Pues luego, si ha hecho bienes al país, no hay para qué ponerlo en cuestión.

Á la policía debió el desgraciado Miyar su triste fin; y como ha dicho muy bien otro orador, á la policía se debió sin duda alguna aquella inocente treta por la cual se sonsacó de Gibraltar á un célebre patriota para acabarlo en territorio español, con toda nobleza y valentía. Pero ¿á qué más ejemplos?; de cuantos liberales han muerto judicialmente asesinados en los diez años, acaso no habrá habido uno que no haya tenido algo que agradecer á esa brillante institución. Ahora bien, continuador el año 35 y heredero universal, como se ha pretendido, de los diez años, mal pudiera rehusar herencia tan legítima: así hemos visto á nuestra policía recientemente hacer prodigios en punto á conspiraciones.

La policía se divide en política y en urbana. Y es cosa tan buena como otra. Por la primera, supongamos que sabe usted que se habla en un café, en una casa, ó que no se habla, pero que tiene usted un enemigo; ¿quién no tiene un enemigo? Va usted á la policía, y con contar el caso, y con añadir que en la casa tienen pacto con isabelinos, y que detrás del viva de ordenanza está tapada la anarquía, hace usted prender á su enemigo. ¿Pues no es cosa excelente? Luego, para cualquier carrera se necesita saber algo, suponiendo que no haya favor ó parentesco; para médico, por ejemplo, alargar la enfermedad; para abogado, embrollar el asunto; para militar, ir á Vizcaya... para cura, todos sabemos ya lo que se necesita saber, y por ese estilo; pero para ser de policía, basta con no ser sordo, ¡Y es tan fácil no ser sordo! Ahora, si fuera preciso hacerse el sordo, ya era otra cosa: era preciso saber entonces casi tanto como para ser ministro.

Por otra parte decía un ilustre amigo nuestro, que la España se había dividido siempre en dos clases; gentes que prenden á gentes que son prendidas: admitida esta distinción, no se necesita preguntar si es cosa buena la policía.

Acerca de los premios destinados á la delación, y para cuyos gastos será sin duda gran parte de los millones del presupuesto, esto es indispensable: primero, porque uno no ha de delatar de balde, y segundo, porque no se cogen truchas, etc., refrán que pudiéramos convertir en no se cogen anarquistas, etc. En una palabra, ó se ha de prender, ó no se ha de prender: si se ha de prender, es preciso que haya quien delate; y si ha de haber delatores, éstos han de comer, porque tripas llevan pies. Por consiguiente, no sólo es cosa buena la policía, sino también los ocho millones.

En los Estados-Unidos y en Inglaterra no hay esta policía política; pero sabido es en primer lugar el desorden de ideas que reina en aquellos países; allí puede uno tener la opinión que le dé la gana; por otra parte, la libertad mal entendida tiene sus extremos, y nosotros leyendo en el gran libro abierto de las revoluciones, como ha dicho muy bien otro orador, debemos aprender algo en él, y no seguir las mismas huellas de los países demasiado libres, porque vendríamos á parar al mismo estado de prosperidad que aquellas dos naciones. La riqueza vicia al hombre, y la prosperidad le hace orgulloso por más que digan.

La otra policía es urbana. Ésta es todavía más cosa buena que la otra. Entre las ventajas que produce nos contentaremos con los pasaportes, con los cuales va usted adonde quiere y adonde le dejan. Paga usted su peseta, y ya sabe usted que tiene pasaporte. Suponga usted que á imitación de Inglaterra no hubiera pasaportes. En verdad que no se concibe cómo se puede ir de una parte á otra sin pasaporte: si fuera sin caminos, sin canales, sin carruajes, sin posadas, ¡vaya!, ¡pero sin pasaportes! Por el mismo consiguiente saca usted su carta de seguridad, y ya está usted seguro de haberse gastado dos reales; pero en cambio hay otro que desde que usted los tiene de menos los tiene de más. De modo, que para éste, sobre todo la carta de seguridad es cosa buena, tan buena por el pronto como dos reales. Hay cosas mejores, es verdad, pero siempre es cosa buena.

Probada, pues, hasta la evidencia la bondad de la policía, ¿cómo pudiéramos no agregarnos al voto de los 50 señores Procuradores que han perdido la última votación? Poco vale por cierto nuestra opinión; no somos desgraciadamente ni procuradores ni inviolables, pero en cambio tendremos policía por lo menos; pagaremos en compañía de nuestros compatriotas ocho millones para que nos averigüen nuestras conversaciones, nuestros pensamientos, nuestros... y si algún día la policía nos prende, como es probable, por anarquistas, exclamaremos con justo entusiasmo: «¡Buena cárcel nos mamamos! ¡Pero buen dinero nos cuesta!»

POR AHORA

En nuestro último artículo, en que defendíamos la policía, dejamos ligeramente apuntado que hay cosas buenas en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que una de ellas es la policía. Como no nos pasa por la imaginación que uno solo de nuestros lectores se haya resistido á nuestras razones, tratamos de probar hoy otra verdad más indisputable todavía, á saber: que sentado el principio de que hay cosas buenas, hay palabras que parecen cosas, es decir, que hay palabras buenas.