Perdíase mi fantasía en la investigación de los tiempos: romano ya enteramente, figurábaseme ver el dios tutelar del río, que, levantando la espalda colosal, repelía indignado la mísera traba que la moderna arquitectura osaba enlazar á la antigua sobre sus ondas, cuando la voz de mi cicerone, semejante á un aire colado, me sacó de mi estupor, y volviéndome hacia un nicho de ladrillo levantado sobre el trozo más romano del puente, en el cual se divisaba una pequeña é informe efigie de yeso, me dijo:

—Éste, señor, es san Antonio.

—¡Muy poderosa es una religión, exclamé, cayendo de más alto que la catarata del Niágara, que ha podido colocar esa efigie de yeso sobre este puente romano! ¡El agua se ha llevado los dioses; sus piedras han durado más que ellos; y nuestro yeso dura más que ellos y sus piedras!

Dos acueductos magníficos enriquecían de aguas á Mérida: otro moderno parece elevado entre los antiguos como una parodia de piedra, como una insolencia, como un insulto y una befa hecha al poder caído: sin embargo, las ruinas son las triunfantes; arcos colosales y gigantes asombran la vista: allí todo es obra del hombre, que ha hecho hasta la piedra; no son ya trozos cortados de una cantería: el hombre ha cogido la tierra y el guijo, lo ha amasado entre sus manos como harina, y ha hecho una mole indestructible, una argamasa compacta, á la cual el tiempo ha dado la última mano, prestándole al mismo tiempo color, y sobre la cual salta en pedazos el pico de hierro: el poder del hombre se estrella en su propia obra.

Uno de los dos acueductos romanos parecía no tener otro objeto que formar un gran depósito de aguas destinado á una naumaquia, gran diversión de un gran pueblo, para quien era sólo obra del deseo el crear un mar en medio de la tierra.

—Éste es, me dijo gravemente mi cicerone al llegar á la naumaquia, casi terraplenada por el tiempo, éste es el baño de los moros.

—Gracias, buen hombre, le respondí lleno de agradecimiento. ¿Y como cuántos moros cabrían en este baño?, le pregunté.

—¡Ui! ¡Figúrese usted!, me dijo con aire de respeto y voz solemne, como aterrado del número de los moros, y de la capacidad del baño.

El trozo mejor conservado es el circo; las ruinas han designado el terreno sin embargo, elevándolo sobre su antiguo nivel hasta el punto de enterrar varias de las puertas que le daban entrada; pero se distinguen todavía enteras muchas de las divisiones destinadas á las fieras y á los reos y atletas; la gradería, perfectamente buena á trechos, parece acabarse de desocupar, y cree uno oir el crujido de las clámides y las togas barriendo los escalones.

—Ésta era, me dijo mi cicerone, la plaza de los toros; por allí salía el toro, me añadió, indicándome una puerta medio terraplenada, y por aquí, concluyó en voz baja y misteriosa, enseñándome la jaula de una fiera, entraban el viático cuando el toro hería á alguno de muerte.