En resumen, el señor de Alonso tiene en general el mérito de ser original, y en estos tiempos no es poco. No se puede comparar con Rioja, con Herrera, con Garcilaso; no es precisamente Meléndez, ni Cienfuegos; no es Quintana; no es... es un poeta sui generis; el señor Alonso es Alonso. Es superior, como hemos dicho, en el género bucólico. Su versificación es en general buena, casi siempre armoniosa. No es muy correcto, y esto no porque le creamos incapaz de corrección; pero ha hecho mal en no pulirse más, como él mismo dice en su prólogo, por falta de humor y de paciencia. Hubiera podido expurgar algún tanto sus poesías, suprimir alguna composición, y acortar muchas. Poeta franco y libre, suelta la rienda á su inspiración y escribe demasiado. El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Esa superabundancia de vena suele dañar al efecto, desliendo demasiado ideas que, ligeramente apuntadas, resaltarían doble; porque en las artes de imaginación suele querer decir de más lo que se dice de menos. Manifiesta instrucción y filosofía, si no abusara á veces de la primera, y si no afectase demasiado la segunda. Conoce su lengua, y aun creemos que pueda deber al cultivo de la poesía esas disposiciones oratorias que hemos oído elogiar en él aplicadas al foro.
Damos el parabién al señor Alonso por los laureles que acumula sobre su cabeza con la publicación de sus poesías, y nos le damos á nosotros mismos por haber tenido ocasión de hacer pública justicia al mérito del señor Alonso.
CARTA DE FÍGARO
Á SU ANTIGUO CORRESPONSAL
Ya se ve que te escribo poco, amigo mío; pero ¿qué quieres? me he propuesto no escribirte sino cuando suceda por acá alguna cosa buena, cuando haya alguna buena noticia, ó cuando las novedades que ocurran sean tan grandes que valgan la pena de escribir sobre ellas cuatro párrafos de sustancia y de gusto. Cosa buena no ocurre, ni viene buena noticia de ninguna parte; y por lo que hace á novedades, todas las de por acá son viejas. Á mí se me figura siempre que he visto ya en otra parte todas nuestras novedades; y debe de consistir en que las unas son plagios, las otras imitaciones, y las demás repeticiones de nosotros mismos. Siempre vamos por el mismo camino, y, lo que es peor, al mismo paraje. Hay sin embargo quien asegura que esta vez no vamos por ningún camino, ni á ninguna parte; si esto fuese cierto, ya sería el caso muy diferente.
Me preguntas ¿qué era eso que andábamos buscando aquí y que no se encontraba? Por esas señas apenas sé lo que me quieres decir. Todo... Me he figurado, al fin, si me querrías hablar del ministerio. Pero si era eso, ¿á qué tanto misterio? Ya no estamos en tiempo de Calomarde; ahora se puede hablar claro y sin rodeos todo lo que se piensa, cuando se piensa. Aquí se habla mal de muchos ministros, y se los nombra y todo: á nadie han preso todavía por eso, lo cual es muy de alabar, y prueba por lo menos que no se quieren cometer injusticias.
En punto á ministerio te diré que es cierto que hemos andado buscando ministros. Tú sabes el cuento de Diógenes y la linterna. Poco más ó menos se ha hecho aquí buscando un hombre. Parece que no es nada el ser ministro. Pues es algo. Antes, ¡vaya! Pero ahora con esto de que el ministro ha de saber hablar, y se ha de vestir limpio, y qué sé yo cuántas cosas... Sucede que no se atreven á quitar un ministro, porque, amigo, ¿dónde van por otro? Hombres para ministros no nacen todos los días; y si nacieran, como decía muy bien el señor presidente del consejo de ministros en una lindísima elegía,
Sólo al tocarlos yo se marchitarán,
porque ésa es la suerte de todas las cosas de nuestro país. Pero por fin el hombre ya parece que se ha encontrado, y está provisto el ministerio de la guerra.
Hace un año, poco más, decía el gobierno (que entonces era Cea) que para acabar con don Carlos no se necesitaban liberales ni innovaciones. Pasó el tiempo, y fué preciso echar mano de liberales y de innovaciones, lo menos que se pudo, es verdad; pero al fin fué preciso. Que tuvimos ya nuestro poco de liberales, y nuestro poquito de innovación; siguieron los que entraron con el mismo cantar: «Nosotros lo acabaremos, dijeron; pero ni hace falta Mina, ni...». Pues hizo falta Mina, hizo falta Valdés... Y hará falta todo.
Pues un espejo de lo que ha sucedido en guerra ha sido gracia y justicia. De renuncia en renuncia vinimos á parar en fin al señor Dehesa. Yo no le conocía, ni tú tampoco; pero eso no prueba nada. Me dirás á eso que tú no has dicho que pruebe algo; entonces estamos de acuerdo. En interior ha sido otra cosa; allí no costó nada el hacer la mudanza, si se exceptúa lo que costó decidirse á ella, y han puesto al señor Medrano. Con respecto á sus doctrinas, bien conocidas son; no hay sino coger los periódicos y echarse á adivinar en las sesiones que dan los taquígrafos lo que deben haber dicho los oradores, y por ahí te pones al corriente en un momento.