Pero, señor, me dirán, ¿y ha de ser siempre esto así? ¿No les basta á esos hombres de experiencias? ¿Serán ellos los últimos que se desengañen de sí mismos?
He ahí una respuesta que yo no sabré dar. Yo no veo la ciencia desesperada, creo que acaso habrá por ahí escondidos otros hombres-globos; pero si los hay, ¿por qué no obedecen á las leyes de la naturaleza? Si su gas tiene más intensidad, ¿cómo no se elevan por sí solos, cómo no se sobreponen á los otros?
Esta investigación me conduciría muy lejos. Mi objeto no ha sido más que pintar el hombre-globo de nuestro país: un artículo de física no puede ser largo: si fuera de política sería otra cosa. Haré mi última deducción, y concluiré: los Rozzos, que hasta ahora han hecho pinitos á nuestra vista, parece que ya se han elevado cuanto elevarse pueden. ¡Otros al puesto, experimentos nuevos! Si por el camino trillado nada se ha hecho, camino nuevo.
Esto la razón sola lo indica. Si hay un hombre-globo, que salga, y le daremos las gracias; mas cuenta con engañarse en sus fuerzas: recuerde que primero hay que subir, y luego hay que dar dirección; y como dice Quevedo, «ascender á rodar es desatino; y el que desciende de la cumbre, ataja», observe que puede sucederle lo que á los demás, que conforme se vaya elevando se vaya viendo más pequeño. Si no le hay, lastimoso es decirlo, pero aparejemos el para-caídas.
LA ALABANZA
ó
QUE ME PROHÍBAN ÉSTE
Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir después con varios fines. Ó se escribe para sí, ó se escribe para otros. Descifremos bien esto. Lo que se escribe en un libro de memorias se escribe evidentemente para sí. De modo que un souvenir es un monólogo escrito. No diré precisamente que sea necio el decirse uno las cosas á sí mismo, porque al cabo, ¿dónde habían de encontrar ciertos hombres un auditorio indulgente si no hablasen consigo mismos? Lo que diré es que yo nací con buena memoria. ¡Ojalá fuera mentira! Y tengo reparado que las cosas que una vez me interesan, tarde ó jamás se me olvidan; por lo tanto nunca las apunté; y las que no me interesaron siempre juzgué que no valían la pena de apuntarlas. Por otra parte, de diez cosas que en la vida suceden las nueve son malas, sin que esto sea decir que la otra sea enteramente buena. Razón de más para no apuntar. ¡Cuánto más filosófico y más consolador sería sustituir al souvenir otro repertorio de anotaciones llamado olvido! Cosas que debo olvidar, pondría uno encima: figúrese el lector si el tal librico necesitaría hojas, y si podría uno estar ocioso un solo instante, una vez comprometido á llenar sus páginas de buena fe. Siempre he abundado en la idea de que se hacen generalmente las cosas al revés: el souvenir es una idea inversa; en este sentido nunca he escrito para mí.
Continuemos echando una ojeada sobre los que escriben para sí.
El que escribe un memorial escribe sin duda para sí. Generalmente nadie lee los memoriales, sino el que los escribe, que es el único á quien importan; la prueba de esto es que cuando el empleo se ha de dar, ya está dado antes de hacer el memorial; y cuando hay que hacer el memorial, es señal de que no hay que contar con el empleo. Apelo á los señores que están colocados y á los que se han de colocar. Es, pues, más necio escribir un memorial, que un souvenir. En este sentido tampoco he escrito nunca para mí.
El que escribe un informe, un consejo, un parecer, escribe para sí; la prueba es que generalmente siempre se pide el consejo después de tomada la determinación, y que cuando el informe no gusta se desecha.
El que escribe á una querida escribe para sí, por varias razones; por lo regular rara vez se encuentran dos amantes en igual grado de pasión; por consiguiente el calor del uno es griego para el otro, y vice versa. Además, desde el momento en que dejamos de querer á nuestra amada, dejamos de escribirla. Prueba de que no escribíamos para ella.