Fuera ya del colegio, se trató de sujetarlo en casa y se le puso bajo llave, pero á la mañana siguiente se encontraron colgadas las sábanas de la ventana; el pájaro había volado; y como sus padres se convencieron de que no había forma de contenerle, convinieron en que era preciso dejarle. De aquí fecha la libertad del lampiño. Es el más pesado, el más incómodo: careciendo todavía de barba y de reputación, necesita hacer dobles esfuerzos para llamar la pública atención; privado él de medios, le es forzoso afectarlos. Es risa oirle hablar de las mujeres como un hombre ya maduro; sacar el reloj como si tuviera que hacer; contar todas sus acciones del día como si pudieran importarle á alguien, pero con despejo, con soltura, con aire cansado y corrido.

Por la mañana madrugó porque tenía una cita: á las diez se vino á encargar el billete para la ópera, porque hoy daría cien onzas por un billete; no puede faltar. ¡Estas mujeres le hacen á uno hacer tantos disparates! Á media mañana se fué al billar; aunque hijo de familia no come nunca en casa; entra en el café metiendo mucho ruido, su duro es el que más suena; sus bienes se reducen á algunas monedas que debe de vez en cuando á la generosidad de su mamá, ó de su hermana, pero los luce sobremanera. El billar es su elemento; los intervalos que le deja libre el juego suéleselos ocupar cierta clase de mujeres, únicas que pueden hacerle cara todavía, y en cuyo trato toma sus peregrinos conocimientos acerca del corazón femenino. Á veces el calavera-lampiño se finge malo para darse importancia; y si puede estarlo de veras mejor; entonces está de enhorabuena. Empieza asimismo á fumar, es más cigarro que hombre, jura y perjura y habla detestablemente; su boca es una sentina, si bien tal vez con chiste. Va por la calle deseando que alguien le tropiece; y cuando no lo hace nadie, tropieza él á alguno; su honor entonces está comprometido, y hay de fijo un desafío; si éste acaba mal, y si mete ruido, en aquel mismo punto empieza á tomar importancia; y entrando en otra casta, como la oruga que se torna mariposa, deja de ser calavera-lampiño. Sus padres, que ven por fin decididamente que no hay forma de hacerle abogado, le hacen meritorio; pero como no asiste á la oficina, como bosqueja en ella las caricaturas de los jefes, porque tiene el instinto del dibujo, se muda de bisiesto y se trata de hacerlo militar: en cuanto está declarado irremisiblemente mala cabeza se le busca una charretera, y si se encuentra ya es un hombre hecho.

Aquí empieza el calavera-temerón, que es el gran calavera. Pero nuestro artículo ha crecido debajo de la pluma más de lo que hubiéramos querido, y de aquélla que para un periódico convendría: ¡tan fecunda es la materia! Por tanto nuestros lectores nos concederán algún ligero descanso, y remitirán al número siguiente su curiosidad si alguna tienen.

LOS CALAVERAS

ARTÍCULO SEGUNDO Y CONCLUSIÓN

Quedábamos al fin de nuestro artículo anterior en el calavera-temerón. Éste se divide en paisano y militar; si el influjo no fué bastante para lograr su charretera (porque alguna vez ocurre que las charreteras se dan por influjo), entonces es paisano; pero no existe entre uno y otro más que la diferencia del uniforme. Verdad es que es muy esencial, y más importante de lo que parece: el uniforme ya es la mitad. Es decir, que el paisano necesita hacer dobles esfuerzos para darse á conocer; es una casa pública sin muestra; es preciso saber que existe para entrar en ella. Pero por un contraste singular el calavera-temerón, una vez militar, afecta no llevar el uniforme, viste de paisano, salvo el bigote; sin embargo, si se examina el modo suelto que tiene de llevar el frac ó la levita, se puede decir que hasta este traje es uniforme en él. Falta la plata y el oro, pero queda el despejo y la marcialidad, y eso se trasluce siempre; no hay paño bastante negro ni tupido que le ahogue.

El calavera-temerón tiene indispensablemente, ó ha tenido alguna temporada una cerbatana, en la cual adquiere singular tino. Colocado en alguna tienda de la calle de la Montera, se parapeta detrás de dos ó tres amigos, que fingen discurrir seriamente.

—Aquel viejo que viene allí: ¡mírale que serio viene!—Sí; al de la casaca verde, ¡va bueno!—Dejad, dejad. ¡Pum!, en el sombrero. Seguid hablando y no miréis.

Efectivamente, el sombrero del buen hombre produjo un sonido seco: el acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.

—¡Ahora!, dice la turba. ¡Pum!, otra en la calva.—El viejo da un salto y echa una mano á la calva; mira á todas partes... nada.