Prohibidos los juicios de Dios, no tardaron en prohibirse los duelos; pero si las leyes dijeron: «No os batiréis», los hombres dijeron: «No os obedeceremos»; y un autor de muy buen criterio asegura que las épocas de rigorosa prohibición han sido las más señaladas por el abuso del desafío. Cuando los delitos llegan á ser de cierto bulto, no hay pena que los reprima. Efectivamente, decir á un hombre: «No te harás matar, pena de muerte», es provocarle á que se ría del legislador cara á cara; es casi tan ridículo como la pena de muerte establecida en algunos países contra el suicidio; sabia ley que determina que se quite la vida á todo el que se mate, sin duda para su escarmiento.

Se podría hacer á propósito de esto la observación general de que sólo se han obedecido en todos tiempos las leyes que han mandado hacer á los hombres su gusto; las demás se han infringido y han acabado por caducar. El lector podrá sacar de esto alguna consecuencia importante.

Efectivamente, al prohibir los duelos en distintas épocas, no se ha hecho más que lo que haría un jardinero que tirase la fruta queriendo acabarla; el árbol en pie todos los años volvería á darle nueva tarea.

Mientras el honor siga entronizado donde se le ha puesto; mientras la opinión pública valga algo, y mientras la ley no esté de acuerdo con la opinión pública, el duelo será una consecuencia forzosa de esta contradicción social. Mientras todo el mundo se ría del que se deje injuriar impunemente, ó del que acuda á un tribunal para decir: «Me han injuriado», será forzoso que todo agraviado elija entre la muerte y una posición ridícula en sociedad. Para todo corazón bien puesto la duda no puede ser de larga duración: y el mismo juez que con la ley en la mano sentencia á pena capital al desafiado indistintamente ó al agresor, deja acaso la pluma para tomar le espada en desagravio de una ofensa personal.

Por otra parte, si se prescinde de la parte de preocupación más ó menos visible ó sublime del pundonor, y si se considera en el duelo el mero hecho de satisfacer una cuenta personal, diré francamente que comprendo que el asesino no tenga derecho á quitar la vida á otro, por dos razones: primera, porque se la quita contra su gusto siendo suya: segunda, porque él no da nada en cambio.

Los duelos han tenido sus épocas y sus fases enteramente distintas: en un principio se batían los duelistas á muerte, á todas armas, y tras ellos sus segundos: cada injuria producía entonces una escaramuza. Posteriormente se introdujo el duelo á primera sangre; el primero le comprendo sin disculparle; el segundo ni le comprendo ni le disculpo; es de todas las ridiculeces la mayor: los padrinos ó testigos han sucedido á los segundos, y su incumbencia en el día se reduce á impedir que su mala fe abuse del valor ó del miedo. Al arma blanca se sustituye muchas veces la pistola, arma de cobarde, con que nada le queda que hacer al valor sino morir; en que la destreza es infame si hay superioridad, é inútil si hay igualdad.

La libertad empero, si no es la licencia de mi imaginación, me ha llevado más lejos de lo que yo pretendía ir: al comenzar este artículo no era mi objeto explorar si las sociedades modernas entienden bien el honor, ni si esta palabra es algo; individuo de ellas y amamantado con sus preocupaciones, no seré yo quien me ponga de parte de unas leyes que la opinión pública repugna, ni menos de parte de una costumbre que la razón reprueba. Confieso que pensaré siempre en este particular como Rousseau, y los más rígidos moralistas y legisladores, y obraré como el primer calavera de Madrid. ¡Triste lote del hombre el de la inconsecuencia!

Mi objeto era referir simplemente un hecho de que no ha muchos meses fuí testigo ocular; pero como yo no presencié, digámoslo así, más que el desenlace, mis lectores me perdonarán si tomo mi relación ab ovo.

Mi amigo Carlos, hijo del marqués de ***, era heredero de bienes cuantiosos, que eran en él, al revés que en el mundo, la menos apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que habían empleado en su educación cuanto esmero es imaginable, Carlos se presentó en el mundo con talento, con instrucción, con todas esas superfluidades de primera necesidad, con una herencia capaz de asegurar la fortuna de varias familias, con una figura á propósito para hacer la de muchas mujeres, y con un carácter destinado á constituir la de todo el que de él dependiese.

Pero desgraciadamente la diferencia que existe entre los necios y los hombres de talento suele ser sólo que los primeros dicen necedades, y los segundos las hacen: mi amigo entró en sociedad, y á poco tiempo hubo de enamorarse; los hombres de imaginación necesitan mujeres muy picantes ó muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser mejores para ajenas que para propias. La joven Adela era sin duda alguna de las picantes: hermosa á sabiendas suyas, y con una conciencia de su belleza acaso harto pronunciada, sus padres habían tratado de adornarla de todas las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama buenas cualidades en una mujer lo que se llama alcance en una escopeta y tino en un cazador; es decir, que se había formado á Adela como una arma ofensiva con todas las reglas de la destrucción: en punto á la coquetería era una obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera; muy poco sensible, en realidad, podía fingir admirablemente todo ese sentimentalismo, sin el cual no se alcanza en el día una sola victoria; cantaba con una languidez mortal; le miraba á usted con ojos de víctima espirante, siendo ella el verdugo; bailaba como una sílfida desmayada; hablaba con el acento del candor y de la conmoción; y de cuando en cuando un destello de talento ó de gracia venía á iluminar su tétrica conversación, como un relámpago derrama una ráfaga de luz sobre una noche oscura.