¿Cómo no adorar á Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor entre la malicia, decía mi amigo al verla en el gran mundo; era el cielo en la tierra.

Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era para entrambos una especulación; de suerte que lo que sin razón de estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pasó á ser un matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos, y el de Carlos lo fué; la víctima debía ir adornada al altar. Negocio hecho: de allí á poco Carlos y Adela eran uno.

He oído decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena madre de familias: también suele salir de una tormenta una cosecha: yo soy de opinión que la mujer que empieza mal, acaba peor. Adela fué un ejemplo de esta verdad: medio año hacía que se había unido con santos vínculos á Carlos; la moda exigía cierta separación, cierto abandono. ¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido atento á su mujer? Adela por otra parte estaba demasiado bien educada para hacer caso de su marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables! ¿Qué hace usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta usted si le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted visita todos los días, ¿cómo cierra usted sus puertas? Es forzoso abrirlas, y por lo regular de par en par.

Un joven del mejor tono fué más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por fin las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo de adoradores de camino trillado parece despreciar á Adela; con mujeres coquetas y acostumbradas á vencer, rara vez se deja de llegar á la meta por ese camino.¡¡¡Adela no quería faltar á su virtud... pero Eduardo era tan orgulloso!!! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un juego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero así acabó Adela como se acaba siempre.

La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega á una edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, él sólo entreviese primero su destino, y lo supiese después positivamente. La cosa desgraciadamente fué escandalosa, y el mundo exigía una satisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fué retado, y llamado yo como padrino no pude menos de asistir á la satisfacción.

Á las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos en la puerta de..., de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta especie de luchas. Ésta no era de aquéllas que debían acabar con su almuerzo. Una mujer había faltado, y el honor exigía en reparación la muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.

Se eligió el terreno, se dió la señal, y los dos tiros salieron á un tiempo: de allí á poco había espirado un hombre útil á la sociedad. Carlos había caído, pero habían quedado en pie su mujer y su honor.

Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos le lloran todavía.

¡He aquí el mundo!, ¡he aquí el honor!, ¡he aquí el duelo!

EL ÁLBUM