He aquí nuestra desgracia; siguiendo el camino que nos señala nuestra nueva metafísica, estamos, por ahora, en las regiones árticas del pensamiento. Lo probaré.

El hombre-gas, llegado á adquirir la competente dilatación, se alza por sí solo donde quiera que está, y se sobrepone á ocupar el puesto que le corresponde en la escala de los cuerpos; llega hasta la altura que su intensidad le permite, y se detiene en ella; no hay obstáculos para él, porque si pudiera haberlos, rompería, como el vapor, la caldera, y escaparía. Ponedle en una aldea; él vencerá la distancia y llegará á la capital; tirará el arado; pondrá un pie en el hombre-sólido, otro en el líquido, y una vez arriba: «Yo mando, exclamará, no obedezco». Tales son las leyes de la naturaleza. Una vez comprendido este principio general de física, mis lectores conocerán al hombre-gas á primera vista. Su frente es altiva, sus ojos de águila, su fuerza irresistible, su movimiento el del tapón de una botella de Champagne. Pero para dar al gas una forma no hay más medio que el de encerrarle en un continente que la tenga. Nada, pues, más natural que el que demos á esta especie el nombre de hombre-globo: sólo así podemos hacerle perceptible á nuestros sentidos.

De todos nuestros lectores es conocida la historia de los globos desde las primeras mongolfieras hasta el último experimento de la dirección, emprendido y malogrado últimamente en París: todos saben que hay gases de gases, y que los hay específicamente más ligeros que otros; pero no todos se habrán parado á considerar detenidamente hasta qué punto podemos vanagloriarnos en nuestro país de la perfección de los gases que artificialmente necesitamos producir para nuestras ascensiones. Yo creo que nuestra vanidad no debe hacernos perder la cabeza, si queremos reparar en su equívoca calidad.

Es claro que en tiempos pasados la atmósfera en que podía elevarse el hombre-globo entre nosotros, era sumamente limitada: los que más se habían podido separar del suelo habían hecho consistir todo su esfuerzo en llegar á los escalones del trono, y si un hombre-globo llegaba á ser entonces ministro, había hecho toda la ascensión que se podía de él esperar: uno solo conocieron nuestros físicos más experimentados que consiguió remontarse en aquella época hasta las más altas cornisas del coronamiento del real palacio; pero sea por falta de dirección una vez en el aire, sea por haber calculado mal la intensidad de su gas, una ráfaga violenta bastó para romper el globo, y el aire se lo llevó hasta caer todo agujereado á orillas del Tíber, donde yace todavía mal parado: culpa acaso también de no haber hecho uso de para-caídas, aunque, como dice muy bien don Simplicio de Bobadilla, para-caídas no hay como un globo roto.

Pero cuando posteriormente se han visto en todos los países elevarse muchos á alturas desmesuradas y mantenerse más ó menos tiempo en ellas, no se concibe nuestra casi total ausencia de hombres-globos que se elevan verdaderamente, sino atribuyéndolo á desgracia del país mismo. Los Estados-Unidos tuvieron un hombre-globo que subió cuanto pudo, y manejando diestramente su válvula, descendió como y cuando le plugo; de Francia hicieron mil su ascensión, que están todavía en altura, haciendo la admiración de los espectadores; la Suecia mira uno en su pináculo todavía; y si el mayor de todos fué á parar hasta Santa Elena, es preciso confesar que hay descensos gloriosos, como retiradas honrosas.

Ahora bien, observamos al hombre-globo en nuestro país. El año 8 empezaron á quererse henchir multitud de mongolfieras; pero estábamos indudablemente al principio de la invención, y no debieron de tener gas mejor que el humo de paja, porque los unos dieron al traste con su globo en el estrecho, los otros quisieron sostenerse en tierra firme; pero han ido poco á poco deshinchándose, y una ráfaga ha acabado con unos, otra con otros.

El año 20 quisieron repetir el experimento; pero por lo visto no habían aprendido nada nuevo: no contaron nuestros hombres-globos con el aire del norte, que los envolvió, pegó fuego á unos que cayeron miserablemente donde pudieron, y arrebató á otros á caer de golpe y porrazo en países remotos y extranjeros. Raro fué el que cayó suavemente. Pero adelanto positivo para la ciencia no hubo ninguno.

He aquí sin embargo á nuestros hombres-globos probando de nuevo otra ascensión; pero escarmentados ya nuestros antiguos y derretidos Ícaros, tienen miedo hasta al gas que los ha de levantar: y en una palabra, nosotros no vemos que suban más alto que subió Rozzo. Para nosotros todos son Rozzos.

Vean ustedes sin embargo al hombre-globo con todos sus caracteres. ¡Qué ruido antes! «¡La ascensión! Va á subir. ¡Ahora, ahora sí va á subir!» Gran fama, gran prestigio. Se les arma el globo; se les confía: ved cómo se hinchan. ¿Quién dudará de su suficiencia? Pero como casi todos nuestros globos, mientras están abajo entre nosotros asombra su grandeza, y su aparato y su fama. Pero conforme se van elevando, se les va viendo más pequeños; á la altura apenas de Palacio, que no es grande altura, ya se les ve tamaños como avellanas, ya el hombre-globo no es nada: un poco de humo, una gran tela, pero vacía, y por supuesto, en llegando arriba, no hay dirección. ¡Es posible que nadie descubra el modo de dar dirección á este globo!

Entre tanto el hombre-globo hace unos cuantos esfuerzos en el aire, un viento le lleva aquí, otro allá, descarga lastre... ¡inútiles afanes!, al fin viene al suelo: sólo observo que están ya más duchos en el uso del para-caídas: todos caen blandamente, y no lejos: los que más se apartan van á caer al Buen-Retiro.