Una ruidosa carcajada que no fuí dueño de contener resonó por el ancho y destrozado circo, y pasamos á ver el anfiteatro, peor conservado, el hipódromo, apenas reconocible por la meta, y de allí nos dirigimos hacia la vía romana, vulgo en el país calzada romana; aquí es tradición que debe de haber muchos sepulcros: se han hallado efectivamente algunos. Sabida es la costumbre de los romanos de colocar los sepulcros á orillas de los caminos, por la cual ellos solían en sus epitafios dirigir la palabra á los pasajeros.
Nosotros, al heredar las frases hechas y las locuciones enteras de su lenguaje, sin heredar sus costumbres, hemos tenido que hacer metafóricas sus expresiones propias; así, cuando hablemos de las cenizas de un muerto, que nosotros no quemamos, y cuando en un epitafio apostrofamos un viajero que no ha de ver á orillas del camino nuestro sepulcro, cometemos según los hablistas una belleza, llamada figura retórica, y según mi entender una tontería, que pudiera llamarse decir una cosa por otra.
Á la parte opuesta de Mérida suélense encontrar sepulcros de niños, á juzgar por sus dimensiones.
El arco de Trajano colocado en el centro de la actual población está en buen estado, y lo que me asombró fué encontrar en dos nichos laterales de su parte interior dos estatuas de mármol blanco, de un trabajo acabado y del gusto griego más puro, considerablemente maltratadas, en verdad, pero muy capaces de lucir como dos trozos antiguos de primer orden: y digo que esto me asombró por dos razones: primera, porque en Madrid creo haber visto un museo de escultura extraordinariamente pobre; segunda, porque la posteridad de los romanos se advierte en acabar de desmoronar á pedradas la obra de algún Fidias del imperio.
Á un tiro de bala de Mérida existe una capilla dedicada á santa Olalla, patrona de la que fué colonia romana, llamada el hornillo de la Santa, por haber sido martirizada allí: está construida con fragmentos de un templo de Marte: el viajero no se cansa de admirar los relieves, los trozos de columnas: aquel pequeño monumento se me representaba un hombre de una estatura colosal, á quien el tiempo y los achaques hubiesen encorvado y reducido á la altura de un enano. Dentro se ve ó se adivina la efigie de santa Olalla, y en la portada de la ermita se lee en letras gruesas la inscripción siguiente:
MARTI SACRUM
VETILLA PACULLI
La idea que este contraste presenta, imagínela el lector; estas letras parecen haber sido de bronce, pero habiendo saltado el metal, sólo ha quedado el hueco de ellas, y éste hace el mismo efecto que el cóncavo vacío de los ojos de una calavera.
En la ciudad hay otros restos de igual importancia; entre ellos es de citar la casa del conde de los Corvos, construida de moderno ladrillo y cal, entre los huecos que han dejado las magníficas y desmesuradamente altas columnas de un templo de Diana, de pie todavía y empotradas en ella; el conjunto presenta la disforme idea de un vivo atado á un cadáver; aquella suma de dos épocas tan encontradas forma un verdadero matrimonio, en que los consortes parecen estar riñendo continuamente.
El conventual es otra ruina, pero más moderna; colocado á la cabeza del puente, ofrece el aspecto de un edificio grandioso, y sus murallas siguen largo trecho la dirección del río; parece haber sido una fortaleza gótica; posteriormente perteneció á los templarios, y se arruinuó en poder de los caballeros de Santiago.
Sobre una alta columna romana, que se levanta en medio de una plaza, domina una efigie de santa Olalla mirando al oriente. Al llegar aquí y concluir nuestro paseo, se acercó á mí mi cicerone, y me dijo con notable fervor:—Repare usted, señor: ésta es otra vez santa Olalla: yo no me acuerdo qué año hubo en Mérida una peste muy mortífera; la santa miraba entonces á poniente; hiciéronle grandes rogativas, y una mañana amaneció vuelta al oriente y cesó la peste; desde entonces mira á esa parte, y ya no se teme la peste en Mérida.