¿Y quién es el encargado, preguntarán ustedes, de conocer el momento?, ¿quién es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cuándo nos conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra, felices?, ¿dónde está la línea divisoria entre la inoportunidad y la oportunidad?, ¿quién es el ilustrado encargado de medir nuestra ilustración?
Por ahora, amigo lector, no se columbra todavía á ese sabio: responderemos: ni nosotros hemos hecho ánimo de responder por ahora á todas las preguntas, ni nos dejarán responder tampoco por ahora; aunque quisiéramos. Limitándonos por ahora á probar que como hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y palabras buenas que nos dan por buenas palabras. Que las voces por ahora son las primeras de ese género, y si bien se mira, bastante hemos dicho por ahora.
LITERATURA
POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO
Los hombres son raros en verdad. De cuatro veces tres no se entienden unos á otros; y de tres cuatro no se entienden á sí mismos. Diría uno oyendo ese prolongado clamor que pide libertad de imprenta diariamente: «Éste es el país de la imprenta, de los libros... de los periódicos...». Solemne chasco se llevaría quien tales consecuencias dedujese. Es preciso entendernos: ese clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por un pueblo víctima, que hace el último esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil, en el segundo el paladión de los conocimientos humanos. Desgraciadamente, si se contempla despacio el cuadro de nuestra ilustración científica, literaria y artística, esta ansia de libertad de imprenta no se puede achacar á la cooperación de ambos principios reunidos, cooperación que sería la perfección; no. Es preciso contentarse con reconocerle la primera causa por origen; y esto pinta bastante nuestra situación. Pedimos libertad de imprenta, no para lucirnos, sino para quejarnos, como anda buscando la voz para gritar el que abrumado por una horrible y miedosa pesadilla, tiene embargada el habla por el sueño. Busquemos en España desgraciados y oprimidos, ¿pero literatos?
Á estas tristes reflexiones da lugar cada publicación original que levanta la cabeza de cuando en cuando, mostrándose, como á hurtadillas, entre nosotros. Es la voz que resuena en el desierto: ni un eco hay que responda, ni un oído que la albergue, ni un pueblo que la escuche. Montes de arena, hoy aquí, mañana allí: y un huracán violento. Nada más.
Si bien luce algún ingenio todavía de cuando en cuando, nuestra literatura sin embargo no es más que un gran brasero apagado, entre cuyas cenizas brilla aún pálida y oscilante tal cual chispa rezagada. Nuestro siglo de oro ha pasado ya, y nuestro siglo XIX no ha llegado todavía.
En poesía estamos aún á la altura de los arroyuelos murmuradores, de la tórtola triste, de la palomita de Filis, de Batilo y Menalcas, de las delicias de la vida pastoril, del caramillo y del recental, de la leche y de la miel, y otras fantasmagorías por este estilo. En nuestra poesía á lo menos no se hallará malicia; todo es pura inocencia. Ningún rumbo nuevo, ningún resorte no usado. Convengamos en que el poeta del año 35, encenagado en esta sociedad envejecida, amalgama de oropeles y de costumbres perdidas; presa él mismo de pasioncillas endebles, saliendo de la fonda ó del billar, de la ópera ó del sarao, y á la vuelta de esto empeñado en oir desde su bufete el cefirillo suave que juega enamorado y malicioso por entre las hebras de oro ó de ébano de Filis, y pintando á la Gesner la deliciosa vida del otero (invadido por los facciosos), es un ser ridículamente hipócrita, ó furiosamente atrasado. ¿Qué significa escribir cosas que no cree ni el que las escribe, ni el que las lee?
Empero no quisiéramos que se interpretara en mal del libro que analizamos esta serie de reflexiones generales, que tienden sólo á probar, no el atraso particular de tal ó cual poeta, sino el general atraso de nuestra poesía. Mal pudiéramos por otra parte acriminar á nadie de seguir demasiado estrictamente el camino más trillado; no todos tienen espíritu suficiente para sacudir las cadenas de la rutina; ni la antigua escuela que nos abruma aún por todas partes con su acompasada monotonía nos permite otra cosa. Antes de inventar nos es forzoso olvidar, y ésta es una doble tarea de que no son todos capaces; acaso cuando le ocurre á cada cual olvidar, es tarde ya para él. Todo va despacio entre nosotros, ¿por qué ha de ir de prisa sólo la poesía?
Colocándonos, pues, en la época á que corresponden estas poesías, examinemos el libro en venta, no ya comparando á nuestro autor con lord Byron ó Lamartine, puesto que su género es tan distinto que difícilmente se le pudieran hallar puntos de contacto.
El tomo del señor Alonso se compone de odas, según la antigua clasificación, y bajo este rótulo se encierran verdaderos discursos, más ó menos filosóficos, elegíacos ó pindáricos, en que el poeta desarrolla buena porción de dotes aventajadísimas: consta el volumen además de romances, de sonetos, de letrillas, anacreónticas y canciones.