Pero nos apartamos demasiado de nuestro objeto: volvamos á él: este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevada á cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer resuena por las calles del gran pueblo, y que uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente por estribillo á un trozo de poesía romántica.
Para hacer bien por el alma
Del que van á ajusticiar.
Ese grito, precedido por la lúgubre campanilla, tan inmediata y constantemente como sigue la llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que implora la piedad religiosa en favor de una parte del ser que va á morir, se confunde en los aires con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible á sus oídos el último grito que ha de oir de la coliflorera que pasa atronando las calles á su lado.
Leída y notificada al reo la sentencia, y la última venganza que toma de él la sociedad entera, en lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado á la capilla, en donde la religión se apodera de él como de una presa ya segura: la justicia divina espera allí á recibirle de manos de la humana. Horas mortales transcurren allí para él: gran consuelo debe de ser el creer en un Dios, cuando es preciso prescindir de los hombres, ó, por mejor decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad sin embargo se abre paso al través del corazón en tan terrible momento, y es raro el reo que pasada la primera impresión, en que una palidez mortal manifiesta que la sangre quiere huir y refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera á él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad al exigir valor y serenidad en el reo de muerte con sus constantes preocupaciones se hace justicia á sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes.
En tan críticos instantes, sin embargo, rara vez desmiente cada cual su vida entera y su educación; cada cual obedece á sus preocupaciones hasta en el momento de ir á desnudarse de ellas para siempre. El hombre abyecto, sin educación, sin principios, que ha sucumbido siempre ciegamente á su instinto, á su necesidad, que robó y mató maquinalmente, muere maquinalmente. Oyó un eco sordo de religión en sus primeros años, y este eco sordo, que no comprende, resuena en la capilla, en sus oídos, y pasa maquinalmente á sus labios. Falto de lo que se llama en el mundo honor, no hace esfuerzo para disimular su temor, y muere muerto. El hombre verdaderamente religioso vuelve sinceramente su corazón á Dios, y éste es todo lo menos infeliz que puede el que lo es por última vez. El hombre educado á medias, que ensordeció á la voz del deber y de la religión, pero en quien estos gérmenes existen, vuelve de la continua afectación de despreocupado en que vivió, y duda entonces y tiembla. Los que el mundo llama impíos y ateos, los que se han formado una religión acomodaticia, ó las han desechado todas para siempre, no deben ver nada al dejar el mundo. Por último, el entusiasmo político hace veces casi siempre de valor: y en esos reos, en quienes una opinión es la preocupación dominante, se han visto las muertes más serenas.
Llegada la hora fatal entonan todos los presos de la cárcel, compañeros de destino del sentenciado, y sus sucesores acaso, una salve en un compás monótono, y que contrasta singularmente con las jácaras y coplas populares, inmorales é irreligiosas, que momentos antes componían juntamente con las preces de la religión el ruido de los patios y calabozos del espantoso edificio. El que hoy canta esa salve se la oirá cantar mañana.
En seguida, la cofradía vulgarmente dicha de la Paz y Caridad recibe al reo, que vestido de una túnica y un bonete amarillos, es trasladado atado de pies y manos sobre un animal, que sin duda por ser el más útil y paciente, es el más despreciado, y la marcha fúnebre comienza.
Un pueblo entero obstruye ya las calles del tránsito. Las ventanas y balcones están coronados de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan, y se agrupan para devorar con la vista el último dolor del hombre.—¿Qué espera esa multitud? diría un extranjero que desconociese las costumbres. ¿Es un rey el que va á pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para un pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?—Nada de eso. Ese pueblo de hombres va á ver morir á un hombre.—¿Dónde va?—¿Quién es?—¡Pobrecillo!—Merecido lo tiene.—¡Ay! si va muerto ya.—¿Va sereno?—¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen resonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida: el terror que la situación del momento imprime en los ánimos causa la mitad del desorden: la otra mitad es obra de la tropa que va á poner orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumento de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.
No sé por qué al llegar siempre á la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, de indignación y de desprecio. No quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho que puede tener la sociedad de mutilarse á sí propia: siempre resultaría ser el derecho de la fuerza, y mientras no haya otro mejor en el mundo, ¿qué loco se atrevería á rebatir ése? Pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela; en la que manchará todavía. ¡Un ser que como el hombre no puede vivir sin matar, tiene la osadía, la incomprensible vanidad de presumirse perfecto!