.—Eso ¡pardiez! no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.—Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, le dejarán plantado, y si no se enfada también.
¿Es posible? ¿Conque no hay Fígaro? ¡Oh! ¡Habrá Fígaro, habrá Fígaro! Venceremos las dificultades... ¡Ah! se me olvidaba. ¡Papel! Á una fábrica, á otra, á otra... Éste es chico, éste caro, éste grande, éste moreno, éste con demasiada cola...—Mire usted, como usted le quiere no le hay, me dicen por fin. Es preciso mandarlo hacer.—Pues lo mando hacer: para dentro de ocho días.—Señor, la fábrica está á sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego traerlo... y el ordinario echa quince días ó veinte... y...—¿No hay quien le eche á usted á los infiernos?... grito desesperado. ¡País de obstáculos!
Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va á haber luego... ésta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarle hacer, ni hay que esperar...—Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber Fígaro, sí, señor, por lo mismo ha de haber Fígaro, y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.