Efectivamente, parece que desde entonces no ha vuelto ningún azote de esa especie á afligir á la antigua colonia romana, si se exceptúa el cólera; y ése, todo el mundo sabe que no es peste: con lo cual queda en pie la tradición, y la santa siempre vuelta.

No concluiré este artículo, por largo que sea ya, sin hacer mención del último descubrimiento que ha llamado la atención de los meridenses, si se puede hablar así de unos hombres que viven entre sus ruinas tan ignorantes de ellas como los búhos y vencejos que en su compañía las habitan.

Cavando un labrador su corral, encontró recientemente debajo de su miserable casa el pavimento de una habitación, indudablemente romana, hecho de un precioso mosaico, en el cual asombra tanto la obra de la apariencia como el lujo que revela. Piedrecitas iguales de media pulgada de diámetro, y de colores hábilmente combinados, forman figuras simbólicas, cuya inteligencia no es fácil; algunas tienen un carácter egipcio, lo cual puede hacer sospechar si habrá pertenecido la casa á algún sacerdote ó arúspice; á la cabeza de la pieza se descubre, pero no se descifra, una inscripción en letras latinas, y á los dos lados parece prolongarse el precioso mosaico á otras habitaciones no descubiertas todavía.

La autoridad de Mérida parece haber dado parte convenientemente al gobierno; pero no habiéndose dispuesto nada todavía, el dueño de la casa reclama que se le deje usar de su terreno como mejor le convenga, ó que se le compre; en el ínterin, no habiendo fondos destinados á continuar esta importante excavación, y habiendo quedado á la intemperie el pavimento descubierto hasta la presente, el polvo, el agua llovediza y el desmoronamiento de la tierra circunstante, echa á perder diariamente el peregrino hallazgo, lleno ya de quebraduras y lagunas; sin embargo, bastaría una cantidad muy pequeña para construir un cobertizo y comprar la choza, ya que no fuese para continuar la excavación.

Mérida, la antigua Emerita-Augusta, posesora de tantos tesoros numismáticos, olvidada de ellos, y olvidada ella misma, es en el día una población de cortísima importancia; puéblanla apenas mil vecinos, y de su grandeza pasada sólo le quedan suntuosas ruinas y orgullosos recuerdos. Después de haber saludado á las unas con supersticioso respeto, y de haber enlazado los otros con vanidad al nombre español que llevo, proseguí mi viaje, lleno de aquella impresión sublime y melancólica que deja en el ánimo por largo espacio la contemplación filosófica de las grandezas humanas, y de la nada de que salieron, para volver á entrar en ella más tarde ó más temprano.

LOS CALAVERAS

ARTÍCULO PRIMERO

Es cosa que daría que hacer á los etimologistas y á los anatómicos de lenguas el averiguar el origen de la voz calavera en su acepción figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la designación del cráneo de un muerto, ya vacío y descarnado. Yo no recuerdo haber visto empleada esta voz, como sustantivo masculino, en ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción picaresca es de uso moderno. La especie sin embargo de seres á que se aplica ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibíades era el calavera más perfecto de Atenas: el célebre filósofo que arrojó sus tesoros al mar, no hizo en eso más que una calaverada, á mi entender de muy mal gusto: César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera pasado en el día por un excelente calavera: Marco Antonio echando á Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del imperio, no podía ser más que un calavera; en una palabra, la suerte de más de un pueblo se ha decidido á veces por una simple calaverada. Si la historia, en vez de escribirse como un índice de los crímenes de los reyes y una crónica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de filosofía, como un cuadro de costumbres privadas, se vería probada aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos que han cambiado la faz del mundo, á los cuales han solido achacar grandes causas los políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y sencilla explicación en las calaveradas.

Dejando aparte la antigüedad (por más mérito que les añada, puesto que hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo á la etimología de la voz, confieso que no encuentro qué relación puede existir entre un calavera y una calaverada. ¡Cuánto exceso de vida no supone el primero! ¡Cuánta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere decir que hay un punto de similitud entre el vacío del uno y de la otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aun concediendo que las cabezas se dividan en vacías y en llenas, y que la ausencia del talento y del juicio se refiera á la primera clase, espero que por mi artículo se convencerá cualquiera de que para pocas cosas se necesita más talento y buen juicio que para ser calavera.

Por tanto, el haber querido dar un aire de apodo y de vilipendio á los calaveras es una injusticia de la lengua y de los hombres que acertaron á darle los primeros ese giro malicioso: yo por mí rehúso esa voz; confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable, un carácter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y así sólo la usaré, porque no teniendo otra á mano, y encontrando esa establecida, aquellos mismos cuya causa defiendo se harán cargo de lo difícil que me sería darme á entender valiéndome para designarlos de una palabra nueva; ellos mismos no se reconocerían, y no reconociéndolos seguramente el público tampoco, vendría á ser inútil la descripción que de ellos voy á hacer.