Á primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto que sirven todas para hablar, ó sea para gastar conversación, que es el fin que parecemos proponernos; esto es un error sin embargo, y error grave. Palabras hay malas, profundamente malas por sí mismas, y sin necesidad de accesorios, que forman por sí solas oración y sentido, por más que suelan ellas no tener sentido común. Palabras que valen más que un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye por ejemplo la palabra conspiración, cree estar viendo un drama entero, y aunque no sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra libertad, sólo ella, solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la palabra imprenta, ¿no cree ver detrás la censura, el imposible vencido, la cuadratura del círculo, la gran quisicosa? ¿No hay quien ve en ella el abismo, la anarquía, aquel qué sé yo, que nadie sabe explicar ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas mágicas: el mundo todo pasa al través de ellas. Una vez encendidas todo se ve dentro.

Estas palabras que encierran por sí solas una significación entera y determinada son malas generalmente: las buenas son aquéllas que no dicen nada por sí, como por ejemplo: prosperidad, ilustración, justicia, regeneración, siglo, luces, responsabilidad, marchar, progreso, reforma, etc., etc. Éstas no tienen un sentido fijo y decisivo: hay quien las entiende de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las entiende de ninguno. Éstas son buenas, porque, blandas como cera, adáptanse á todas las figuras: éstas son, en fin, el alimento de toda conversación. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay cosa que no se pueda probar, no hay pueblo á quien no se pueda convencer. Éstas son las palabras que parecen cosas.

Ahora bien, cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se llegan á encontrar en el camino una de otra, únense al momento y se combinan por una rara afinidad filológica; y entonces no toman por eso mayor sentido; todo lo contrario, juntas suelen querer decir menos todavía que separadas: entonces estas palabras buenas suelen convertirse en lo que vulgarmente llamamos buenas palabras.

He aquí las reflexiones que teníamos presentes al sentar en el papel el titulillo de este artículo. Nadie nos negará que la palabra por quiere decir poco cuando va sola; pues de la palabra ahora, no decimos nada. He aquí, pues, dos palabras excelentes, y combínense como se combinen. Júntese el por con el que, y resultará el porqué. Siempre se ha dicho que el porqué de las cosas es inaveriguable; por consiguiente no quiere decir nada. Póngase el ahora en oración, y digamos, por ejemplo: «¿Qué hay ahora? ¿Qué se hace ahora?» Nada. Ambas son, pues, palabras nulas, y buenas por consiguiente. Combínense ahora juntas y digamos: por ahora, y se verá el efecto peregrino de la suma de todas las nulidades.

Pocas palabras hay tan buenas, tan útiles en el día, tan en boga; pocas palabras buenas que puedan tan fácilmente convertirse en buenas palabras. ¿Á qué nos contesta usted con el por ahora? Es la espada de Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que templa todos los dolores. Buena jornada habíamos echado, si no pudiéramos contestar á todo: Por ahora.

¿Cuánto no suaviza esta frase toda mala contestación? Por mejor decir, no hay con ella mala contestación posible, y todo aquél que sepa lo que es una repulsa seca, sabrá apreciar cuánto valen las buenas palabras. Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza. Ejemplo. No, quiere decir que no. Pero si en vez de decir no, dice usted por ahora no, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran cosa. ¿Y qué cuesta decir dos palabras más?

Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, ¿cómo pudieran no usarlas continuamente?

Lluevan sobre ellos en buen hora demandas y peticiones, renuévese la tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y periódicos por la libertad de imprenta; no le responderán á usted con un no seco, sino que por ahora no conviene. Pida usted más garantías; abogue usted por una verdadera seguridad individual; porque tal ó cual estado es absurdo. Lo vemos, responderán, y lo que es más con dolor; empero por ahora no es oportuno. Para que un pueblo esté bien gobernado, para que sea feliz, es preciso que se difunda la ilustración; para que un pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y esté bastantemente ilustrado... véase si no Grecia y Roma; aquéllos eran pueblos libres... ¡pero lo que se sabía allí!, ¡qué pueblos tan ilustrados! ¿Qué tiene que ver la España del siglo XIX con la Grecia de Licurgo y la Roma de Numa?

Venga usted á decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es por ahora no más. Deje usted que llegue aquel día raro, aquel día particular, que ha de ser el decisivo; el día, en fin, de la oportunidad, el día que nos convenga pasarlo bien, que ese día será otra cosa.

Que hay confusión de poderes, de palabras y de cosas; que no nos entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo paso; pero eso es por ahora. Todavía no conviene que nos entendamos. Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qué, ¿no hay más que entenderse cualquier día del año, cualquier año del siglo?