Esta estrofa parece de Cienfuegos; su mismo atrevimiento, su novedad, su amargura misma.

Parécenos sin embargo que el género filosófico no es el sol de Austerlitz para el señor de Alonso: le comparáramos de buena gana en esta circunstancia con Meléndez, de quien las odas y los discursos, salvo alguna excepción como el de las artes y las estrellas, no son lo que le da inmortalidad.

El género del señor Alonso es el género mismo de Meléndez, el bucólico; tiene composiciones enteras dignas de Batilo, sabe revestirse perfectamente del candor pastoril, de aquel dialecto juguetón, de aquel tono que huele á tomillo, según la feliz expresión de un académico, que también hay académicos felices en ocurrencias.

Iremos á la fuente
Y allí la sed fogosa apagaremos
En su fresca corriente,
Y el bien que nos debemos
Sin miedo y sin testigos gozaremos.

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¿Á qué envidiar cortadas
Las frutas en los cestos cortesanos,
Si aquí penden colgadas
En árboles galanos
Que desde el suelo alcanzarán las manos?

He aquí al poeta en su terreno. Cuando se entrega á su verdadera inspiración, nada huelga en él, nada le falta. Ya no hay aquella dureza, aquella confusión de epítetos superabundantes, aquella especie de oscuridad, aquella afectada profundidad, aquel lujo pampanoso de poesía y de ruido que se advierte en sus primeras composiciones. Las dos estrofas citadas son un modelo; es difícil hacer nada más acabado que la segunda, felicísima imitación de Virgilio.

¿Cómo no citar aquí, cual la reina del tomo, la composición á la vida feliz, desempeñada en primorosas quintillas? Es de lo mejor que hay escrito en castellano, y en cualquiera lengua. ¡Qué sencillez tan elocuente!, ¡qué giros tan castizos, tan elegantes!, ¡qué verdad, qué pureza, qué encanto singular! Júzguela el lector por sí mismo, y una vez leído ese lindo rasgo de poesía, le aconsejamos que, en lugar de pasar á leer ninguna otra composición, la vuelva á leer segunda vez, y no salga de ella jamás.

Como modelo de facilidad en la versificación, las Quejas del Moro es romance inimitable; y en punto á romances, aunque son buenos el retrato de Rosana, el del cumpleaños de la señora doña María de los Dolores Armijo de Cambronero, el de Anfriso á Dalmiro, campea sobre todos el de el Consejo. Es todo un romance y todo un consejo. ¡Qué pura intención!, ¡qué verdad!, ¡qué noble indignación contra el seductor Fabio!, ¡qué interés tan noble por la inocente Elisa!, ¡cómo corre la pluma en él!, ¡cómo se desahoga la vena del poeta!

Fácilmente conocerá el lector que ya puestos á citar, citaríamos de buen talante infinitas bellezas más por ese mismo estilo que brillan en la colección; con tanto más placer, cuanto que amigos del poeta, quisiéramos no vernos obligados á poner al lado del elogio conquistado la merecida crítica. Pero conocemos demasiado al señor Alonso y sus severos principios de virtud, para ofenderle con una parcialidad indigna del escritor público. Al notar los defectos de su obra, como lo hemos hecho, repetiremos su axioma: Amicus Plato, sed magis amica veritas.