La colección del señor Alonso comienza con una oda titulada: Que la instrucción es la mejor y la más durable de las riquezas. Sin convenir de ninguna manera en este principio, encontramos en la tal composición buen juicio, y esa misma instrucción que el autor llama riqueza, y que nosotros, menos poetas sin duda, llamaremos sólo instrucción á secas.
La oda elegíaca que sigue está salpicada de poesía por todas partes: es á la muerte de una joven hermosa recién casada. Imágenes atrevidas, símiles felicísimos, sentimiento alguna vez. Después de haber dicho que
Cintia á su Delio mira
Y entre sus brazos sonriendo espira.
añade el poeta Alonso:
Así en oscuro templo,
Donde el silencio sepulcral domina,
La agonizante lámpara vislumbra
Sus moribundos trémulos reflejos,
Mientras su luz se ahuyenta
En desiguales partes soñolienta;
Y al consumir oculta
Entre las sombras de la negra noche,
Último resto del fulgor dudoso,
El tibio germen de su triste vida,
Fugaz vigor adquiere
Y súbita creciendo alumbra y muere.
Quítensele á esas estrofas algún adjetivo inútil, y cierta oscuridad que resulta de la violenta colocación del tercer verso de la segunda, y es un rasgo de primer orden.
Como imitación de san Juan de la Cruz, la oda á la profesión religiosa de la señorita madrileña tiene todo el mérito de hallarse bien tomado el tono de esta clase de composiciones: hay unción, hay aquel dialecto figurado y simbólico que han usado todos los poetas de este género.
Dice el poeta á la muerte de una niña:
Impune hiere el bárbaro asesino,
Y tranquilo se goza en sangre humana
Retiñendo el puñal de muerte lleno;
Y asesinando vive
Alumbrándole el sol, que alumbra al bueno.