Mérida es indudablemente una de las poblaciones, mejor diremos, uno de los recuerdos más antiguos de nuestra España. Sus fundadores eligieron un terreno fértil, un clima productor, y un río cuyas aguas, pérfidamente mansas como la sonrisa de una mujer, debían regar una campiña deleitosa. Convencidos de las ventajas de su posición, los dominadores del mundo la llevaron al más alto grado de esplendor; y es fama conservada por los más de nuestros autores, que ha tenido un millón de habitantes. Erigida en colonia romana, y gozando de todos los fueros é inmunidades de tal, fué la segunda ciudad del imperio, y el sitio del descanso á que aspiraban altos funcionarios y guerreros cansados del aplauso de la victoria.

La caída del imperio, las irrupciones de los vándalos y de los godos, la dominación de árabes, han pasado como un trillo sobre la frente de Mérida, y no han sido bastantes á allanar y nivelar su suelo, incrustado de colosales bellezas romanas. Las habitaciones han desaparecido carcomidas por el tiempo; pero las altas ruinas al desplomarse han desigualado la llanura, y han formado, reducidas á polvo, un segundo suelo artificial y enteramente humano sobre el suelo primitivo de la naturaleza. Se puede asegurar que no hay una piedra en Mérida que no haya formado parte de una habitación romana: nada más común que ver en una pared de una choza del siglo XIX un fragmento de mármol ó de piedra, labrado, de un palacio del siglo I. Zaguanes hemos visto empedrados con lápidas y losas sepulcrales: y un labrador, creyendo pisar la tierra, huella todos los días con su rústica suela el aquí yace de un procónsul, ó la advocación de un dios. Trozos de jaspe de un trabajo verdaderamente romano no tienen aquí otro museo que una cuadra, y sirven de pesebre al bruto que acaban de desuncir del arado. Diariamente el azadón de un extremeño tropieza en su camino con los manes de un héroe, y es común allí el hallazgo de una urna cineraria, ó de un tesoro numismático, coetáneo de los emperadores. Lo que es más asombroso, gran número de cosecheros se sirven aún en sus bodegas de las mismas tinajas romanas, que se conservan empotradas en sus suelos, y cuyo barro duradero, impuesto de tres capas diferentes superpuestas y admirablemente unidas, parece desafiar todavía al tiempo por más siglos de los que lleva vividos. Las vasijas mismas que se construyen en el país tienen una forma elegante, y participan de un carácter respetable de su antigüedad que difícilmente puede ocultarse á la perspicacia de un arqueólogo.

Una vez en Mérida, y rodeado de ruinas, la imaginación cree percibir el ruido de la gran ciudad, el son confuso de las armas, el hervir vividor de la inmensa población romana. ¡Error! Un silencio sepulcral y respetuoso no es interrumpido siquiera por el aquí fué del hombre reflexivo y meditador.

LAS ANTIGÜEDADES DE MÉRIDA

SEGUNDO Y ÚLTIMO ARTÍCULO

Mi primer cuidado en Mérida fué hacerme con un cicerone; pero no ofreciéndome alicientes la entrevista con ningún literato del país, ni queriendo que me contase ningún pedante lo que acaso sabría yo mejor que él, después de haber buscado inútilmente en aquel museo del tiempo alguna historia de las antigüedades ó de la misma ciudad, sólo traté de sorprender la tradición popular en su curso, y atúveme á un extremeño que se me presentó como el hombre más instruido del común del pueblo acerca de las bellezas de Mérida, y que haría por tanto oficio de enseñarlas.

Mi cicerone era una verdadera ruina, no tan bien conservada como las romanas; sus piernas se plegaban en arco, como si el peso de la cabeza hubiese sido por mucho tiempo oneroso á la base del edificio; sus brazos pendían también como dos arcos laterales cuyo pie hubiesen carcomido dos ramales de un río, que hubiesen lamido por muchos años los costados del hombre. La cara hubiera dado lugar á las más graves investigaciones de una academia: semejante á una moneda largo tiempo enterrada, y tomada á trechos del orín y de la tierra, sus facciones estaban medio borradas, y ora parecían letras en estilo lapidario, ora vistas á otra luz semejaban algo un rostro humano maltratado por la intemperie ó la incuria de sus guardianes. La fecha no se conocía, y aquel fragmento podía ser de varias épocas. Su desigual cabello, blandamente meneado por el viento, remedaba esa yerbecilla que por entre las cornisas y coronamiento de una torre antigua hace nacer la humedad; sus dientes eran almenados, y la posición inclinada del cuerpo todo, fuera al parecer del centro de gravedad, le hacía parecer una pared que comienza á cuartearse, cuyas grietas hubiesen sido la boca y los ojos, y me trajo á la memoria la célebre torre de Pisa.

Tal se me representó á mí al menos mi cicerone: tal me pintaba mi imaginación cuanto en Mérida veía.

—¿De qué año es usted, buen hombre?, no pude menos de preguntarle.—Tres duros y medio, señor, me contestó, en estilo monetario, queriéndome decir que tenía tantos años como reales aquellas medallas.—Pardiez, no le hubiera creído tan del día. ¿Y usted es el que suele enseñar á los viajeros las otras ruinas de esta ciudad?

—Sí, señor... estoy algo enterado...