Diciendo esto llego á mi casa, me siento á mi bufete para tomar disposiciones.—¿Qué hace usted?, le digo á mi escribiente, de mal humor.—Señor, me responde, estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este monólogo de su tocayo de usted, en el Mariage de Figaro de Beaumarchais, para que sirva de epígrafe á la colección de sus artículos que va usted á publicar.—¿Á ver cómo dice?
«Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta á la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca á algo, pueda imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos ó tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico...».
—Basta, exclamó al llegar aquí mi escribiente, basta; eso se ha escrito para mí; cópielo usted aquí al pie de este artículo: ponga usted la fecha en que eso se escribió...—1784.—Bien. Ahora la fecha de hoy.—22 de enero de 1835.—Y debajo:—Fígaro.
LA POLICÍA
Así como hay en el mundo hombres buenos, también hay cosas buenas: no citaremos nombres propios en la primera clase, por no ofender á la mayoría; pero en la segunda preciso será citar si queremos que nos crean. Cosa buena por ejemplo es la previa censura, y para algunos no sólo buena sino excelente. Que manda usted, y que manda usted mal, dos cosas que pueden ir juntas. ¿Pues no es cosa buena y rebuena que nadie pueda decirle á usted una palabra? Que manda usted, y que no manda usted mal, pero que es usted hombre de calma; y como había usted de mandar algo bueno, no manda usted nada, ni bueno, ni malo. ¿Pues no es un placer verdaderamente que si hay algún escritorzuelo atrevido que sale á decir: «Esto no marcha», salga por otra parte el censor que usted le pone, y le escriba en letra gorda y desigual al pie del folleto: «Esto no puede correr?». Vaya si es cosa buena. Que es usted un sujeto de luces por otra parte, amigo del gobierno, y que tiene usted poco sueldo, ó no tiene usted ninguno, como suele suceder; vaya si es cosa buena que le den á usted 20,000 reales de sueldo, ú opción á los primeros que vaquen, sólo por poner: «Esto no puede correr», que al cabo es decir una verdad como un templo... Cosa buena es y muy buena. Replicáronnos los que viven de disputar que la tal previa censura no es igualmente buena para el que escribió el artículo que no puede correr, ni para el país que de él pudiera sacar provecho; pero en primer lugar, que al sentar nosotros la proposición de que hay cosas buenas, no hemos dicho para quién, y en segundo añadiremos que ése es el destino de las cosas de este mundo, en las cuales no hay una sola buena para todos. Países hay donde se cree que la perfección consiste en que las cosas sean buenas para los más; pero también hay países donde se cree en brujas, y no por eso son las brujas más verdaderas. Dejemos por consiguiente este punto, que entra en el número de los muchos que no son oportunos todavía para nosotros, y convengamos únicamente en que hay cosas buenas.
Sabido esto, pocas hay que se puedan comparar con la policía. Por de pronto su origen está en la naturaleza; la policía se debe al miedo, y el miedo es cosa tan natural, que poco ó mucho no hay quien no tenga alguno; y esto sin contar con los que tienen demasiado, que son los más. Todos tenemos miedo: los cobardes á todo: los valientes á parecer cobardes: en una palabra, el que más hace es el que más lo disimula, y esto no lo digo yo precisamente; antes que yo lo ha dicho Ercilla, en dos versos, por más señas, que si bien pudieran ser mejores, difícilmente podrían ser más ciertos.
El miedo es natural en el prudente,
Y el saberlo vencer es ser valiente.
Preclaro es, pues, el origen de la policía. No nos remontaremos á las edades remotas para encontrar apoyos en favor de la policía. Trabajo inútil fuera, pues ya nos lo dan hecho; un orador ha dicho que en todos los países la ha habido con este ó aquel nombre, y es punto sabido y muy sabido que la había en Roma y en el consulado de Cicerón: no se sabe si con este ó con aquel nombre, no precisamente con su subdelegado al frente y sus celadores al pie; pero ello es que la había, y si la había en Roma, es cosa buena: si á esto se añade que la hay en Portugal, y que el pueblo da á sus individuos el nombre de morcegos, ya no hay más que saber.
Venecia ha sido el estado que ha llevado á más alto grado de esplendor la policía; pues ¿qué otra cosa era el famoso tribunal pesquisidor de aquella república? Á ella se debía la hermosa libertad que se gozaba en la reina del Adriático, y que con colores tan halagüeños nos ha presentado un literato moderno en la escena, y un célebre novelista en su Bravo. La inquisición no era tampoco otra cosa que una policía religiosa; y si era buena la inquisición, no hay para qué disputarlo. Aquí se prueba lo que ha dicho el orador citado, de que siempre ha existido en todos los países con este ó aquel nombre.
Otra prueba de que es cosa buena la policía es su existencia, no sólo en Roma y en Portugal, sino también en Austria; y sobre todo, en la Italia sujeta á aquel imperio, donde es delito á los ojos de la policía haber á las manos un papel francés. Así son los Italianos tan felices, así se hacen lenguas del emperador de Austria. Óigase otro ejemplo. Ahí está la Polonia, que debe su actual felicidad, ¡vaya si es feliz!, á la policía rusa. Que la policía es, pues, una institución liberal, se deduce claramente de su existencia en Austria y en Polonia; y si nos venimos más acá, veremos que en Francia la instaló Bonaparte, uno de los amigos más acérrimos de la libertad; y tanto, que él tomó para sí toda la que pudo coger á los pueblos que sujetó; y á España, por fin, la trajo el célebre conquistador del Trocadero el año 23, y fué lo que nos dió en cambio y permuta de la constitución que se llevó; prueba de que él creía que valía tanto por lo menos la policía como la constitución.