Un tablado se levanta en un lado de la plazuela: la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces.
Mientras estas reflexiones han vagado por mi imaginación, el reo ha llegado al patíbulo: en el día no son ya tres palos de que pende la vida del hombre; es un palo solo: esta diferencia esencial de la horca al garrote me recordaba la fábula de los Carneros de Casti, á quienes su amo proponía, no si debían morir, sino si debían morir cocidos ó asados. Sonreíame todavía de este pequeño recuerdo, cuando las cabezas de todos, vueltas al lugar de la escena, me pusieron delante que había llegado el momento de la catástrofe: el que sólo había robado acaso á la sociedad, iba á ser muerto por ella: la sociedad también da ciento por uno: si había hecho mal matando á otro, la sociedad iba á hacer bien matándole á él. Un mal se iba á remediar con dos. El reo se sentó por fin. ¡Horrible asiento! Miré el reloj: las doce y diez minutos: el hombre vivía aún... De allí á un momento una lúgubre campanada de San Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela: el hombre no existía ya: todavía no eran las doce y once minutos.—«La sociedad, exclamé, estará satisfecha: ya ha muerto un hombre».
UNA PRIMERA REPRESENTACIÓN
En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate Cladera, cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librería á librería, de corral á corral, las burlas y los epigramas, la primera representación de una comedia (entonces todas eran comedias ó tragedias) era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo madrileño, á cuyos oídos no habían llegado aún, ó de cuya memoria se habían borrado las encontradas voces de tiranía y libertad, hacía entonces la vista gorda sobre el gobierno. Su majestad cazaba en los bosques del Pardo, ó reventaba mulas en la trabajosa cuesta de la Granja; en la corte se intrigaba, poco más ó menos como ahora, si bien con un tanto más de hipocresía; los ministros colocaban á sus parientes y á los de sus amigos; esto ha variado completamente; la clase media iba á la oficina; entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el heroico pueblo iba á los toros á llamar bribón á boca llena á Pepe-hillo y Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar á la primera. Entonces no había más guerra civil que los famosos bandos y parcialidades de chorizos y polacos. No se sospechaba siquiera que podía haber más derecho que el de tirar varias cáscaras de melón á un morcillero, y el de acompañar la silla de manos de la Rita Luna, de vuelta á su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. En aquellos tiempos de tiranía y de inquisición había sin embargo más libertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas, porque al fin se sabía por donde podía venir la tempestad, y el que entonces la pagaba era por poco avisado. En respetando al rey, y á Dios, respeto que consistía más bien en no acordarse de ambas majestades, que en otra cosa, podía usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte. Si usted quería escribir, imprimía y vendía cuanto á las mientes se le viniese, y ahí están si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella, las de Iriarte, las de Moratín, las poesías de Quintana, que escritas en nuestros días no podrían probablemente ver en muchos años la luz pública. Entonces ni había espías, ni menos policía: no le ahorcaban á usted hoy por liberal y mañana por carlista, ni al día siguiente por ambas cosas: tampoco había esta comezón que nos consume de ilustración y prosperidad: el que tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, y el que se divertía alegremente se creía todo lo próspero posible. Y esto pesado en la balanza de las compensaciones es algo sin duda.
Había otra ventaja, á saber, que si no quería usted cavar la tierra, ni servir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incómodas; si no quería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes ó de medicina; si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, ni hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si no podía usted ser paje de bolsa de algún ministro ó consejero, decía usted que tenía una estupenda vocación; vistiendo el tosco sayal tenía usted su vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se metía usted á predicador. El oficio en el día parece también haber perdido algunas de sus ventajas.
Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debimos alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero ¿quién no es hijo de alguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?
Entonces en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado público, menos descontentadizo, era á la par más indulgente. Lo que por aquellos tiempos podía ser una primera representación, lo ignoramos completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado esta ignorancia.
En el día una primera representación es una cosa importantísima para el autor de..., ¿de que diremos? Es tal la confusión de los títulos y de las obras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En primer lugar hay lo que se llama comedia antigua, bajo cuyo rótulo general se comprenden todas las obras dramáticas anteriores á Comella; de capa y espada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc., etc.; hay en segundo el drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario, traducción de la Porte Saint-Martin como el Valle del torrente, el Mudo de Arpenas, etc., etc.: hay el drama sentimental y terrorífico, hermano mayor del anterior, igualmente traducción, como la Huérfana de Bruselas; hay después la comedia dicha clásica de Molière y Moratín, con su versito asonantado ó su prosa casera; hay la tragedia clásica, ora traducción, ora original, con sus versos pomposos y su correspondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de sangre real: hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción de Scribe: insulsa á veces, graciosita á ratos, ingeniosa por aquí y por allí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso, ó prosa poética, con sus trajes de la época y sus decoraciones ad hoc, y al uso de todos los tiempos: hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el drama romántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa que aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas de sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido á todos los siglos y reservado sólo á los Colones del siglo XIX. En una palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.
He aquí que el autor ha dado la última mano á lo que sea: ya lo ha cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de que se puede representar, y de que acaso es cosa buena.
Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la próxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre las noticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue: