—¿Y vienen muchos viajeros?...
—Extranjeros, sí, señor. Ingleses sobre todo, y se han solido llevar algunas cosas. Pintan ahí, y dibujan, y escriben, y qué sé yo... nos muelen á preguntas... parecen locos los ingleses. Pero españoles, señor, pocos: los más pasan sin preguntar; como no vengan de estancia al pueblo...
—Mérida ha sido gran ciudad, interrumpí al hombre de la tradición, poniéndonos en camino para recorrer las antigüedades, y siguiendo yo á la que me servía de guía.
—¡Oh!, sí, señor. La historia dice que tenía ochenta puertas, y que cada puerta estaba guardada por cuatrocientos soldados de á pie y ciento de caballería; tenía cuatro palacios magníficos en los cuatro ángulos, que eran de cuatro príncipes muy ricos.
—¿Y estas ruinas son muy antiguas?
—¡Vaya!
—¿De los romanos todas?
—¡Qué!, más antiguas, señor, mucho más; de los moros, y de los godos, y de los... qué sé yo de cuánta casta de gentes... mucho antes que los romanos.
—¡Hola! Perfectamente.
En esto llegábamos al puente, verdadera obra romana: colocado sobre uno de los puntos en que presenta el río mayor latitud, más de sesenta ojos espaciosos le dan una longitud que se pierde de vista: él solo es una historia de las dominaciones que han pasado por nuestro suelo: sólo las dos cabezas, en una extensión regular, se conservan puras é intactas: remendado lo demás á trechos, ora por los godos, ora por los árabes, la distinta forma de los espolones, el color de la piedra y su diversa labor, revelan las fechas de las composturas: la más moderna es la mayor, y se hizo á costa de los tributos rendidos por los pueblos de cincuenta leguas á la redonda. Nuestras pobres piedras, unidas con hierro y argamasa, declaran toda la debilidad de nuestros medios, al lado de los pedruscos romanos, cuya única trabazón consiste en su colocación, y que durarán todavía más que las nuestras.