Todos tenemos algo de calaveras, más ó menos. ¿Quién no hace locuras y disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no ha creído en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún día por ella, quién no ha prestado dinero, quién no ha debido, quién no ha abandonado alguna cosa que le importase por otra que le gustase, quién no se casa en fin?... Todos lo somos; pero así como no se llama locos sino á aquéllos cuya locura no está en armonía con la de los más, así sólo se llama calaveras á aquéllos cuya serie de acciones continuadas son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.
El calavera se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difícil encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor número de castas distintas: tienen todas empero un tipo común de donde parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al calavera, de cualquier casta que sea.
1.°. El calavera debe tener por base de su ser lo que se llama talento natural por unos; despejo por otros; viveza por los más: entiéndase esto bien; talento natural: es decir, no cultivado. Esto se explica: toda clase de estudio profundo, ó de extensa instrucción, sería lastre demasiado pesado que se opondría á esa ligereza, que es una de sus más amables calidades.
2.°. El calavera debe tener lo que se llama en el mundo poca aprehensión. No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo contrario. Esta poca aprehensión es aquella indiferencia filosófica con que considera el qué dirán el que no hace más que cosas naturales, el que no hace cosas vergonzosas. Se reduce á arrostrar en todas nuestras acciones la publicidad, á vivir ante los otros, más para ellos que para uno mismo. El calavera es un hombre público cuyos actos todos pasan por el tamiz de la opinión, saliendo de él más depurados. Es un espectáculo cuyo telón está siempre descorrido; quítensele los espectadores, y á Dios teatro. Sabido es que con mucha aprehensión no hay teatro.
El talento natural, pues, y la poca aprehensión, son las dos cualidades distintas de la especie: sin ellas no se da calavera. Un tonto, un timorato del qué dirán, no lo serán jamás. Sería tiempo perdido.
El calavera se divide en silvestre y doméstico.
El calavera silvestre es hombre de la plebe, sin educación ninguna y sin modales; es el capataz del barrio, tiene honores de jaque, habla andaluz; su conversación va salpicada de chistes; enciende un cigarro en otro, escupe por el colmillo; convida siempre, y nadie paga donde está él; es chulo nato: dos cosas son indispensables á su existencia: la querida, que es manola, condición sine qua non, y la navaja, que es grande; por un quítame allá esas pajas le da honrosa sepultura en un cuerpo humano. Sus manos siempre están ocupadas: ó empaqueta el cigarro, ó saca la navaja, ó tercia la capa, ó se cala el chapeo, ó se aprieta la faja, ó vibra el garrote: siempre está haciendo algo. Se le conoce á larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al jabalí. ¡Ay del que mire á su Dulcinea! ¡Ay del que la tropiece! Si es hombre de levita, sobre todo, si es señorito delicado, más le valiera no haber nacido. Con esa especie está á matar, y la mayor parte de sus calaveradas recaen sobre ella; se perece por asustar á uno, por desplumar á otro. El calavera silvestre es el gato del lechuguino: así es que éste le ve con terror; de quimera en quimera, de qué se me da á mí en qué se me da á mí, para en la cárcel; á veces en presidio ¡pero esto último es raro: se diferencia esencialmente del ladrón en su condición generosa: da y no recibe; puede ser homicida, nunca asesino. Este calavera es esencialmente español.
El calavera doméstico admite diferentes grados de civilización, y su cuna, su edad, su profesión, su dinero le subdividen después en diversas castas. Las principales son las siguientes:
El calavera-lampiño tiene catorce ó quince años, lo más diez y ocho. Sus padres no pudieron nunca hacer carrera con él: le metieron en el colegio para quitársele de encima, y hubieron de sacarle porque no dejaba allí cosa con cosa. Mientras que sus compañeros más laboriosos devoraban los libros para entenderlos, él los despedazaba para hacer balitas de papel, las cuales arrojaba disimuladamente y con singular tino á las narices del maestro. Á pesar de eso, el día de examen el talento profundo y tímido se cortaba, y nuestro audaz muchacho repetía con osadía las cuatro voces tercas que había recogido aquí y allí, y se llevaba el premio. Su carácter resuelto ejercía predominio sobre la multitud, y capitaneaba por lo regular las pandillas y los partidos. Despreciador de los bienes mundanos, su sombrero, que le servía de blanco ó de pelota, se distinguía de los demás sombreros como él de los demás jóvenes.
En carnaval era el que ponía las mazas á todo el mundo, y aun las manos encima si tenían la torpeza de enfadarse; si era descubierto hacía pasar á otro por el culpable, ó sufría en el último caso la pena con valor, y riéndose todavía del feliz éxito de su travesura. Es decir que el calavera, como todo el que ha de ser algo en el mundo, comienza á descubrir desde su más tierna edad el germen que encierra. El número de sus hazañas era infinito. Un maestro había perdido unos anteojos, que se habían encontrado en su faltriquera: el rapé de otro había pasado al chocolate de sus compañeros, ó á las narices de los gatos, que recorrían bufando los corredores con gran risa de los más juiciosos; la peluca del maestro de matemáticas había quedado un día enganchada en un sillón, al levantarse el pobre Euclides, con notable perturbación de un problema que estaba por resolver. Aquel día no se despejó más incógnita que la calva del buen señor.